INSPECTOR CRESPO:

21. sep., 2016

 

La veterinaria examina la pata hinchada y, al tocarla, observa como el animal se queja, probablemente menos de lo que debiera. Decide hacerle una radiografía para confirmar o descartar la rotura del hueso. 

-¿Cómo se llama? Me pregunta.

-Pablo Crespo, señora, 

-Me refería a la perra. -Dice con una sonrisa y un destello de ironía en sus ojos. -Es para cubrir la ficha ¿Comprende?

Me ha vuelto a suceder lo mismo que con el morito, sólo que en esta ocasión siento más vergüenza. Me pregunto en que estaría pensando cuando le di esa respuesta tan atolondrada ¿En sus ojos color avellana? ¿En su pelo rubio platino? ¿En su hermoso rostro? o ¡quizás! ¿En su cincelado y escultural cuerpo? 

Probablemente en todo a la vez. 

-Tío, señora. Se llama Tio. -Remarco.

-Extraño nombre para una perra, ¿no cree?

-¿Cómo dice?

-Digo que extraño….

-No, disculpe, he entendido perfectamente lo que me acaba de decir, lo que ocurre es que se ha confundido usted. Este animal es un macho.

-¿Hace mucho que lo tiene?

-Mucho…mucho, no. A decir verdad desde esta mañana. -Respondo.

-Bueno, eso ayuda a entenderlo.

-Oiga ¿A entender qué? –Pregunto intrigado.

-A que no se haya percatado de su sexo. Mire. -Me dice, a la vez que levanta hacia arriba el negro y peludo rabo. -Juzgue por usted mismo si es macho o hembra.

La cara de estupefacción que pongo le debe recordar a la de un titiritero de circo porque esta vez ella sí se ríe a pleno pulmón.

-Perdone usted, no he podido resistir la tentación. ¡Ha sido todo tan simpático!

-Habrá pensado usted que soy un imbécil. Y, con razón, no se lo reprocho.

-No, en absoluto, es normal que no se diera cuenta, este animal tiene mucho pelo. Es una mezcla de boubiers de Flandes y pastor alemán. Eso creo.

Coge la radiografía y la superpone en una pantalla de fondo blanco, para verla mejor al trasluz.

-Hemos tenido suerte, la pata no está rota.

-¡Menos mal! Por fortuna el pobre animal, en eso, no seguirá mi suerte. Se recuperará y andará bien. No llamará la atención de nadie cuando paseemos, salvo por su belleza. ¡El jodido perro es una preciosidad!

-¿Cómo dice? –Se extraña Anabela.

-Perdón se me ha escapado sin querer. La verdad es que soy un poco mal hablado. –Me avergüenzo.

-No me refería a eso, sino a …ya…sabe, el sexo.

¡Ah, vaya! Tendré que acostumbrarme. ¡Jodida perra! 

Ambos reímos la ocurrencia. 

Anabela, que ya se ha dado cuenta desde que entré al local de mi cojera, animada por mi propio comentario se atreve a preguntar. 

-¿Qué le ha ocurrido a usted en la pierna?

-Soy inspector jefe de policía, y esto es el resultado de un cobarde atentado terrorista.

-¡Ah, vaya lo siento mucho! Me dice la mujer consternada y arrepentida por su curiosidad. De inmediato cambia de tema. 

-Vamos a darle al animal un tratamiento con antibióticos y una pomada antiinflamatoria, creo que en ocho o diez días estará bien. 

-¿Qué le pudo haber ocurrido? –Pregunto.

-No lo sé exactamente, pero de lo que no cabe duda es que ha sido a causa de un traumatismo. Probablemente un golpe.

-Si no le importa, vamos a continuar rellenando la ficha. –Dígame su nombre, si hace el favor.

-¿El mío? –pregunto de manera cauta. No quiero volver a cometer dos veces el mismo error en presencia de esta hermosa mujer. 

-Sí, el suyo.

-Pablo Crespo.

-Y, ¿el segundo apellido?

-Benavides. -Pablo Crespo Benavides. -Remarco.

Imagino que a continuación va a preguntarme por el lugar de mi nacimiento, la edad, el estado civil…Pero no, simplemente se limita a examinar a la perra y anotar en la ficha sus características morfológicas, asi como mi domicilio y número de teléfono. 

¿Quiere cambiar el nombre de la perrita? Ahora está a tiempo de hacerlo. 

Por un momento quedo pensativo barajando varias alternativas: Sultana, Loba, Dana…. Pero el que más me gusta se me ocurre al mirar a la veterinaria.

-Linda. Póngale de nombre Linda.

-Creo que ese nombre le cae muy bien, sin duda ha sido una decisión acertada. -Asevera.

Por un momento pienso que le caigo bien, sin embargo pronto me doy cuenta del error. Esta mujer me sonríe a mí como lo haría a cualquiera de sus clientes, por obligación. De todos modos me fastidia salir de este lugar cojeando y que ella lo vea. 

El bar de Ángel, al que habitualmente acudo, situado en una explanada que está frente a la clínica, me parece el lugar idóneo para hacer tiempo hasta la hora de la cena. Entro. 

-¿Es suyo el perro, señor Crespo?

-¿Por qué lo preguntas? ¿No ves que sí?

-No, por nada, perdone.

Al propietario del establecimiento no parece que le gusten mucho los animales, pero no vuelve a insinuarme nada sobre Linda, ni a cuestionar su presencia en el bar. 

-Dos vasos de leche y un bocadillo de jamón. El mío con cola cao. 

-¿Uno de los vasos de leche lo pongo mejor en esta cazuelita, señor Crespo?

-Sí, Ángel, mejor así, gracias.

Linda, al escuchar la palabra “jamón” comienza a balancear el rabo de izquierda a derecha y pasar la lengua por sus belfos, indicando con ello que conoce su significado. Se lo zampa en dos bocados. 

La televisión interrumpe la emisión de una serie para dar un avance informativo. La seriedad de la presentadora, por lo general afable y risueña, presagia alguna mala nueva. Así es. En el mismo centro de Bilbao, en la plaza de Zabálburu, una bomba lapa adosada a los bajos de un turismo ha explosionado y acabado con la vida de dos personas: las de un hombre de treinta y siete años, y una niña de ocho. El suceso se ha producido a las nueve menos cuarto de la mañana cuando un policía nacional accionó el motor de arranque de su coche para llevar a su hija al colegio.

Ángel repara en que algo extraño me ocurre. De seguro le asusta la palidez cobriza, parecida a la de un muerto, que mi cara adquiere. 

Los clientes continúan con sus charlas, sin prestar atención a la información que la televisión ofrece. Por desgracia, en los últimos tiempos, se ha convirtiendo en rutina el escuchar que una persona ha muerto a causa del terrorismo de E.T.A. 

-¿Se encuentra bien, Señor Crespo?

-¿Está usted bien, Señor Crespo? –Me repite.

Le miro un tanto desconcertado, como si hubiera acabado de salir de una pesadilla. 

-¿Si? 

-Perdone la indiscreción, usted fue policía ¿verdad? 

Asiento con un leve movimiento de cabeza. 

Ángel, sin añadir palabra, se dirige hasta la repisa donde se encuentra el mando a distancia y apaga el televisor. Algunos clientes protestan la decisión. 

-El que no esté de acuerdo que coja la puerta y se largue. -Les dice.

El intento de motín queda zanjado de cuajo. Le doy las gracias. Lo que a mí me hubiera gustado es que todo el mundo hubiera prestado la atención y el respeto que la luctuosa noticia se merecía, aunque estuviésemos en un bar. En fin, los tiempos están cambiando y, ahora, lo que se predica es el  mientras a mí no me toque

-¿Sabe usted, señor Crespo, lo que haría yo con estos terroristas?

