14. may., 2016

INSPECTOR CRESPO:

Capítulo cinco

 

 

Son las cinco de la madrugada cuando un ruido ensordecedor me despierta. La lluvia golpea con fuerza el tejadillo de chapa situado debajo de la ventana de la habitación en la que duermo, y que cubre parcialmente un pequeño patio de luces. Las gruesas gotas de agua golpean la superficie metálica y rebotan, produciendo un efecto sonoro parecido al que hace el golpe seco del martillo del hojalatero contra el yunque: Toc, tac. Toc,toc,tac. 

Como de costumbre, duermo girando el tronco del cuerpo sobre el costado derecho. Así lo he hecho desde que tengo uso de razón y soy consciente de que cualquier otra postura corporal que adopte será baldía. No obstante me revuelvo de manera mecánica hacia la izquierda y me cubro la cabeza con la almohada en un último intento por conciliar el sueño. Doña Juana, al adjudicarme la habitación, me dijo que era la más tranquila y silenciosa de todo el hostal. Y en parte es cierto, sólo que se trata de una verdad a medias. En esta estancia se descansa muy bien, menos cuando llueve. Siento que el insomnio y el desasosiego caminan a la par, así que opto por incorporar medio cuerpo y recostarme contra el espaldar de madera de la cabecera de la cama. El martilleo del agua contra la chapa continua, si acaso con redoblada insistencia. 

-¡Me cago en la puta! aquí no hay quién pegue ojo. –Susurro.

Perdón. Ya dije que en ocasiones soy mal hablado.

Esa coletilla con la que abro y remato algunas frases no es nada más que una fea costumbre adquirida en mis años de estudiante, a la que nunca he sido capaz de sustraerme. En aquella época también me dio por decir otra palabra chabacana puesta de moda en la boca de la mayoría de los adolescentes: “Macho”. A cada poco soltaba esa gilipollez. ¿Te vienes a la casa de campo, macho? Ayer, macho, estuve en el futbol. Macho, ¿me pones una caña, o qué? Sólo que ésta, al cabo de varios años de desgastarla, afortunadamente, logré dejarla aparcada en la cuneta del olvido.

Volviendo a lo de la lluvia, ahora el agua cae a jarros sobre Salobreña, si no fuera por el punzante dolor que siento en la pierna izquierda, ya me habría levantado. 

Los recuerdos del último año acuden a mi mente en tropel. No son agradables. Cada vez que esto pasa, la sangre de las venas se me hiela, y el estómago se me transforma en un nido de sierpes. No me queda otra que arropar mis dolores y, también, mis miedos entre las sábanas. 

¿Qué será de Fany? No era gran cosa lo nuestro, pero al menos era más que nada. 

Cierro los ojos y tiento al sueño. Me cubro la cabeza con un cobertor de lana para evitar que me deslumbre un resquicio de claridad que se cuela del exterior a través de la persiana de la ventana, y acompaso la respiración a los latidos del corazón. 

Espero. 

Todo en vano, Morfeo no se digna visitarme. Los que sí lo hacen, puntuales a la cita, son los fantasmas del pasado. Me desespera comprobar que no tienen por el momento intención de marcharse de mi vida. Medio adormilado voy hasta la cocina y pongo a calentar el café. Doña Juana siempre deja una cafetera preparada para los huéspedes que se van temprano a trabajar. 

Hace un momento estaba en la cama más fresco que una lechuga y ahora, de pie, no paro de abrir la boca. Esto es una paradoja, al igual que mi vida. 

No sé lo que quiero y todo me da igual. Actúo como un zombi. Estoy solo, me siento solo, y tengo la impresión de que hasta ni mi propia sombra me acompaña. Sé que tengo que coger por los cuernos al morlaco del resentimiento y tirarlo por la ventana, abrir las compuertas de mi alma y permitir que a caballo de la brisa fresca de la mañanaentren en mi existencia nuevamente la confianza, la amistad, el amor….. 

Soy consciente de ello. Aunque a eso se reduce todo.

Ahora tengo la oportunidad de ponerlo en práctica. Me encuentro en Salobreña, a más de cuatrocientos kilómetros de Madrid, donde el azar me ha llevado. De momento tengo a mi favor tres cosas: la calidez del sol, la alegría de las gentes del sur, y el azul turquesa del mediterráneo. 

Amanece. 

Me apetece pasear a la orilla del mar, y aspirar el aroma del salitre que la brisa del levante trae a lomos de las olas. El murmullo del agua me hará compañía. Es el mejor de los amigos. 

El café rompe a hervir. Acerco la nariz al extrarradio del vapor que sale por el pitorro y lo aspiro durante un minuto. Desde que leí en una revista pseudocientífica que eso era bueno para prevenir el cáncer siempre lo hago. Por si tuvieran razón los que escribieron ese artículo.

Miro el paquete de winstón que está posado encima de la mesa de la cocina y me resisto a encender el primer cigarro hasta después de dar el primer sorbo al café. Esos minutos de demora me suponen un gran esfuerzo de voluntad. 

En la policía se fuma y se bebe mucho. También en otras profesiones. Por eso hay en España tantos idiotas muertos. Soy consciente de que la combinación de tabaco y alcohol son un coctel explosivo que desemboca de manera irremediable en cáncer. 

Me pregunto ¿qué es lo que ha sido de ese aguerrido policía que sólo dos años atrás se ponía al mundo por montera? ¡Pobre Crespo! A partir del atentado te has transformado en un hombre totalmente distinto. La metralla de la bomba no sólo ha mutilado tu cuerpo sino también, al parecer, el alma. 

¿Cómo le irá a Fany con su estomatólogo? De seguro mejor que a mí que no tengo perro que me ladre. ¡Ah, como la extraño en este momento! 

No soy tonto, me doy cuenta de que me encuentro más solo que la una. Es una soledad buscada y no tengo derecho a quejarme. Lo sé. Pero a pesar de ser consciente de esto, me compadezco y no hago nada por evitar que los lagrimales de mis ojos se humedezcan. 

Apago el ordenador y salgo a la calle. Al abrir la puerta me veo reflejado de cuerpo entero en un gran espejo rectangular que está instalado en el hall de la entrada del hostal. Me desagrada la imagen que se plasma en el vidrio. Le doy un fuerte puntapié y lo hago trizas. Me quedo más tranquilo. Lo que menos me importa en este momento es lo que pueda costar. Diré que fue un accidente. 

Son las seis de la madrugada y está comenzando a amanecer. A esta hora Salobreña parece un pueblo fantasma, la lluvia ha cesado y en el cielo comienzan a aparecer grandes claros entre las nubes. Las farolas encendidas iluminan el paseo de la playa y el mar se encuentra en calma. No hace viento. Tampoco frío, a pesar de la lluvia reciente. Abro el paquete de winstón y enciendo el segundo cigarro. No me doy prisa en caminar, tengo todo el día para hacerlo. Si algo me sobra ahora es tiempo.

 

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