14. may., 2016

INSPECTOR CRESPO:

Capítulo Seis

 

 

Adriano Falcano y Alessio Camilleri arriban al puerto de Algeciras en un barco mercante de bandera chipriota, de nombre Icarus. Los dos son naturales de Palermo y se conocen desde la más tierna infancia. Puede decirse que son como hermanos. 

El Icarus hace en Algeciras una parada de dos días para estibar parte de los contenedores que transporta. Estas labores de trasiego son realizadas por operarios del propio puerto, lo que da a los marineros del buque la oportunidad de un permiso en tierra de cuarenta y ocho horas. Las temperaturas son elevadas, las mínimas no bajan de los veinticinco grados, y las máximas rondan los cuarenta. Al medio día las calles de Algeciras se encuentran desiertas. Es a la hora del crepúsculo cuando el plomizo siroco retrocede un poco y permite que la ciudad recobre el pulso.

Adriano y Alessio se visten para la ocasión con ropa informal. Adriano con pantalón crema y camisa blanca de manga larga, arremangada hasta la mitad del antebrazo. Alessio de oscuro: pantalón y suéter negros.

Antes de sumergirse en el reservado de un club de alterne y aspirar los olores pastosos de colonias baratas de las chicas, deciden sentarse en la terraza de un bar del mismo puerto para meterse entre pecho y espalda medio lechazo de cordero y una botella de vino tinto de rioja. Eligen uno de nombre Las Brasas, de cuyo interior sale un aroma a carne churrascada que enloquece sus sentidos del gusto. A las puertas se encuentra sentado, en una vieja barrica de vino vacía, un hombre moreno de unos cincuenta años de edad, al que preguntan cuál es el mejor local de alterne de la ciudad. Tiene la cara costrada por el sol y el viento seco del Sahara. Sus manos transportan en el dorso una cordillera de montañas nudosas, que dan la bienvenida a los dos italianos con un fuerte apretón de saludo. Al tipo le falta tiempo para ofrecerse a acompañarles. En apariencia de manera desinteresada. 

-¿A qué te dedicas, amigo? –Pregunta Adriano.

-Soy marinero. Cuando hay faena en el mar, en el mar trabajo. Y cuando no me busco la vida en tierra, como puedo.

Le parece uno de los suyos, un hombre de fiar. 

-¿Cómo te llamas? 

-Rafael Cortés. 

-Coge un vaso, Rafael, y siéntate con nosotros a tomar un vino.

-Un vino, dos, o los que sean menester.

Los tres hombres ríen. 

-¿Eres moro? -le pregunta con descaro Alessio.

-No, gitano, -responde el aceitunado con orgullo. 

A una copa sigue otra, y a la primera botella de rioja dos más. Comen y beben con fruición charlando de cosas del mar, de mujeres, y escuchando los chistes que Cortés a cada poco intercala en la conversación. El tiempo les pasa sin enterarse y son las once de la nochecuando cogen un taxi para dirigirse al puticlub. 

El Faisán de Oro está a cuatro kilómetros de Algeciras, en la carretera que conduce al pueblo del Rodeo. Es un bar de carretera venido a menos y reconvertido en casa de putas baratas. Los italianos se dan cuenta enseguida del lugar de poca clase al que Cortés les ha llevado. No protestan, es tanto el tiempo que llevan sin ver a una mujer que ese tugurio de mala muerte les parece el mejor de los paraísos terrenales. 

Al entrar se dirigen a la barra y piden dos vasos de wiski. Acto seguido echan las órbitas de sus ojos a pasear por todos los lados y ángulos del establecimiento en busca de carne fresca. Tienen hambre de sexo. Se les acercan dos chicas. Los hombres no les discuten el precio por el servicio, ni ellas el tiempo que tienen que aguantarles es demasiado, los volcanes que ambos llevan en el interior de sus cuerpos explosionan y derraman su lava a los pocos minutos de haberles prendido la mecha. Todos quedan satisfechos con el negocio. 

Piden un segundo wiski. Un tercero. Un cuarto. Al quinto Adriano propone cambiar de local. 

-Cortés, este Faisán de Oro al que nos has traído es una mierda. ¡Vaya timo que nos has metido, cabrón!

El gitano calla. Entre otras cosas porque sabe que el italiano tiene razón en lo que dice.

-Si estuviéramos en Madrid otro gallo nos cantaría, allí están los mejores puticlubs de toda España. Y el mejor es precisamente de un compatriota vuestro.