-¿Qué harías, Ángel?

-Colgarlos por los huevos

Siento que este hombre me cae bien. Me doy cuenta de que es una persona en la que puedo confiar y apuntar en mi lista de amigos. Lo cierto es que en esa lista hay espacio suficiente, el blog está en blanco.

-Anda, no seas aguafiestas y ponles la televisión, - le insinúo. 

Ángel me hace caso. Para entonces no precisa siquiera cambiar de canal, la escueta información que han dado ya ha finalizado.

Pero ¿Quién soy yo para criticar a nadie? 

Un año atrás, cuando escuchaba este tipo de noticias, no se me iban de la cabeza en el día. Ahora no, basta que transcurran unas horas y tomarme dos o tres cervezas para que todo regrese a la normalidad. Imagino que con el paso de los años la imagen de mi compañero Fermín, que en estos momentos es nítida y clara como el agua de la montaña, podría llegar a desdibujarse de mi mente por completo. Pensar eso me estremece. ¿Sera verdad que con el paso del tiempo también se curará este pesar que ahora siento en mi alma? 

El problema es la pierna. Si no fuera por la puñetera cojera creo que llegaría a olvidar todo. El atentado terrorista sería sólo pasado. Pero es difícil despertar en mitad de la noche a causa del dolor y no recordar aquel aciago día. O salir de una clínica veterinaria bamboleando de izquierda a derecha, y presentir que los ojos de una hermosa mujer están puestos en tu espalda, compadeciéndote. En estos momentos creo que es imposible anestesiar los recuerdos. Y, también, no cagarse en la puta madre que parió a los que pusieron la bomba en la mochila.

-Y…esta chica de enfrente, me refiero a la veterinaria, ¿Es buena en su oficio? –Pregunto a Ángel, intentando aparentar desinterés.

-¿Anabela? –Buenísima. -Me responde el camarero. -Es una mujer inteligente que tiene a quien salir. Su padre es biólogo, uno de los investigadores más importantes de este País que trabaja para la multinacional farmacéutica Falaurent. 

-La verdad es que me suena. ¿No es esa la multinacional que los medios de comunicación señalaron hace un año como la que estaba a punto de sintetizar una vacuna contra el SIDA?

-La misma. -¿A que no sabe usted quién lleva la investigación?

-¿El padre de Anabela? –Pregunto con la extraña fingida expresión del que ya conoce la respuesta.

-Pues sí, don Cayetano, que así es como se llama.

-El marido de Anabella, ¿También es veterinario? –Me intereso, intentando aparentar la misma indiferencia que cuando pido al tendero en el mercado un kilo de tomates.

-La chica es soltera. -Me responde Ángel con sonrisa burlona.

-Esa respuesta me alegra la mañana, meto la mano en el bolso y saco un billete de veinte euros con la intención de abonar lo consumido.

-Salud, amigo. -Alguien me habla. 

Miro a la izquierda y observo a un hombre desaliñado, con barba de dos semanas, que sostiene una copa de vino en la mano. Cojo mi cerveza y tomo de un trago el resto de su contenido.

-A la suya. –Le respondo. 

Llamo al propietario del bar.

-Miguel, cóbrame lo que te debo y, también, lo de este hombre. –Bueno, si a él no le molesta. –Agrego. 

-No…no, compañero, qué me va a molestar -Me dice con voz quebrada por el aguardiente y el tabaco. Otro día me tocará a mí. 

-De acuerdo, otro día le tocará a usted. 

A través de un viejo espejo cuarteado que tengo al frente observo a mi espalda, sentados al fondo del bar, las figuras del italiano y el gitano con los que me topé esta mañana en el Paseo de la playa. Con una seña disimulada le indico a Ángel que se acerque.

-¿Conoces a esos cuervos?

Ángel se fija en los dos hombres beben whisky.

-Es la primera vez que vienen por aquí. -Responde.

-Por si acaso no los pierdas de vista, no me gustan un pelo.

-Como usted diga, señor Crespo.

De nuevo, la persona con aspecto de mendigo se dirige a mí. 

-Perdone, señor, no he podido evitar escuchar lo que hace un momento le ha preguntado el camarero. ¿Es cierto que usted fue policía? 

-Así es, amigo. Inspector Jefe, para ser más exacto.

-Usted no tiene cara de policía. 

El tipo me deja desconcertado. No sé si tomar estas palabras por un cumplido o una ofensa. 

-Usted tiene cara de buena persona, ¿sabe? 

¡Coño nunca nadie me había dicho nada parecido¡ Parpadeo de asombro. 

-¿Me está insinuando que para ser policía hay que tener cara de malo?

-Más o menos. -Me responde el mendigo, a la vez que me extiende la mano para saludarme. 

Hay en este hombre algo que me induce a compadecerle. En mi fuero interno le doy las gracias. Hasta ahora sólo me he condolido de mí mismo y, quizás, mi curación anímica para que sea efectiva tenga que pasar necesariamente por sentir pena de un semejante. 

-Mi nombre, señor Crespo, es Francisco Expósito. Aunque todos mis amigos me llaman Paco. 

-¿Cómo sabe usted mi nombre? –Le pregunto, curioso. 

-El oído es la única cosa que, aún, no me falla. Y, además, -añade a modo de disculpa, -Ángel, el dueño de este bar, cuando habla vocea mucho.

-El mío es Pablo. -Me presento. 

Me resulta familiar el apellido Expósito. Miro el reloj y decido que ya es hora de marcharme. 

-Vamos Linda. -Ordeno a la perra.

El animal duda entre seguirme o quedar en la posición estática de sumisión en la que se encuentra, dejando que el anciano le acaricie la cabeza. 

-No se extrañe, nosotros somos dos viejos conocidos. Antes de mudarse a su casa, ella y yo éramos vecinos de puerta. 

-¡No me diga que Linda tiene dueño! Si yo la he adoptado es porque pensé que estaba abandonada. En fin, lo sentiré si tengo que devolverla porque ya le he cogido cariño, pero si no queda otro remedio…. 

-Pare el carro, don Pablo, que yo no digo tanto, sólo que éramos vecinos de puerta.

-¿Le importaría aclarármelo?

-Pues la cosa es muy simple, los dos vivíamos en primera línea de playa, ella se cobijaba bajo el porche de la caseta de socorrismo, y yo bajo el del puesto de la Cruz Roja. 

Me pregunto qué circunstancias en la vida han sido las que han llevado a este hombre educado y de buenas maneras a vivir en la miseria. Mejor no toco el tema, lo que menos preciso en estos momentos es escuchar desgracias ajenas, bastante tengo con las mías. Me levanto del taburete en el que estoy sentado y opto por marchar. Ya en la calle me palpo los bolsillos del pantalón en busca del paquete de tabaco y me doy cuenta de que lo ha dejado olvidado encima del mostrador del bar. A mi pesar, deshago lo andado con la intención de recuperarlo. Paco sale a mi encuentro.

-Me alegra señor Crespo que haya cambiado de opinión, siéntese aquí conmigo y vamos a tomar unos vasos de vino, ya verá como eso nos anima. 

-No Paco, en realidad sólo he vuelto a por el paquete de tabaco que he dejado olvidado.

Miro encima de la barra y observo que el paquete no se encuentra allí. Por otra parte me doy cuenta de que el puto viejo se está fumando un flamante cigarrillo winstón. El muy cabrón ríe a diente partido. 

-Tenga, señor Crespo, fume del mío. -Me dice, sarcástico.

El filibustero saca del bolso de su camisa mi cajetilla y me ofrece un cigarro. Le miro con resignación y se lo acepto, se que debo dar por finalizada la búsqueda.

