18. jul., 2016

Inspector Crespo, capitulo siete:

 

Carmelo se retuerce la mente en busca de un plan, al tiempo que maldice su suerte. Lo que más le preocupa es el cómo identificar los documentos relacionados con la vacuna del SIDA. Busca en un mapa el domicilio de don Cayetano, el cincuenta de la avenida de Entrevías, y lo rodea con un circulo de color rojo. Acto seguido abre una libreta de tapas negras en la que tiene anotados números de teléfono y marca el de un tal Ángelo. 

-¡Haló! -Responden al otro lado de la línea.

Por un momento queda pensativo y cuelga el auricular. 

-Este no es un asunto a tratar por teléfono, -Masculla en voz baja. 

La amistad entre ambos se remonta siete años atrás. Ángelo, ya por aquel entonces regentaba el Danubio Azul, el mejor pub de la zona Centro. Carmelo estaba al frente de la brigada de policía judicial de Madrid. La simbiosis era perfecta, Carmelo se encargaba de parar, a Ángelo, las propuestas de sanción de los compañeros de Seguridad Ciudadana, y Ángelo le devolvía el favor a base de confidencias, mujeres, y copas gratis. 

Carmelo juzga que Ángelo es la persona ideal para la oscura misión que tiene entre manos por varias razones: sus coqueteos con el mundo del hampa le dan acceso a la información precisa sobre las personas idóneas para ejecutar el allanamiento de la morada de don Cayetano. Por otra parte, de salir mal el asunto, se dejaría desollar vivo antes que delatarle. Sin pensarlo dos veces se pone la americana y se encamina a su encuentro. 

Al penetrar en el interior del local le da la impresión de que el Danubio azul ha quedado anclado en el tiempo. Todo continúa en su lugar; el mostrador de acero inoxidable, en el que rebota un haz de luces de las cinco lámparas metálicas que cuelgan del techo. La cálida barra cilíndrica de madera de caoba. Los taburetes forrados con cuero negro. El serpenteado de pequeños habitáculos abiertos al costado y amueblados con sillones rojos… Sólo disiente el letrero luminoso de la puerta de entrada, al que una luz a punto de fundirse lo hace tintinear de corrido. 

Detrás de la barra se encuentra sirviendo una copa a un cliente la esposa de Ángelo, Elvira, la mujer más bella del local. Ella le reconoce al instante. 

-Mío caro amici, quanto tempo. –Le saluda en italiano, el idioma materno de su esposo.

-¡Quanto tempo! Elvira ¡quanto tempo! -Responde Carmelo, a la vez que la besa en las mejillas.

-Después de varios años de ausencia, por fin das señales de vida. ¡Desde luego no será porque aquí se te haya tratado mal!

No puede creerlo, la mujer que tiene enfrente parece disponer del elixir de la eterna juventud. No ha cambiado nada en siete años. 

-Estás hablando con un hombre casado. -Le dice a modo de excusa, abriendo los brazos. 

-¡Vaya disculpa! Mira a tu alrededor y te darás cuenta de que este local está lleno de casados. 

-Ya, pero mi mujer es más celosa que la de ellos. –Responde con un punto de cinismo. 

-Está bien, eso te lo puedo pasar por alto, pero lo que nunca te voy a perdonar es que no te fijaras en mí para ser tu esposa. 

-¿En ti, Elvira? ¡Pero si tú ya estabas casada con Ángelo! No seas cruel trayendo a mi memoria recuerdos dolorosos. ¿En cuántas ocasiones te declaré mi amor y cuantas veces lo rechazaste poniendo de pantalla tu matrimonio? No hay números para contarlas. 

La mujer ríe complacida.

Carmelo, desde el primer día que puso un pie en el Danubio Azul, posó sus ojos en Elvira. No se conformó como la mayoría de los clientes que visitaban el local, en pedir una copa y marchar al reservado con la primera chica que le ofreciera conversación. Por el contrario, su corazón optó por el romanticismo de un imposible. Sólo tuvo palabras de amor para ella. 

