8. nov., 2015

INSPECTOR CRESPO:

Se trata de una Novela que esta horneándose, aún es el germen del "primer tirón". Se agradecen comentarios y sugerencias. Gracias y un saludo.

 

 

Capítulo Primero

 

 

Casi nunca me pongo la corbata, hoy no tengo más remedio que hacerlo me esperan para cenar los compañeros de la Brigada de Policía Judicial de Vallecas para darme un homenaje en el día de mi jubilación y entregarme una placa por todos los años de servicio pasados en su compañía. 

Me gustaría ser humo y esfumarme, pero… ¿Puede un muerto dejar de asistir a su propio funeral? 

Veo lo que va a ocurrir. Al final de la cena el comisario Bermúdez se levantará, y dará unos toques en una copa con el mango del tenedor.

-Por favor, un momento de silencio, por favor…

E imagino que soltará un rollo parecido a este: 

Querido Pablo……Ejemplo de profesionalidad… 

Persona de bien…

Compañero…

Amigo…

Para finalmente darme un abrazo y felicitarme por la cruz al mérito policial con distintivo rojo que me han concedido recientemente. 

Creo recordar que sólo me he puesto la corbata en tres ocasiones. 

En la primera no tuve arte, ni parte, fue mi madre la que en el día de mi primera comunión me disfrazó de capitán general del ejército, o algo parecido. Era roja. 

La segunda vez fue con motivo de la jura del cargo de inspector de policía, de azul oscuro.

La tercera hace dos años, con motivo del entierro de mi padre. Mi tía Eugenia me prestó una de color negro.

Hoy me pondré la que me regaló Fany en mi último cumpleaños. Verde pistacho.

Fany es mi prometida. Lo nuestro va para tres años. Cuando comenzamos a salir nunca imaginé que nuestra relación llegaría tan lejos. Lo cierto es que somos bien opuestos en muchas cosas. Por ejemplo a ella le gusta la música inglesa, a mí sólo las canciones que se expresan en español. También le van las tertulias con amigos pedantes, cultos dice ella, en las que por horas se habla de cotilleo. En esas ocasiones me aparto del grupo con cualquier excusa y salgo a la calle a fumar. 

No le gusta que fume.

-¡Qué asco, a mí no te me acerques por lo menos en una hora hasta que se te vaya ese olor apestoso de la boca. –Me dice cuando me ve con el cigarro en la mano.

Lo que pasa es que en una hora me fumo tres o cuatro pitillos y ese olor, apestoso según ella, no se va de mi boca en todo el día.

Sin embargo a Fany no le importa ese puñetero olor cuando hacemos el amor. Al menos nunca la sentí quejarse en ese lapso de tiempo. Pero esto dura lo que dura y, enseguida vuelve a la carga. 

-Pablo ¿Cuándo vas a dejar el jodido tabaco?

Es el único taco que dice. Yo, por el contrario, suelto el ciento y la madre al cabo del día. Pero en mi descarga tengo que decir que casi siempre son los mismos: Coño, jodido, me cago en la puta…y cosas así. 

Ya lo sé, no está bien, ¿Pero qué puedo hacer? Es lo que escucho durante las veinticuatro horas del día en la comisaría. Todo se pega. 

Tengo que preguntar a Fany el por qué todos los años me regala corbatas por mi cumpleaños si sabe que no las pongo. 

 

SEIS MESES ANTES

 

Madrid comenzaba a despertar, en el reloj del Ayuntamiento daban las seis de la madrugada cuando yo atravesaba andando la plaza del Consistorio. Un suave chimichurri, enmascarado entre la niebla, caía sin hacerse notar empapando mis huesos hasta el tuétano, produciéndome la impresión de estar en Lodres. Caminaba despacio, no tenía prisa, el día constaba de veinticuatro horas y la mayor parte de ese tiempo no sabía qué hacer, ni a donde ir. 

Doscientos metros al Este el mercado municipal abría sus puertas. Me detuve, cerré los ojos y aspiré hondo. Al instante percibí el olor del salitre adherido a las palmas de las manos de los vendedores y a las escamas de los peces muertos. También el dulce de las carnes rojas, el de tierra húmeda procedente de las patatas, el agrio de los limones, y el alcanforado de los repollos, conformando una neblina de fragancias que no me pasaron desapercibidas. 

Hoy se cumplen seis meses del atentado terrorista que estuvo a punto de costarme la vida. Recuerdo la conversación que mantuve con el operador de la sala del cero noventa y uno de la Comisaría de Vallecas, cuando me llamó a las ocho de la mañana a mi despacho. 

-Buenos días Crespo, soy Benjamín. ¿Me podrías hacer un favor?

-¿Qué tripa se te ha roto? Benjamín.