 

23. ago., 2016

Capítulo ocho

 

 

Me pregunto quiénes son estos dos tipos que circulan tan de mañana por el paseo de la playa en un flamante vehículo Mercedes Benz, modelo coupé. La pinta es buena, visten trajes de marca, y los cabellos enlucidos con gomina. No obstante algo me dice que no son trigo limpio, tienen pinta de chulos de puta. Uno de ellos parece gitano. 

-Per favore, puoi dirci come andaré al Delfín Blanco.

-Lo siento, no entiendo el inglés. 

Tomar el pelo a este par de buitres no es lo que puede decirse una opción inteligente, máxime cuando me toco el costado izquierdo y me doy cuenta de que voy desarmado. 

¡Jodido Crespo! Siempre serás el mismo puto olvidadizo de siempre. De seguro que un barrendero cuando va a realizar su trabajo no se olvida de llevar la escoba. ¿Acaso te imaginas a un taxista que sale a ganarse el jornal del día dejando el coche aparcado en el garaje? ¿Por qué entonces tú andas paseando de madrugada por una playa desierta, mientras tu pistola bosteza en el cajón de la mesita de noche

¡Puta voz de la conciencia esta vez te has pasado de listilla!

¡Ah, sí!

¡Sí! 

¡Acaso no te has dado cuenta todavía! ¿Eres ciega?

No me grites, cojo. ¿De qué tengo que darme cuenta? 

¡Jodida ramera! Sabes perfectamente que no hace mucho sufrí un atentado terrorista en el que quedé inválido. Por eso ahora no llevo encima mi pistola. ¡INVÁLIDO! ¿Te enteras? Ya no estoy de servicio las veinticuatro horas del día. 

-No, amico, parliamo en italiano. 

Es la voz del spagueti la que me saca de la empanada mental que traigo conmigo mismo. Me detengo un instante, el tiempo justo de responder.

-Tampoco comprendo el francés. Au revoir. 

Sé que mi respuesta no les agrada porque sus cuerpos quedan rígidos como estatuas y en sus ojos se expresa la misma mirada de incredulidad del que se encuentra por azar un billete de quinientos euros a la vuelta de la esquina. Aprovecho estos preciosos segundos de desconcierto para largarme con viento fresco. ¡Ufff… de la que me he librado! De haber tenido una trifulca con este par de mastodontes me pregunto qué defensa habría podido ejercer. Poca…. Por no decir ninguna

 

Me viene a la mente el jodido Saavedra. Coincidimos en Barcelona. En aquel tiempo, quiero recordar, él andaba veinticinco años de edad. Yo estaba a punto de cumplir los veintidós. Aterrizamos en la comisaría del Arrabal a la vez. Inspectores de tercera clase del Cuerpo General de Policía, recién salidos del horno, nos comíamos el mundo. Lo pasamos juntos de puta madre. Para no cansar el cuento voy simplemente a referir lo que nos ocurrió una noche de juerga, en las que Saavedra y yo derrapamos a toda leche por la ciudad. Nos topamos en un puticlub con un atracador de los de la nueva escuela. Niñato de mierda, puesto hasta el culo de drogas, que por cuatro pesetas no dudaría en vaciar el cargador completo de su arma en el cuerpo del primer desgraciado con el que topase. 

Hablando de armas. Yo no llevaba la mía. Pero es que el idiota de mi compañero tampoco. Los dos nos acordamos a la vez del comisario Viqueira. El implacable, el rígido, el fanático, el insobornable profesor de Investigación Criminal que siempre portaba adosadas a su cuerpo dos o tres pistolas, amén de los grilletes, porra…Y qué sé yo cuantos artilugios más. . Daba risa verlo dar la clase. Cuando se volteaba hacia la pizarra escuchábamos entrechocar entre sí a toda esa variedad de instrumentos metálicos diversos que para nuestros oídos eran música celestial. Y nuestros ojos, más que atentos a los detalles de la explicación criminalística, lo estaban a los bultos que sobresalían del costado de su chaqueta y de la trasera del pantalón donde sospechábamos que llevaba los trabucos. De todas maneras el tipo era un buen profesor y un mejor profesional, y tengo que decir que su fama se había desparramado como un vaso de agua en los círculos policiales y judiciales de toda España. Ni que decir tiene en el mundo del crimen, donde los cacos cuando se enteraban de que la investigación de su asunto, por lo general los casos importantes, la llevaba el Viqueira, se daban de antemano por jodidos. 

Saavedra y yo seguimos el protocolo. 

Bueno al principio dudamos si esfumarnos del antro y simular que no habíamos visto nada. Es de lógica que pensáramos así, nos encontrábamos desarmados y el atracador seguramente llevaría un naranjero de buen tamaño adosado a la cintura. Sin embargo, lo que finalmente hicimos fue llamar a la comisaría y pedir refuerzos, a pesar de que sabíamos que nos iban a resultar inútiles. El tipo, en ese momento, ya estaba pagando lo que había consumido. 

Nos la tendríamos que jugar a cara o cruz. La vida, claro. 

El Manitas, que así le llamaban, salió a la calle y se dirigió más derecho que una vela hacia un Seat mil cuatrocientos treinta, de color azul, que estaba aparcado en la misma explanada de aparcamiento del putiferio. Para nuestra desgracia el muy cabrón esa noche había bebido poco. Si al menos hubiera salido borracho como una cuba todo habría resultado más fácil. No había tiempo para pensar. Una de dos, o nos largábamos con viento fresco silbando Si Adelita se fuera con otro…Yo la perseguiría por tierra y por mar…. O le echábamos huevos al asunto. 

Hicimos lo segundo. 

Me adosé como una lapa a la cintura del azafranado, el Manitas tenía el pelo de color rubio cobrizo. Y nada más hacerlo mi brazo izquierdo hizo contacto con el pistolón que el muy hijo de puta llevaba metido entre el pantalón y su barriga, sin funda, ni seguro, ni Dios que lo fundó. Lista para disparar. 

-¿Dónde coño estás Saavedra, no te estoy diciendo que el tipejo este se encuentra armado hasta los dientes y nos va a fundir el plomo? Échame una mano, coño. 

-Aquiiii… 

¡Hostias, el Saavedra estaba volando! Se había aferrado al brazo derecho del Manitas y éste lo zarandeaba a su gusto en todas las direcciones, igual que el viento hacía con la bandera de España, de trapo, que colgaba de un mástil a la entrada de la Comisaría. La verdad es que en aquel tiempo el pobre estaba más seco que el galgo de don Quijote de la Mancha. 

-Oye, tío, quítale a este cabrón la pistola que lleva en la cintura antes de que logre cogerla y nos mande a criar malvas. ¿No ves que yo no puedo soltarme?

-Ya voy, ya voy… Uff, Uff, resoplaba. 

¡Qué leche, Saavedra continuaba volando! 

El ruido de la sirena de un patrullero, que escuchamos en la distancia, sonó a música celestial en nuestros oídos, en tanto que en el ánimo de nuestro contrincante tuvo el efecto de dardo paralizante, cosa que aprovechamos mi compañero y yo para derribarlo al suelo y arrebatarle el arma. 

-Ahí lo tenéis, chicos, llevadlo para la Comisaría, ahora llegamos nosotros.

-A sus órdenes, inspector Crespo.

-Cuidado con este hijo de puta que es peligroso. -Saco pecho. 

-¿Qué hacemos, nos vamos para la Comisaría? -Me preguntó Saavedra.

Primero vamos a tomarnos un trago, tengo la garganta seca. –Le respondí. Y entramos de nuevo en el puti. 

-Oye de que no llevamos nuestras armas esta noche ni una palabra a nadie, que si no todavía nos funden vivos los de asuntos internos.

-Eres gilipollas o qué. 

