29. ene., 2016

INSPECTOR CRESPO:

 

Capítulo Cuatro

 

 

-¿Se puede?

-Adelante.

Carmelo, el jefe de seguridad de Falaurent, se hace el sorprendido al ver llegar a Marcos a su despacho, a pesar de estar esperando su visita desde hace dos días. No tendrá más remedio que seguir la sugerencia de don Alfonso y de ayudarle en lo que le pida. 

-Adelante ¡qué sorpresa! ¿En qué puedo servirte? 

-Buenos días Carmelo… No… Nada en especial, sólo quiero plantearte algunas dudas legales que han surgido en la investigación de la vacuna del SIDA, con la esperanza de que me las puedas resolver.

-¿Dudas legales? Me temo, Marcos, que has acudido al despacho equivocado, esos temas quienes mejor te los pueden aclarar es el personal del equipo jurídico. Ya sabes… los picapleitos.

-Ya lo sé, Carmelo, ya lo sé…Aunque lo que en este momento preciso, también, es la ayuda de un amigo, por eso acudo a ti. 

Carmelo le invita a sentarse y le ofrece la mejor de las sonrisas, animándole a entrar en el terreno de la confidencialidad. Se pregunta de qué va el asunto. No desespera, el enterarse de todo es cuestión de minutos. Piensa que lo mejor es abordar el tema directamente. 

-Marcos, hace dos días recibí una llamada de don Alfonso anunciándome tu visita y pidiéndome que te ayudara en lo que precises. Llevo trabajando en esta compañía seis años como jefe de seguridad ¿Sabes cuantas veces en todo este tiempo he descolgado este teléfono para atender sus peticiones?

-No lo sé, Carmelo, imagino que muchas.

-Una, amigo Marcos, la de hace dos días, así que no te andes por las ramas y dime sin recelo alguno qué es lo que precisas de mí. 

Marcos se sorprende al escuchar que don Alfonso ha intercedido en su favor, y lo que más le extraña es que haya prevenido a Carmelo sobre su visita. Le da la impresión de que el presidente de Falaurént es consciente de que el éxito de la vacuna radica en poder hacer pruebas directamente en humanos. Algo ilegal que no parece importarle, pero en lo que no puede darse por aludido de manera directa. Lo comprende. 

Marcos queda, por un momento, abstraído en sus propios pensamientos. Si abre la boca para explicar a Carmelo sus intenciones es consciente de que cruzará la raya de la legalidad. Por otra parte, si no lo hace sabe que perderá su trabajo…. Y sobre todo el amor de María. Es precisamente el recuerdo de la mujer de la que está profundamente enamorado el que desequilibra la balanza a favor de continuar adelante con el plan.

Piensa en las personas que va a utilizar como conejillos de indias. Evita designarles cara, nombres, apellidos, familia, sentimientos. Prefiere meterlos en el amplio saco de sastre llamado sociedad y justificar la acción inmoral que planea con la máxima maquiavélica de que el mal de unos pocos redundará en el beneficio de muchos.

Se promete causar el menor mal posible, por lo que determina aplicar la vacuna sólo a hombres y mujeres con enfermedades terminales, desarrapados, mendigos y delincuentes. Gentes a las que sea fácil engañar, que no hagan preguntas ni cuestionen el por qué de las cosas. A las que nadie eche de menos si, finalmente, el experimento sale mal. 

-Te decía, Marcos, que don Alfonso me había anunciado tu visita. 

Estas palabras del jefe de seguridad le vuelven a la realidad. 

-¡Ah, sí! Agradezco mucho el interés del señor presidente.

-¿De qué se trata?

- De la vacuna contra el SIDA.

Marcos pasa a explicar a Carmelo las cuantiosas inversiones de la compañía en este proyecto y la inquietud de los accionistas pidiendo resultados. También como don Alfonso le llamó a su despacho hace unos días para darle un ultimátum. 

-Pensé, -dice Carmelo, -que ese tema ya estaba resuelto. Todos los trabajadores de Falaurént damos por hecho que el equipo de investigación, contigo al frente, había descubierto la dichosa vacuna.

- Creo que don Cayetano tiene la llave de este dilema, pero prefiere guardársela en el bolsillo. 