-Eres el mismo de siempre ¡te tomas todo tan a pecho! ¿Nunca te vas a dar cuenta de cuando te hablan en serio y cuando en broma? Bueno… lo importante es que hoy estas aquí con nosotros, soltero y disponible, así que te apunto en mi agenda, -insiste la mujer en la chance. 

-¡Tú y tus bromas, Elvira! -Responde Carmelo. 

-Yo, de estar en tu caso, no estaría tan segura de que sea una broma lo que te acabo de decir, -Coquetea. 

Por un instante le viene a la mente la idea de que ella y su esposo están desavenidos. Por un momento sueña con la posibilidad de ser correspondido en un amor hasta este momento de dirección única. Y por un segundo se ve arrodillado en medio de una exuberante floresta pidiéndola en matrimonio. Al fin sacude la cabeza de izquierda a derecha y se desembaraza de esos absurdos pensamientos. Su voz le saca de la abstracción.

-¿Te pongo una copa? Porque has venido a eso ¿no?

Carmelo no contesta a la pregunta, se limita a fijar la mirada, serio, en su bello rostro e interesarse por su marido.

-¿Dónde está Ángelo?

A Elvira esa actitud de amante despechado le provoca una risa abierta y desenfadada, difícil de contener. Carmelo no ha cambiado nada, continúa siendo el mismo niño mal criado que se pone triste cuando se le niega un capricho. Sin embargo, después de siete años parece que su voluntad continúa incólume al desanimo. Se pregunta si lo que este hombre siente por ella no es, en verdad, amor. Advierte que el ritmo de su corazón se acelera. 

-Mi marido se encuentra trabajando en su despacho, si quieres lo llamo para que venga a saludarte.

-Ponme un Way Laber, -Es su respuesta. 

Ella pasa detrás de la barra y le sirve.

-¿Tienes familia?

-Sí, un hijo. Tiene tres años.

-Seguro que ha salido al padre.

-Eso dicen.

-Me gustaría verlo algún día, ya sabes que adoro a los niños. Por desgracia yo no he podido tener hijos en mi matrimonio y, eso, es algo que siempre he llevado mal. -¿El wiski lo quieres solo o con agua?

-Solo, con un cubito de hielo, por favor.

Elvira hace mención a la palabra matrimonio para justificar la ausencia de descendencia, cosa que no pasa desapercibida a Carmelo. En ningún momento dice que sea estéril. Al emplear esa palabra genérica que engloba a los dos, sospecha que el causante del problema es el esposo. Por eso, se atreve a insinuarle. 

-Tú, Elvira, no eres madre porque no quieres.

Ahora la que se pone seria y está a punto de romper a llorar es ella. Elvira coge el auricular del teléfono y marca el número correspondiente al despacho de su marido.

-¿Sí?

-Está aquí Carmelo.

-¿Carmelo? ¿El inspector jefe de policía?

-Sí, nuestro amigo Carmelo, ¿quién si no?

-Voy enseguida. -Es su respuesta.

Los dos hombres al verse se saludan con efusividad, está claro que se aprecian de veras, las muchas horas pasadas juntos años atrás han forjado entre ellos una buena amistad .

-¡Qué sorpresa, Carmelo, cuánto tiempo sin verte! Ya te dábamos por perdido.

-Es cierto, y os pido disculpas a Elvira y a ti por mi dejadez, acabo de decirle a tu mujer que….

Ángelo le hace con la mano derecha un ademán de stop, indicándole de manera gráfica que no hace falta que se justifique con él, sabe que Carmelo no se encuentra en su establecimiento por casualidad.

-Y bien, ¿qué te trae por el Danubio Azúl?

-Nada de particular, pasaba por aquí y me dije….

-¡Vamos, Carmelo, que nos conocemos desde hace muchos años! Tú tienes muchas virtudes, pero no la de saber disimular.