Bebimos, nos reímos hasta de nuestra propia sombra, y apuramos la noche hasta la última gota. 

-¿Te fijaste en el cacho de manazas que tenía el tío? Cuando me volteaba de un lado a otro, a su antojo, las vi bien de cerca.

-Cacho burro ¿Por qué te crees que le han puesto el mote de manitas?

¡Ah, ese infeliz de Saavedra! ¿Qué habrá sido de él?

 

A pata coja, casi sin darme cuenta, llego al final del paseo marinero. Lo cierto es que me resulta agradable, hasta el dolor que tenía en la pierna izquierda ha desaparecido. Me paro un momento y aprovecho para anotar en un blog de notas los números correspondientes a la matrícula de coche de los sospechosos, que tengo en la mente. De improviso un bulto peludo y negro que se encuentra cobijado bajo el porche de la caseta de socorrismo de la Cruz Roja se remueve a mi derecha, sobresaltándome. Al escucharme llegar se levanta de golpe, sorprendido. Al parecer, él, también se asusta. Tenemos una cosa en común, ambos cojeamos. 

-¿Que pasa socio? Por lo que veo a ti también te va mal. -Le digo, sin otra intención que continuar con mi camino. 

Un quejido agudo en el tono y corto en el tiempo es toda su respuesta. Da la impresión de que el animal no quiere molestar más de la cuenta. Adelanto la mano derecha hacia él y chasqueo los dedos. 

- Ven, toma chucho.

El perro no me hace ni puñetero caso. 

-Ahí te quedas desgraciado, que te vaya bien. -Continúo mi camino.

A mi frente, a la izquierda del paseo, veo encendidos los dos focos de luz blanca de un chiringuito. Presumo que está abierto y me encamino hacia ese lugar. Me froto las manos, me viene que ni pintado para tomar un café y fumarme el tercer cigarrillo del día.

¡El puto tabaco, me está matando! 

-¿Es suyo, señor? -Me pregunta el camarero, un chico joven de raza moruna.

Miro hacia atrás y veo al perro que encontré en la playa unos minutos antes. El bribón, cuando lo llamé entonces me ignoró por completo. Sin embargo, ahora, cuando no le hago caso viene detrás de mí. ¿A qué estará jugando? 

-Sí, es mío. ¿Qué pasa? ¿Tenéis también en mitad del paseo reservado el derecho de admisión?

-No se enfade señor, es que a mi jefe no le gustan los animales, dice que sueltan muchos pelos y lo ensucian todo. No le importa que sean de un cliente, mientras sus dueños consuman, lo malo es que se trate de un perro vagabundo. Si viene y lo ve aquí se enfadaría mucho y sería capaz de darle una patada en el culo al chucho y otra a mí.

-Tu jefe es un gilipollas, y a quién hay que dar una patada en el culo es a él. –Le digo. 

El morito ríe complacido mi ocurrencia. Definitivamente le resulto simpático. Cualquiera que trate de gilipollas al negrero de su jefe, sin duda, le caería bien. 

-¿Qué le pongo, señor?

-Para mí un café solo, y para el perro una docena de churros.

-¿Churros para el perro? –Me pregunta, incrédulo.

-Y que estén doraditos, le gustan más así. 

Saco un cigarro y lo enciendo sin esperar al café, la desazón que mi organismo siente por las mañanas hasta completar una dosis razonable en vena de nicotina es monumental. 

-¿Cómo se llama?

-¿Y a ti qué coño te importa cómo me llamo? 

-No, señor, me refiero al perro.

-Ah, sí, al perro. Te refieres al perro. Bueno, el perro se llama… -Oye no me pongas el café demasiado caliente, que si no con el primer sorbo me escaldo la lengua. -desvío la conversación para darme tiempo a buscar un nombre creíble.

-¿Te parece que lloverá hoy?

-No, señor. Fíjese en los claros que vienen de poniente. Yo creo que acabará abriendo el día.

-Y, ¿cómo dice que se llama?

Comienzo a toser. Miro al jodido energúmeno con ojos sanguinarios y me pregunto el por qué ha tenido que hacerme la misma pregunta justo cuando le estoy dando el primer sorbo al café. Al final hace que casi me atragante. ¡Qué pesado el tío! 

-Tío. 

Suelto la última palabra que he tenido en mente un segundo antes. 

-Mi nombre es Mohamed, señor.

-Te estoy diciendo que el perro se llama “Tío”

-Pero, señor, ese no es un nombre para un perro. Ese es un nombre para un colega.

-Y a ti ¿Qué más te da? ¿Acaso el perro es tuyo?

-No, señor, a mí me da igual como se llame el animal.

-Pues entonces, a callar, Mohamed.

-Toma un pito.

-No fumo, señor, Gracias.

-El mío Pablo.

-¿Cómo dice, señor?

-Mi nombre es Pablo y estoy cansado de que me llames a todas horas señor, así que ya lo sabes, a partir de ahora me llamas por mi nombre. O,

Si lo prefieres, por mi apellido; Crespo.De lo contrario atente a las consecuencias.

-¿Qué consecuencias?

-Puede que te meta uno de estos churros por donde te estas imaginando.

El moro ríe.

-Tiene usted buen sentido del humor, no como otras personas que vienen por aquí ¡Que si yo le contara!

-No, por favor, no me cuentes tus penas, que yo prometo no referirte las mías. 

-Trato hecho. -Me dice Mohamed. 

A este bereber del desierto todo lo que digo le hace gracia. Cojo el plato con los churros y aparto uno, el resto se los hecho al perro, comprobando como los devora en unos segundos. ¡Pobre animal, está muerto de hambre!

Pago lo consumido e inicio el regreso hasta el Cielito Lindo, Tío sigue mis pasos a cuatro o cinco metros de distancia. 

-Buena me la he buscado con darle los churros, ¿Qué hago ahora? –Me pregunto. 

Cojo un trozo de caña que encuentro tirada en el suelo y hago el amago de pegarle. Mi acción no le resulta del todo convincente ya que recula para atrás tres metros y después vuelve a seguirme. Ese toma y daca de amago de hostigamiento y falsa huida parece no tener fin. Finalmente mi inteligencia superior de humanoide me lleva a la conclusión de que lo mejor es ignorarle. ¡El puñetero perro gana la batalla! 

El Mercedes, de color negro, que ya comienza a resultarme familiar, lo veo aparcado en el mismo lugar que estaba cuando sus ocupantes me preguntaron una hora antes por la Cafetería del Delfín Blanco. Los dos dandis con pinta de gánsteres se bajan del vehículo de manera parsimoniosa, sin recelo a que el hombre cojo que pasa por delante de ellos se les vaya a escapar.

-Eh, amigo, ese animal precisa de un veterinario. –Dice el más grueso, en un castellano marrullero. 

-No es mío. -Le respondo de manera escueta y seca.

-Pues ¿por qué te sigue entonces?

-Pregúntaselo a él.

El espagueti queda serio, me escruta de arriba abajo intentando adivinar que arma secreta oculto. No le cuadra la altivez y la ausencia de miedo en un hombre cojo y solitario. Sin embargo la respuesta le resulta ingeniosa y comienza a reír. 

-Guau….Guau, -se dirige al perro.

Tío le devuelve un gruñido amenazador que le hace desistir de continuar la chance.

-Eh, zoppo, il vostro cane, como voi, non parla la mía lingua. 

Continuo la marcha sin otros contratiempos, aunque por la juerga que se traen a mis espaldas deduzco que se deben de estar burlando de mí y del pobre perro por la manera en la que ambos caminamos en fila india, cojeando al unísono. 

Hijos de puta, mal dolor de barriga os de. –Les deseo. 