-A ver, Marcos, si entiendo este embrollo. ¿Me estás diciendo que don Cayetano ha descubierto la vacuna contra el SIDA y se niega a aportar a Falaurént el resultado de sus investigaciones? 

-Mira, Carmelo, no tengo pruebas que lo ratifiquen, sin embargo algo en mi interior me dice que así es. Él es la punta de lanza de nuestro laboratorio, la persona que sobresale sobre el resto de compañeros en este campo. Sin embargo, los éxitos tan prometedores del inicio de la investigación se han paralizado, de súbito, a partir de la callada por respuesta que la compañía dio a su propuesta.

-¿A qué propuesta te refieres? –Pregunta Carmelo.

-Hace tres meses don Cayetano solicitó una entrevista a don Alfonso y le propuso, nada menos, que intentase convencer a los accionistas de la compañía para que cedieran a la UNESCO todos los derechos de la vacuna contra el SIDA, de llegar a descubrirse. Para mí que en ese momento ya había dado con la fórmula correcta.

-De ser cierto lo que dices, Marcos, lo que no acabo de entender son los motivos que impulsaron a don Cayetano a hacer esa proposición tan descabellada, debería saber que Falaurént no es ninguna ONG, y que la razón del existir de una de las compañías farmacéuticas más importantes del mundo no es otro que el beneficio económico.

-Es cierto lo que me dices, pero a saber lo que bulle en el cerebro de este hombre. Su absurdo razonamiento se basa en que el SIDA es una enfermedad terminal que afecta a la humanidad por entero, con un nivel de incidencia mayor entre las clases más desfavorecidas, por tanto la distribución de la vacuna debe de ser gratuita, de ahí su propuesta de que los derechos se cedan a la UNESCO de una manera parecida a como el doctor Patarrollo hizo con sus descubrimientos en cuanto a la Malaria. 

-Vamos….un romántico. -Asevera el jefe de seguridad.

-Así es Cayetano, un puñetero romántico que nos está complicando la vida a todos.

-Vayamos al grano, Marcos, ¿qué quieres de mí? 

-Primero deja que te haga una pregunta:

-¿Estás interesado en conservar tu puesto de trabajo? 

-Sabes que sí, 

-¿Incluso si para ello tuvieras que cruzar la raya de la legalidad?

-¡Coño, Marcos! ¿Dónde quieres ir a parar? No me vengas con más gilipolleces y dime de qué va esta mierda, -dice el investigador jefe de Falaurent visiblemente molesto por el derrotero que la conversación toma.

-De acuerdo, Carmelo, pero antes de que te pronuncies en un sentido u otro quiero advertirte que don Alfonso está detrás de este asunto, a pesar de no haber pronunciado una sola palabra al respecto. En esta cuestión, por desgracia, los peones somos tú y yo. Si todo sale bien tenemos mucho que ganar. Aunque también te digo que de salir mal mucho que perder. Incluso podríamos ir a la cárcel.

-Me tienes en ascuas. Estoy a la espera que me digas de una puñetera vez de que se trata.

-Intentaré ser claro y conciso, don Alfonso nos da tres meses para conseguir la vacuna.

-Será para que la consigas tú, a mí no me metas en este lío. ¡Acaso yo soy investigador científico!

-No Carmelo, tú eres el jefe de seguridad. Eso es lo que te mete de lleno en el tema.

-Aclárame, Marcos, ¿qué hay que hacer?

-Lo primero allanar el domicilio de don Cayetano y arrebatarle el secreto. Será fácil, sólo tenemos que hacerlo cuando él se encuentre trabajando en Falaurent, es viudo y vive solo.

- ¿No tiene una hija?

-Así es, en Andalucía, tengo entendido que tiene una clínica para animales. 

-¿Cuál es la segunda opción? Por mala que sea me parece que la voy a preferir a la primera.

-La segunda opción pasa por ser capaces de conseguir en nuestros laboratorios una correcta formulación de la vacuna.

-Lo que te digo… prefiero esta alternativa.

Sabe que hay gato encerrado. Marcos prosigue con la exposición.

-Antes de ocupar el puesto de jefe de seguridad en Falaurént ejerciste de policía en Madrid. ¿No es cierto?

-Así es, mi categoría profesional es la de inspector jefe y en la época a la que te refieres estuve al mando de la sección de homicidios. 