El jefe de seguridad de Falaurént se revuelve inquieto en el taburete en el que está sentado. A pesar de la amistad que le une con Ángelo es reacio a explicar el motivo de su visita. Al final se decide, si bien es plenamente consciente de que por primera vez en su vida se encuentra en el lado opuesto de la línea de la justicia.

Coge el vaso de wiski y revuelve de manera mecánica el cubito de hielo. El contacto del agua solidificada con las paredes de cristal produce un tintineo nervioso, que refleja fielmente su estado de ánimo. Traga, de golpe, todo su contenido. 

-Preciso tu ayuda-. Dice

Ángelo cree que Carmelo le va a recabar alguna información confidencial. El Danubio Azul siempre ha sido lugar de confluencia de los más variopintos personajes: ricos hacendados, licenciados, empresarios… Y, también, aventureros, golfos, vagos, y delincuentes. Él sabe bien lo que un hombre al lado de una chica guapa, y con unas copas de más, es capaz de decir. 

- ¿De quién se trata? –Pregunta.

-Es un asunto particular. 

-¿Particular? –Se interesa, extrañado.

Carmelo asiente con varios mudos movimientos de cabeza.

-Vamos a mi despacho, allí hablaremos con más tranquilidad.

Ángelo escucha el relato del Jefe de seguridad de Falaurént con suma atención, sin atreverse a interrumpirle. Finalmente, cuando acaba de hablar, sólo añade.

-Amigo Carmelo, me tienes a tu entera disposición. ¿Cómo y cuando quieres que lo hagamos?

-Lo antes posible, Ángelo, el tiempo es algo que corre en mi contra. En cuanto al cómo hacerlo he pensado que se deberían de registrar a la vez el domicilio de don Cayetano en Madrid, y el de su hija en Salobreña. Desconozco en cuál de ellos está la información que nos interesa. 

-Eso nos puede complicar la historia. Si te he entendido bien el piso del investigador se encuentra en Madrid, y la casa de la hija en un pueblo de Andalucía.

-Sí, en Salobreña.

-Pues ya me dirás, si lo hacemos de esa manera nos obligara a meter en la operación a más gente de la prevista. 

-Así es, Ángelo, pero ten en cuenta un detalle, si hacemos el allanamiento sólo en una vivienda y no encontramos nada, lo más seguro es que al viejo le dé por sospechar algo y ponga a buen recaudo lo que pueda haber en la otra de interés. 

-Tienes razón, se nota que tú eres el policía. Por lo demás no te preocupes conozco a gente de confianza que nos harán el trabajo sin hacer preguntas. Aunque… dime una cosa ¿Qué es lo que tenemos que buscar?

-Tú limítate con tus hombres a facilitar la entrada en los domicilios señalados a las personas que yo te diga y darles cobertura para que todo salga bien, ellos serán los que rastreen los ordenadores y seleccionen los documentos a incautar.

-Fácil. -Afirma Ángelo, a la vez que extiende su mano derecha a Carmelo y alza su humanidad a uno noventa del suelo. 

Acuerdan que al domicilio de don Cayetano, en Madrid, irá en persona el propio Ángelo junto a su compatriota Alessio Camilleri. A la casa de la hija en Salobreña lo hará su hombre de confianza, Adriano Falcano, acompañado del gitano Pedro Cortés. Por parte de los investigadores a una de las expediciones se unirá Marcos, el biólogo jefe de Falaurent. A la otra lo hará María, su compañera de trabajo y amante. 

Elvira va y viene por detrás de la barra sirviendo bebidas y dando instrucciones a las mancebas, para que no desaprovechen el tiempo con los clientes en charlas interminables que no conducen a ninguna parte. A cada poco su mirada se escapa en dirección al pasillo donde está la puerta del despacho de su marido y se pregunta de qué estarán hablando los dos hombres que allí se encuentran. Los dos amores de su vida. Uno de ellos no lo sabe. Y ese es un secreto que debe continuar oculto en el interior de su corazón.