Los dos hombres usan el mismo tipo de colonia, aún llevo suspendido en la base de mis mucosas nasales ese olor empalagoso mezcla de hierba buena, tomillo y jazmín. También parecen haberse puesto de acuerdo en las vestimentas que llevan puestas: trajes y camisas negras. Si no es por el color de sus corbatas, una amarilla y la otra roja, cualquiera que los mire pensaría que los han fabricado en serie. A unos quinientos metros de distancia de donde se encuentran el par de mamelucos me paro un momento para encender un cigarro. Tío se adelanta unos pasos y pone su cabeza a la altura de mi codo derecho. Sucumbo a su estratagema y le acaricio. 

-Lo siento, Tío, pero no creo que a doña Juana le guste mucho la idea de tenerte de huésped en el hostal. 

Fija su mirada en mis ojos y, a juzgar por el movimiento de su rabo que oscila de manera parsimoniosa de izquierda a derecha, me produce la impresión que entiende todo lo que le digo. El perro actúa con inteligencia y me pone contra las cuerdas, su lánguida mirada actúa de cebo perfecto. Al final consigue lo que quiere.

-Vamos para el Cielito Lindo, amigo, y que Dios nos coja confesados.

¿Quién ha dicho que el hombre es el animal más inteligente de la creación? 

El encuentro con los italianos y la forma en que Tío reaccionó hace que la balanza de mi voluntad se incline definitivamente a su favor. 

Al llegar al hostal miro el reloj, son las nueve de la mañana, por suerte doña Juana y Amalia se encuentran parloteando con una vecina a través de una de las ventanas que da al patio de luces, así que aprovecho para atravesar el hall de la entrada y escurrirme hasta la habitación.

-Vamos, Tío, entra. -Le digo.

El muy bribón esta vez me hace caso. Tenemos dos cosas en común, nos encontramos solos e inválidos, si no nos ayudamos entre colegas ¿Quién lo va a hacer por nosotros? Intento convencerme de que admito al perro sólo por solidaridad. 

La noticia llega a oídos de la patrona enseguida, no me explico cómo la vieja se ha enterado tan rápido, el caso es que a los pocos minutos pica en la puerta de la habitación.

-¿Es cierto, Don Pablo, que tiene usted un perro? –Me pregunta, yendo directa al grano.

Me demoro unos minutos en contar los pormenores del percance con los matones, tomando buena nota de resaltar al máximo la intervención de Tío. -Él me salvó de una muerte segura y puso pies en polvorosa a los delincuentes. 

Al menos es lo que le cuento a Doña Juana, quién flipa con la falsa historia que adorno con todo lujo de detalles. 

-Ahora me explico lo de la cojera del pobre animal. –Dice.

-Ni se imagina como el perro luchó a dentellada partida contra los dos criminales. Uno de ellos sacó una pistola y le disparó.

-¡Pobre animal! ¿Dónde fue el impacto? No le veo sangre. 

¡Coño, no contaba con esto!

-En la pierna de la que cojea. –Le asevero, muy serio. –De seguro la bala ha tocado hueso y se encuentra en el interior del muslo haciendo tapón. ¡En fin tendré que llevarle al veterinario! 

-¿Pero a qué espera, hombre de Dios? corra….corra. Por lo demás no se preocupe este animal se queda con nosotros.

¡AUUUU...! Batalla ganada. Tío me la endosó hace un rato, pero yo acabo de hacerlo ahora mismo con doña Juana. Empate. 

Cuando quedamos solos me dirijo al baño y dudo quién de los dos debe meterse primero en la ducha, determino que es de mayor urgencia su caso, el pobre animal huele a rayos. Aunque se deja coger, a duras penas consigo introducirlo en la bañera, pesa como el plomo. Al menos unos cuarenta y cinco kilos, calculo a ojo de buen cubero.

18. jul., 2016

 

Carmelo se retuerce la mente en busca de un plan, al tiempo que maldice su suerte. Lo que más le preocupa es el cómo identificar los documentos relacionados con la vacuna del SIDA. Busca en un mapa el domicilio de don Cayetano, el cincuenta de la avenida de Entrevías, y lo rodea con un circulo de color rojo. Acto seguido abre una libreta de tapas negras en la que tiene anotados números de teléfono y marca el de un tal Ángelo. 

-¡Haló! -Responden al otro lado de la línea.

Por un momento queda pensativo y cuelga el auricular. 

-Este no es un asunto a tratar por teléfono, -Masculla en voz baja. 

La amistad entre ambos se remonta siete años atrás. Ángelo, ya por aquel entonces regentaba el Danubio Azul, el mejor pub de la zona Centro. Carmelo estaba al frente de la brigada de policía judicial de Madrid. La simbiosis era perfecta, Carmelo se encargaba de parar, a Ángelo, las propuestas de sanción de los compañeros de Seguridad Ciudadana, y Ángelo le devolvía el favor a base de confidencias, mujeres, y copas gratis. 

Carmelo juzga que Ángelo es la persona ideal para la oscura misión que tiene entre manos por varias razones: sus coqueteos con el mundo del hampa le dan acceso a la información precisa sobre las personas idóneas para ejecutar el allanamiento de la morada de don Cayetano. Por otra parte, de salir mal el asunto, se dejaría desollar vivo antes que delatarle. Sin pensarlo dos veces se pone la americana y se encamina a su encuentro. 

Al penetrar en el interior del local le da la impresión de que el Danubio azul ha quedado anclado en el tiempo. Todo continúa en su lugar; el mostrador de acero inoxidable, en el que rebota un haz de luces de las cinco lámparas metálicas que cuelgan del techo. La cálida barra cilíndrica de madera de caoba. Los taburetes forrados con cuero negro. El serpenteado de pequeños habitáculos abiertos al costado y amueblados con sillones rojos… Sólo disiente el letrero luminoso de la puerta de entrada, al que una luz a punto de fundirse lo hace tintinear de corrido. 

Detrás de la barra se encuentra sirviendo una copa a un cliente la esposa de Ángelo, Elvira, la mujer más bella del local. Ella le reconoce al instante. 

-Mío caro amici, quanto tempo. –Le saluda en italiano, el idioma materno de su esposo.

-¡Quanto tempo! Elvira ¡quanto tempo! -Responde Carmelo, a la vez que la besa en las mejillas.

-Después de varios años de ausencia, por fin das señales de vida. ¡Desde luego no será porque aquí se te haya tratado mal!

No puede creerlo, la mujer que tiene enfrente parece disponer del elixir de la eterna juventud. No ha cambiado nada en siete años. 

-Estás hablando con un hombre casado. -Le dice a modo de excusa, abriendo los brazos. 

-¡Vaya disculpa! Mira a tu alrededor y te darás cuenta de que este local está lleno de casados. 

-Ya, pero mi mujer es más celosa que la de ellos. –Responde con un punto de cinismo. 

-Está bien, eso te lo puedo pasar por alto, pero lo que nunca te voy a perdonar es que no te fijaras en mí para ser tu esposa. 

-¿En ti, Elvira? ¡Pero si tú ya estabas casada con Ángelo! No seas cruel trayendo a mi memoria recuerdos dolorosos. ¿En cuántas ocasiones te declaré mi amor y cuantas veces lo rechazaste poniendo de pantalla tu matrimonio? No hay números para contarlas. 

La mujer ríe complacida.

Carmelo, desde el primer día que puso un pie en el Danubio Azul, posó sus ojos en Elvira. No se conformó como la mayoría de los clientes que visitaban el local, en pedir una copa y marchar al reservado con la primera chica que le ofreciera conversación. Por el contrario, su corazón optó por el romanticismo de un imposible. Sólo tuvo palabras de amor para ella. 