-¿De un italiano? –Interviene Alessio.

-Así es, de un tal Ángelo. Aunque el local quien realmente lo dirige es su mujer, Elvira, una gaditana de armas tomar guapa como ella sola. 

-y… ¿Cómo los conociste? –Pregunta Adriano Falcano.

-Aquí en Algeciras, hará unos seis años regentaban el bar dónde vosotros habéis cenado esta noche. Después se trasladaron a Madrid y, según tengo entendido, por comentarios de paisanos que han estado allí, parece ser que tienen el mejor local de alterne de la ciudad. 

-¿A qué esperamos para ir hasta allá? –Pregunta Alessio Camilleri.

-¡Hombre, Madrid está a más de cuatrocientos kilómetros de distancia! Lo menos que tardaríamos en llegar en coche son cinco horas. Sin contar la pasta que nos cueste el taxi. Pero por mí que no quede. –Apostilla Cortés. 

El alcohol habla por boca de los tres.

-Vámonos. -Sugiere Adriano. 

En cuestión de segundos aceptan una propuesta que va a cambiar por completo el curso de sus vidas.

 

-Buonanotte. 

-¿Italianos? –Les pregunta la camarera. 

-Sí, de Sicilia. -responde Adriano.

Es la primera vez que escuchan hablar a Elvira.

-Un momento, per favore. 

La mujer sonríe y se pierde por el fondo del pasillo que da acceso a varias recamaras, al poco regresa en compañía de un hombre que se dirige a ellos con los brazos abiertos.

-¡Caris compatriotis! Ángelo Falconi a vostra disposizione.

Los dos marineros corresponden con idéntica efusividad al saludo. Adriano toma la palabra.

-Buenanotte, amico. Sempre un piacere trovare un connazionale lontano da casa.

La fortuna no es ajena a la extraña relación, mezcla de amistad e intereses económicos, que a partir de este momento comienza a darse entre los tres italianos y el gitano Rafael Cortés.

Les gusta Madrid y el Danubio Azul. No se les ocurre un lugar mejor donde estar.

El capitán del barco ojea con el catalejo el muelle de Algeciras con la esperanza de que en el último minuto aparezcan corriendo por alguno de sus accesos los dos hombres que le faltan. Finalmente abre los brazos en señal de desesperación y manda zarpar. El Icarus, tras una espera de seis horas, no tiene más remedio que partir sin dos de sus mejores marineros.

Mientras tanto, en Madrid, Adriano y Alessio apuran la noche hasta la saciedad. El primero habla hasta por los codos, gesticula, mira a su entorno y llama con la mano a una chica rubia platino que tiene apoyado los codos, de manera indolente, encima de la barra. Parece cansada. La muchacha, indecisa, duda si hacerle caso, por propia experiencia sabe que al final de la noche la mayoría de los clientes están bebidos y se ponen pesados. Lo que ocurre es que el hombre que la llama está confraternizando con don Ángelo, su patrón, y decide no arriesgarse a ser despedida. Se compone el vestido apretado de raso que abraza sus muslos y finge una sonrisa. El hombre la recibe con afabilidad. 

-Hola, princesa, ¿cómo te llamas?

-Patricia.

-Permíteme que me presente: Soy Adriano Falcano, tu futuro marido. –Le da un beso en la mejilla. 

Patricia esculpe en sus labios una risa nerviosa.

-No bebas más que ya estas comenzando a perder la razón. –Le dice. 

-El Icarus ya habrá marchado de Algeciras. -Apunta Alessio.

-Anda y que le den, ¿dónde vais a estar vosotros mejor que aquí en la capital de España? –Apostilla Cortes.

-Brindemos por nuestros compañeros de fatiga del Icarus. Que la mar les sea favorable -Propone Adriano en un tono serio, no exento de emoción.

-Por ellos, que les vaya bien. - Entrechocan los vasos de wiski y beben su contenido de un solo trago. 

Los dos marineros italianos se miran y les da pesar el saber que el barco, en el que han vivido durante los últimos cinco años y que para ellos ha sido su hogar, en estos momentos navega rumbo a Vigo alejándose de sus vidas. Se sienten culpables de lo ocurrido, pero es una culpa compartida. Piensan que el alcohol y las caricias de las chicas del Danubio Azul no han sido ajenos a lo ocurrido. 

 

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