-¿Por qué te pasaste a Falaurent, si no es indiscreción? 

-Por dinero, no hay otra razón. Si te digo la verdad en más de una ocasión he llegado a arrepentirme. Lo cierto es que en la policía a nivel profesional me sentía totalmente realizado.

-El dinero no lo es todo en la vida. –Añade Marcos.

-En mi caso sí, mi esposa gasta demasiado. Es una mujer hermosa, madre ejemplar, buena esposa, pero caprichosa. Zara, Mango, el Corte Inglés… son su segunda casa, por no decir la primera. Si quiero conservar mi matrimonio no me queda otro remedio que sacar pasta hasta debajo de las piedras. 

-Está bien, Carmelo, volviendo al asunto que nos trae entre manos, en ese puesto de trabajo que tuviste en la policía de seguro que habrás conocido a lo más bajo de la sociedad. 

-A lo más bajo y a lo más alto, Marcos. Aunque dime ¿Qué tiene que ver eso con tu investigación sobre el SIDA?

-Mucho. Para que mi trabajo tenga éxito, preciso contrastar los resultados directamente en personas, sin dilación de tiempo, te recuerdo que disponemos de tres meses. 

-A ver si lo entiendo -¿Me estas pidiendo que te consiga cobayas humanas? 

-Así es, Carmelo. Como tú mismo acabas de reconocer conoces bien el mundo del hampa, el de los bajos fondos, y tienes a tu disposición los medios para conseguirlo. 

-¡Me cago en todo lo que se menea, Marcos! ¿Te has vuelto loco, o qué? ¿Te das cuenta de lo que me propones?

-No hay otra solución, el tiempo apremia y yo no encuentro otra alternativa, a no ser que tú, en persona, quieras ir al despacho de don Alfonso y le convenzas de que aumente de tres meses a un año el plazo que me ha dado para descubrir la vacuna.

-No, Marcos, lo siento, conmigo no cuentes para esto. 

-Entiendo tus remordimientos, otro tanto me ha pasado a mí, pero no debes de dramatizar la cuestión, las ocho o diez personas que se elijan para las pruebas podemos buscarlas entre los miles de mendigos que deambulan sin ton ni son por las calles de Madrid, y entre estos escoger a los que la medicina ya tenga por desahuciados. Gentes que estén a las puertas de la muerte.

-A las que nosotros podemos adelantársela. -Añade Modesto.

-Eso únicamente en el caso de que salga mal el experimento, aunque confío en que no va a ser así. Sólo tenemos que saber encajar, como si de un puzle se tratara, los datos desordenados que don Cayetano nos ha dejado. Todo irá bien. Por otra parte, poniéndonos en el peor de los casos, ¿Qué de malo hay en adelantar la muerte a esos desgraciados? De seguro que si llegasen a saberlo se sentirían en deuda con nosotros por ahorrarles unos meses de sufrimiento. 

-Está bien, Marcos. -Afirma Modesto, -no me queda otra salida que ayudarte porque el no hacerlo significará la pérdida de mi puesto de trabajo y, eso, es un lujo que no me puedo permitir en estos momentos.

-¿A qué te refieres?

-Ya sabes, el mantener la casa, a una mujer caprichosa. Y para colmo aún me quedan diez años de hipoteca del chalet en el que vivo. Todo lo confié a este trabajo. ¡Maldita mi suerte!

-No te preocupes, Carmelo, que si hacemos las cosas bien nunca llegara a saberse y, por tanto, a nada deberemos temer.

- ¡Qué sabes tú, infeliz de la vida! Cuando yo ejercía de policía en la Brigada de Investigación Criminal pude observar reiteradamente como la mayoría de los delincuentes que caían en la red de la justicia era por sus excesos de confianza. De todos modos olvídate de experimentar en personas humanas, lo primero que vamos a hacer es intentar recuperar los documentos que obran en poder de don Cayetano y hacer una copia del disco duro de su ordenador, de esta manera quizás consigamos el objetivo de recuperar la vacuna contra el SIDA sin necesidad de recurrir a otros métodos más desagradables e inhumanos. 

-¿Dónde vive don Cayetano? -Pregunta Carmelo. 

-En Atocha. -Responde Marcos.