-Eres el mismo de siempre ¡te tomas todo tan a pecho! ¿Nunca te vas a dar cuenta de cuando te hablan en serio y cuando en broma? Bueno… lo importante es que hoy estas aquí con nosotros, soltero y disponible, así que te apunto en mi agenda, -insiste la mujer en la chance. 

-¡Tú y tus bromas, Elvira! -Responde Carmelo. 

-Yo, de estar en tu caso, no estaría tan segura de que sea una broma lo que te acabo de decir, -Coquetea. 

Por un instante le viene a la mente la idea de que ella y su esposo están desavenidos. Por un momento sueña con la posibilidad de ser correspondido en un amor hasta este momento de dirección única. Y por un segundo se ve arrodillado en medio de una exuberante floresta pidiéndola en matrimonio. Al fin sacude la cabeza de izquierda a derecha y se desembaraza de esos absurdos pensamientos. Su voz le saca de la abstracción.

-¿Te pongo una copa? Porque has venido a eso ¿no?

Carmelo no contesta a la pregunta, se limita a fijar la mirada, serio, en su bello rostro e interesarse por su marido.

-¿Dónde está Ángelo?

A Elvira esa actitud de amante despechado le provoca una risa abierta y desenfadada, difícil de contener. Carmelo no ha cambiado nada, continúa siendo el mismo niño mal criado que se pone triste cuando se le niega un capricho. Sin embargo, después de siete años parece que su voluntad continúa incólume al desanimo. Se pregunta si lo que este hombre siente por ella no es, en verdad, amor. Advierte que el ritmo de su corazón se acelera. 

-Mi marido se encuentra trabajando en su despacho, si quieres lo llamo para que venga a saludarte.

-Ponme un Way Laber, -Es su respuesta. 

Ella pasa detrás de la barra y le sirve.

-¿Tienes familia?

-Sí, un hijo. Tiene tres años.

-Seguro que ha salido al padre.

-Eso dicen.

-Me gustaría verlo algún día, ya sabes que adoro a los niños. Por desgracia yo no he podido tener hijos en mi matrimonio y, eso, es algo que siempre he llevado mal. -¿El wiski lo quieres solo o con agua?

-Solo, con un cubito de hielo, por favor.

Elvira hace mención a la palabra matrimonio para justificar la ausencia de descendencia, cosa que no pasa desapercibida a Carmelo. En ningún momento dice que sea estéril. Al emplear esa palabra genérica que engloba a los dos, sospecha que el causante del problema es el esposo. Por eso, se atreve a insinuarle. 

-Tú, Elvira, no eres madre porque no quieres.

Ahora la que se pone seria y está a punto de romper a llorar es ella. Elvira coge el auricular del teléfono y marca el número correspondiente al despacho de su marido.

-¿Sí?

-Está aquí Carmelo.

-¿Carmelo? ¿El inspector jefe de policía?

-Sí, nuestro amigo Carmelo, ¿quién si no?

-Voy enseguida. -Es su respuesta.

Los dos hombres al verse se saludan con efusividad, está claro que se aprecian de veras, las muchas horas pasadas juntos años atrás han forjado entre ellos una buena amistad .

-¡Qué sorpresa, Carmelo, cuánto tiempo sin verte! Ya te dábamos por perdido.

-Es cierto, y os pido disculpas a Elvira y a ti por mi dejadez, acabo de decirle a tu mujer que….

Ángelo le hace con la mano derecha un ademán de stop, indicándole de manera gráfica que no hace falta que se justifique con él, sabe que Carmelo no se encuentra en su establecimiento por casualidad.

-Y bien, ¿qué te trae por el Danubio Azúl?

-Nada de particular, pasaba por aquí y me dije….

-¡Vamos, Carmelo, que nos conocemos desde hace muchos años! Tú tienes muchas virtudes, pero no la de saber disimular.

El jefe de seguridad de Falaurént se revuelve inquieto en el taburete en el que está sentado. A pesar de la amistad que le une con Ángelo es reacio a explicar el motivo de su visita. Al final se decide, si bien es plenamente consciente de que por primera vez en su vida se encuentra en el lado opuesto de la línea de la justicia.

Coge el vaso de wiski y revuelve de manera mecánica el cubito de hielo. El contacto del agua solidificada con las paredes de cristal produce un tintineo nervioso, que refleja fielmente su estado de ánimo. Traga, de golpe, todo su contenido. 

-Preciso tu ayuda-. Dice

Ángelo cree que Carmelo le va a recabar alguna información confidencial. El Danubio Azul siempre ha sido lugar de confluencia de los más variopintos personajes: ricos hacendados, licenciados, empresarios… Y, también, aventureros, golfos, vagos, y delincuentes. Él sabe bien lo que un hombre al lado de una chica guapa, y con unas copas de más, es capaz de decir. 

- ¿De quién se trata? –Pregunta.

-Es un asunto particular. 

-¿Particular? –Se interesa, extrañado.

Carmelo asiente con varios mudos movimientos de cabeza.

-Vamos a mi despacho, allí hablaremos con más tranquilidad.

Ángelo escucha el relato del Jefe de seguridad de Falaurént con suma atención, sin atreverse a interrumpirle. Finalmente, cuando acaba de hablar, sólo añade.

-Amigo Carmelo, me tienes a tu entera disposición. ¿Cómo y cuando quieres que lo hagamos?

-Lo antes posible, Ángelo, el tiempo es algo que corre en mi contra. En cuanto al cómo hacerlo he pensado que se deberían de registrar a la vez el domicilio de don Cayetano en Madrid, y el de su hija en Salobreña. Desconozco en cuál de ellos está la información que nos interesa. 

-Eso nos puede complicar la historia. Si te he entendido bien el piso del investigador se encuentra en Madrid, y la casa de la hija en un pueblo de Andalucía.

-Sí, en Salobreña.

-Pues ya me dirás, si lo hacemos de esa manera nos obligara a meter en la operación a más gente de la prevista. 

-Así es, Ángelo, pero ten en cuenta un detalle, si hacemos el allanamiento sólo en una vivienda y no encontramos nada, lo más seguro es que al viejo le dé por sospechar algo y ponga a buen recaudo lo que pueda haber en la otra de interés. 

-Tienes razón, se nota que tú eres el policía. Por lo demás no te preocupes conozco a gente de confianza que nos harán el trabajo sin hacer preguntas. Aunque… dime una cosa ¿Qué es lo que tenemos que buscar?

-Tú limítate con tus hombres a facilitar la entrada en los domicilios señalados a las personas que yo te diga y darles cobertura para que todo salga bien, ellos serán los que rastreen los ordenadores y seleccionen los documentos a incautar.

-Fácil. -Afirma Ángelo, a la vez que extiende su mano derecha a Carmelo y alza su humanidad a uno noventa del suelo. 

Acuerdan que al domicilio de don Cayetano, en Madrid, irá en persona el propio Ángelo junto a su compatriota Alessio Camilleri. A la casa de la hija en Salobreña lo hará su hombre de confianza, Adriano Falcano, acompañado del gitano Pedro Cortés. Por parte de los investigadores a una de las expediciones se unirá Marcos, el biólogo jefe de Falaurent. A la otra lo hará María, su compañera de trabajo y amante. 

Elvira va y viene por detrás de la barra sirviendo bebidas y dando instrucciones a las mancebas, para que no desaprovechen el tiempo con los clientes en charlas interminables que no conducen a ninguna parte. A cada poco su mirada se escapa en dirección al pasillo donde está la puerta del despacho de su marido y se pregunta de qué estarán hablando los dos hombres que allí se encuentran. Los dos amores de su vida. Uno de ellos no lo sabe. Y ese es un secreto que debe continuar oculto en el interior de su corazón.