-Acaba de llamar el director del Santander comunicando que delante de la puerta de entrada al banco hay una mochila sospechosa. Nadie se atreve a tocarla. Ya sabes, por lo del mes pasado. 

-Ah sí, aquella mochila bomba que explotó a la puerta del Bilbao-Vizcaya de Callao y seccionó las dos manos a uno de los trabajadores. ¿Y qué quieres que haga yo? llama a uno de los patrulleros de seguridad ciudadana para que se acerque hasta allí y eche un vistazo.

-De eso se trata, Crespo, en estos momentos los dos que tenemos en servicio por la zona están ocupados con otras intervenciones. ¿Por qué no me haces el favor de mandar algún funcionario de tu grupo? Seguramente será una falsa alarma.

-Estoy en el despacho sólo, Benjamín, he sido el primero en llegar.

-Bueno, entonces les diré a los del banco que esperen un poco hasta que me quede un zeta libre. No te preocupes.

-Si sospechas que pueda ser un asunto de terrorismo llama a los de información, eso cae de lleno en sus competencias.

-Ya lo he hecho, pero no me contesta nadie.

-Déjalo Benjamín, ya voy yo, esos señoritos no llega ninguno antes de las nueve.

Recuerdo con nitidez como cogí un K y me dirigí a la avenida de la Constitución, esquina con la calle Fernández Balsera, donde está situado el Santander. Así como mi encuentro a unos quinientos metros de la comisaría con mi compañero Fermín, a quien pité para que se percatara de mi presencia y cruzara la calle. 

-¿Dónde vamos, jefe? -Me preguntó nada más tomar asiento. 

En pocas palabras se lo expliqué.

Puse en el techo del vehículo la iluminaria portátil y nos dirigimos velozmente hacia el lugar. Fermín sacó del bolsillo de su chaqueta azul marino un paquete de tabaco y me ofreció un cigarrillo.

-Lo acepté. 

También me dio fuego, a la vez que bostezaba. 

-¿Has dormido mal? –Le pregunté.

-Regular, la condenada de mi mujer ronca más fuerte que un buldog ingles.

Ese comentario logró arrancarme la primera sonrisa de la mañana

En diez minutos estábamos en el lugar del requerimiento, a pesar del tráfico denso que a esa hora ya irradiaba la ciudad. Los alrededores del banco parecían un circo, y un grupo de curiosos se agolpaba en corrillo en las inmediaciones. También algunos mendigos. 

La mochila será de alguno de esos, -dijo Fermín señalando con la mano hacia los indigentes. 

Todo ocurrió muy rápido, Fermín bajó del coche y caminó directo hacia la puerta del Santander. A mí apenas me dio tiempo de apagar el contacto del coche y dirigirme hacia donde él estaba. Al observar la rapidez con la que se agachó al suelo, deduje que iba a abrir la bolsa de plástico confiado en que era de alguno de los sin techo que usaban ese porche para dormir. Eché a correr en su dirección, a la vez que le grité. 

Nooo, Fermín, ni se te ocurra. 

Demasiado tarde, la terrible deflagración destrozó por completo el cuerpo de mi infortunado compañero, y a mí me dejó inválido para siempre.

 

Parece que fue ayer cuando ocurrió lo que cuento. 

 

Ese doce de marzo cambió mi vida por completo. A partir de ese momento los días, para mí, discurren con lentitud, y todo me da igual. Nada hay que merezca una dosis suplementaria de esfuerzo, un punto especial de atención. Soy consciente de que me deslizo a una velocidad de vértigo por el angosto sendero que conduce a la depresión, y esto es lo único que me da miedo y me hace estremecer. La minusvalía de una de mis piernas y los defectos que la metralla ha dejado dibujados en mi rostro no son ajenos a ello. 

Soy consciente de que debo despertar del letargo invernal en el que me encuentro, e incorporarme al mundo del que por voluntad propia he salido. Sin embargo, el lugar donde he vivido los últimos veinte años de mi vida no me parece el indicado para afrontarlo. Tengo que tomar una decisión antes de que sea demasiado tarde. 

-¿Dónde ir? –Me pregunto.

Resuelvo el dilema por la vía rápida, lo cierto es que me da igual un sitio que otro, así que para qué estrujarme el coco. Maximizo un mapa de España en internet. cierro los ojos y dirijo el índice de mi mano derecha a la pantalla, dejando que el azar escoja por mí. Salobreña, un pueblo costero de la provincia de Granada, es el lugar afortunado. Meto en una maleta, casi al azar y con rabia, unas mudas de ropa. Ese es todo el equipaje con el que pienso viajar a un lugar desconocido en busca de un destino incierto.

Me pregunto el porqué de este actuar tan irracional. No encuentro la respuesta. La verdad, tampoco me inquieta demasiado.