14. may., 2016

Capítulo Seis

 

 

Adriano Falcano y Alessio Camilleri arriban al puerto de Algeciras en un barco mercante de bandera chipriota, de nombre Icarus. Los dos son naturales de Palermo y se conocen desde la más tierna infancia. Puede decirse que son como hermanos. 

El Icarus hace en Algeciras una parada de dos días para estibar parte de los contenedores que transporta. Estas labores de trasiego son realizadas por operarios del propio puerto, lo que da a los marineros del buque la oportunidad de un permiso en tierra de cuarenta y ocho horas. Las temperaturas son elevadas, las mínimas no bajan de los veinticinco grados, y las máximas rondan los cuarenta. Al medio día las calles de Algeciras se encuentran desiertas. Es a la hora del crepúsculo cuando el plomizo siroco retrocede un poco y permite que la ciudad recobre el pulso.

Adriano y Alessio se visten para la ocasión con ropa informal. Adriano con pantalón crema y camisa blanca de manga larga, arremangada hasta la mitad del antebrazo. Alessio de oscuro: pantalón y suéter negros.

Antes de sumergirse en el reservado de un club de alterne y aspirar los olores pastosos de colonias baratas de las chicas, deciden sentarse en la terraza de un bar del mismo puerto para meterse entre pecho y espalda medio lechazo de cordero y una botella de vino tinto de rioja. Eligen uno de nombre Las Brasas, de cuyo interior sale un aroma a carne churrascada que enloquece sus sentidos del gusto. A las puertas se encuentra sentado, en una vieja barrica de vino vacía, un hombre moreno de unos cincuenta años de edad, al que preguntan cuál es el mejor local de alterne de la ciudad. Tiene la cara costrada por el sol y el viento seco del Sahara. Sus manos transportan en el dorso una cordillera de montañas nudosas, que dan la bienvenida a los dos italianos con un fuerte apretón de saludo. Al tipo le falta tiempo para ofrecerse a acompañarles. En apariencia de manera desinteresada. 

-¿A qué te dedicas, amigo? –Pregunta Adriano.

-Soy marinero. Cuando hay faena en el mar, en el mar trabajo. Y cuando no me busco la vida en tierra, como puedo.

Le parece uno de los suyos, un hombre de fiar. 

-¿Cómo te llamas? 

-Rafael Cortés. 

-Coge un vaso, Rafael, y siéntate con nosotros a tomar un vino.

-Un vino, dos, o los que sean menester.

Los tres hombres ríen. 

-¿Eres moro? -le pregunta con descaro Alessio.

-No, gitano, -responde el aceitunado con orgullo. 

A una copa sigue otra, y a la primera botella de rioja dos más. Comen y beben con fruición charlando de cosas del mar, de mujeres, y escuchando los chistes que Cortés a cada poco intercala en la conversación. El tiempo les pasa sin enterarse y son las once de la nochecuando cogen un taxi para dirigirse al puticlub. 

El Faisán de Oro está a cuatro kilómetros de Algeciras, en la carretera que conduce al pueblo del Rodeo. Es un bar de carretera venido a menos y reconvertido en casa de putas baratas. Los italianos se dan cuenta enseguida del lugar de poca clase al que Cortés les ha llevado. No protestan, es tanto el tiempo que llevan sin ver a una mujer que ese tugurio de mala muerte les parece el mejor de los paraísos terrenales. 

Al entrar se dirigen a la barra y piden dos vasos de wiski. Acto seguido echan las órbitas de sus ojos a pasear por todos los lados y ángulos del establecimiento en busca de carne fresca. Tienen hambre de sexo. Se les acercan dos chicas. Los hombres no les discuten el precio por el servicio, ni ellas el tiempo que tienen que aguantarles es demasiado, los volcanes que ambos llevan en el interior de sus cuerpos explosionan y derraman su lava a los pocos minutos de haberles prendido la mecha. Todos quedan satisfechos con el negocio. 

Piden un segundo wiski. Un tercero. Un cuarto. Al quinto Adriano propone cambiar de local. 

-Cortés, este Faisán de Oro al que nos has traído es una mierda. ¡Vaya timo que nos has metido, cabrón!

El gitano calla. Entre otras cosas porque sabe que el italiano tiene razón en lo que dice.

-Si estuviéramos en Madrid otro gallo nos cantaría, allí están los mejores puticlubs de toda España. Y el mejor es precisamente de un compatriota vuestro.

-¿De un italiano? –Interviene Alessio.

-Así es, de un tal Ángelo. Aunque el local quien realmente lo dirige es su mujer, Elvira, una gaditana de armas tomar guapa como ella sola. 

-y… ¿Cómo los conociste? –Pregunta Adriano Falcano.

-Aquí en Algeciras, hará unos seis años regentaban el bar dónde vosotros habéis cenado esta noche. Después se trasladaron a Madrid y, según tengo entendido, por comentarios de paisanos que han estado allí, parece ser que tienen el mejor local de alterne de la ciudad. 

-¿A qué esperamos para ir hasta allá? –Pregunta Alessio Camilleri.

-¡Hombre, Madrid está a más de cuatrocientos kilómetros de distancia! Lo menos que tardaríamos en llegar en coche son cinco horas. Sin contar la pasta que nos cueste el taxi. Pero por mí que no quede. –Apostilla Cortés. 

El alcohol habla por boca de los tres.

-Vámonos. -Sugiere Adriano. 

En cuestión de segundos aceptan una propuesta que va a cambiar por completo el curso de sus vidas.

 

-Buonanotte. 

-¿Italianos? –Les pregunta la camarera. 

-Sí, de Sicilia. -responde Adriano.

Es la primera vez que escuchan hablar a Elvira.

-Un momento, per favore. 

La mujer sonríe y se pierde por el fondo del pasillo que da acceso a varias recamaras, al poco regresa en compañía de un hombre que se dirige a ellos con los brazos abiertos.

-¡Caris compatriotis! Ángelo Falconi a vostra disposizione.

Los dos marineros corresponden con idéntica efusividad al saludo. Adriano toma la palabra.

-Buenanotte, amico. Sempre un piacere trovare un connazionale lontano da casa.

La fortuna no es ajena a la extraña relación, mezcla de amistad e intereses económicos, que a partir de este momento comienza a darse entre los tres italianos y el gitano Rafael Cortés.

Les gusta Madrid y el Danubio Azul. No se les ocurre un lugar mejor donde estar.

El capitán del barco ojea con el catalejo el muelle de Algeciras con la esperanza de que en el último minuto aparezcan corriendo por alguno de sus accesos los dos hombres que le faltan. Finalmente abre los brazos en señal de desesperación y manda zarpar. El Icarus, tras una espera de seis horas, no tiene más remedio que partir sin dos de sus mejores marineros.

Mientras tanto, en Madrid, Adriano y Alessio apuran la noche hasta la saciedad. El primero habla hasta por los codos, gesticula, mira a su entorno y llama con la mano a una chica rubia platino que tiene apoyado los codos, de manera indolente, encima de la barra. Parece cansada. La muchacha, indecisa, duda si hacerle caso, por propia experiencia sabe que al final de la noche la mayoría de los clientes están bebidos y se ponen pesados. Lo que ocurre es que el hombre que la llama está confraternizando con don Ángelo, su patrón, y decide no arriesgarse a ser despedida. Se compone el vestido apretado de raso que abraza sus muslos y finge una sonrisa. El hombre la recibe con afabilidad. 

-Hola, princesa, ¿cómo te llamas?

-Patricia.

-Permíteme que me presente: Soy Adriano Falcano, tu futuro marido. –Le da un beso en la mejilla. 

Patricia esculpe en sus labios una risa nerviosa.

-No bebas más que ya estas comenzando a perder la razón. –Le dice. 

-El Icarus ya habrá marchado de Algeciras. -Apunta Alessio.

-Anda y que le den, ¿dónde vais a estar vosotros mejor que aquí en la capital de España? –Apostilla Cortes.

-Brindemos por nuestros compañeros de fatiga del Icarus. Que la mar les sea favorable -Propone Adriano en un tono serio, no exento de emoción.

-Por ellos, que les vaya bien. - Entrechocan los vasos de wiski y beben su contenido de un solo trago. 

Los dos marineros italianos se miran y les da pesar el saber que el barco, en el que han vivido durante los últimos cinco años y que para ellos ha sido su hogar, en estos momentos navega rumbo a Vigo alejándose de sus vidas. Se sienten culpables de lo ocurrido, pero es una culpa compartida. Piensan que el alcohol y las caricias de las chicas del Danubio Azul no han sido ajenos a lo ocurrido. 

 

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14. may., 2016

Capítulo cinco

 

 

Son las cinco de la madrugada cuando un ruido ensordecedor me despierta. La lluvia golpea con fuerza el tejadillo de chapa situado debajo de la ventana de la habitación en la que duermo, y que cubre parcialmente un pequeño patio de luces. Las gruesas gotas de agua golpean la superficie metálica y rebotan, produciendo un efecto sonoro parecido al que hace el golpe seco del martillo del hojalatero contra el yunque: Toc, tac. Toc,toc,tac. 

Como de costumbre, duermo girando el tronco del cuerpo sobre el costado derecho. Así lo he hecho desde que tengo uso de razón y soy consciente de que cualquier otra postura corporal que adopte será baldía. No obstante me revuelvo de manera mecánica hacia la izquierda y me cubro la cabeza con la almohada en un último intento por conciliar el sueño. Doña Juana, al adjudicarme la habitación, me dijo que era la más tranquila y silenciosa de todo el hostal. Y en parte es cierto, sólo que se trata de una verdad a medias. En esta estancia se descansa muy bien, menos cuando llueve. Siento que el insomnio y el desasosiego caminan a la par, así que opto por incorporar medio cuerpo y recostarme contra el espaldar de madera de la cabecera de la cama. El martilleo del agua contra la chapa continua, si acaso con redoblada insistencia. 

-¡Me cago en la puta! aquí no hay quién pegue ojo. –Susurro.

Perdón. Ya dije que en ocasiones soy mal hablado.

Esa coletilla con la que abro y remato algunas frases no es nada más que una fea costumbre adquirida en mis años de estudiante, a la que nunca he sido capaz de sustraerme. En aquella época también me dio por decir otra palabra chabacana puesta de moda en la boca de la mayoría de los adolescentes: “Macho”. A cada poco soltaba esa gilipollez. ¿Te vienes a la casa de campo, macho? Ayer, macho, estuve en el futbol. Macho, ¿me pones una caña, o qué? Sólo que ésta, al cabo de varios años de desgastarla, afortunadamente, logré dejarla aparcada en la cuneta del olvido.

Volviendo a lo de la lluvia, ahora el agua cae a jarros sobre Salobreña, si no fuera por el punzante dolor que siento en la pierna izquierda, ya me habría levantado. 

Los recuerdos del último año acuden a mi mente en tropel. No son agradables. Cada vez que esto pasa, la sangre de las venas se me hiela, y el estómago se me transforma en un nido de sierpes. No me queda otra que arropar mis dolores y, también, mis miedos entre las sábanas. 

¿Qué será de Fany? No era gran cosa lo nuestro, pero al menos era más que nada. 

Cierro los ojos y tiento al sueño. Me cubro la cabeza con un cobertor de lana para evitar que me deslumbre un resquicio de claridad que se cuela del exterior a través de la persiana de la ventana, y acompaso la respiración a los latidos del corazón. 

Espero. 

Todo en vano, Morfeo no se digna visitarme. Los que sí lo hacen, puntuales a la cita, son los fantasmas del pasado. Me desespera comprobar que no tienen por el momento intención de marcharse de mi vida. Medio adormilado voy hasta la cocina y pongo a calentar el café. Doña Juana siempre deja una cafetera preparada para los huéspedes que se van temprano a trabajar. 

Hace un momento estaba en la cama más fresco que una lechuga y ahora, de pie, no paro de abrir la boca. Esto es una paradoja, al igual que mi vida. 

No sé lo que quiero y todo me da igual. Actúo como un zombi. Estoy solo, me siento solo, y tengo la impresión de que hasta ni mi propia sombra me acompaña. Sé que tengo que coger por los cuernos al morlaco del resentimiento y tirarlo por la ventana, abrir las compuertas de mi alma y permitir que a caballo de la brisa fresca de la mañanaentren en mi existencia nuevamente la confianza, la amistad, el amor….. 

Soy consciente de ello. Aunque a eso se reduce todo.

Ahora tengo la oportunidad de ponerlo en práctica. Me encuentro en Salobreña, a más de cuatrocientos kilómetros de Madrid, donde el azar me ha llevado. De momento tengo a mi favor tres cosas: la calidez del sol, la alegría de las gentes del sur, y el azul turquesa del mediterráneo. 

Amanece. 

Me apetece pasear a la orilla del mar, y aspirar el aroma del salitre que la brisa del levante trae a lomos de las olas. El murmullo del agua me hará compañía. Es el mejor de los amigos. 

El café rompe a hervir. Acerco la nariz al extrarradio del vapor que sale por el pitorro y lo aspiro durante un minuto. Desde que leí en una revista pseudocientífica que eso era bueno para prevenir el cáncer siempre lo hago. Por si tuvieran razón los que escribieron ese artículo.

Miro el paquete de winstón que está posado encima de la mesa de la cocina y me resisto a encender el primer cigarro hasta después de dar el primer sorbo al café. Esos minutos de demora me suponen un gran esfuerzo de voluntad. 

En la policía se fuma y se bebe mucho. También en otras profesiones. Por eso hay en España tantos idiotas muertos. Soy consciente de que la combinación de tabaco y alcohol son un coctel explosivo que desemboca de manera irremediable en cáncer. 

Me pregunto ¿qué es lo que ha sido de ese aguerrido policía que sólo dos años atrás se ponía al mundo por montera? ¡Pobre Crespo! A partir del atentado te has transformado en un hombre totalmente distinto. La metralla de la bomba no sólo ha mutilado tu cuerpo sino también, al parecer, el alma. 

¿Cómo le irá a Fany con su estomatólogo? De seguro mejor que a mí que no tengo perro que me ladre. ¡Ah, como la extraño en este momento! 

No soy tonto, me doy cuenta de que me encuentro más solo que la una. Es una soledad buscada y no tengo derecho a quejarme. Lo sé. Pero a pesar de ser consciente de esto, me compadezco y no hago nada por evitar que los lagrimales de mis ojos se humedezcan. 

Apago el ordenador y salgo a la calle. Al abrir la puerta me veo reflejado de cuerpo entero en un gran espejo rectangular que está instalado en el hall de la entrada del hostal. Me desagrada la imagen que se plasma en el vidrio. Le doy un fuerte puntapié y lo hago trizas. Me quedo más tranquilo. Lo que menos me importa en este momento es lo que pueda costar. Diré que fue un accidente. 

Son las seis de la madrugada y está comenzando a amanecer. A esta hora Salobreña parece un pueblo fantasma, la lluvia ha cesado y en el cielo comienzan a aparecer grandes claros entre las nubes. Las farolas encendidas iluminan el paseo de la playa y el mar se encuentra en calma. No hace viento. Tampoco frío, a pesar de la lluvia reciente. Abro el paquete de winstón y enciendo el segundo cigarro. No me doy prisa en caminar, tengo todo el día para hacerlo. Si algo me sobra ahora es tiempo.

 

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