23. ago., 2016

Aventuras y miserias del Inspector Crespo, un Policía de la vieja escuela...

Capítulo ocho

 

 

Me pregunto quiénes son estos dos tipos que circulan tan de mañana por el paseo de la playa en un flamante vehículo Mercedes Benz, modelo coupé. La pinta es buena, visten trajes de marca, y los cabellos enlucidos con gomina. No obstante algo me dice que no son trigo limpio, tienen pinta de chulos de puta. Uno de ellos parece gitano. 

-Per favore, puoi dirci come andaré al Delfín Blanco.

-Lo siento, no entiendo el inglés. 

Tomar el pelo a este par de buitres no es lo que puede decirse una opción inteligente, máxime cuando me toco el costado izquierdo y me doy cuenta de que voy desarmado. 

¡Jodido Crespo! Siempre serás el mismo puto olvidadizo de siempre. De seguro que un barrendero cuando va a realizar su trabajo no se olvida de llevar la escoba. ¿Acaso te imaginas a un taxista que sale a ganarse el jornal del día dejando el coche aparcado en el garaje? ¿Por qué entonces tú andas paseando de madrugada por una playa desierta, mientras tu pistola bosteza en el cajón de la mesita de noche

¡Puta voz de la conciencia esta vez te has pasado de listilla!

¡Ah, sí!

¡Sí! 

¡Acaso no te has dado cuenta todavía! ¿Eres ciega?

No me grites, cojo. ¿De qué tengo que darme cuenta? 

¡Jodida ramera! Sabes perfectamente que no hace mucho sufrí un atentado terrorista en el que quedé inválido. Por eso ahora no llevo encima mi pistola. ¡INVÁLIDO! ¿Te enteras? Ya no estoy de servicio las veinticuatro horas del día. 

-No, amico, parliamo en italiano. 

Es la voz del spagueti la que me saca de la empanada mental que traigo conmigo mismo. Me detengo un instante, el tiempo justo de responder.

-Tampoco comprendo el francés. Au revoir. 

Sé que mi respuesta no les agrada porque sus cuerpos quedan rígidos como estatuas y en sus ojos se expresa la misma mirada de incredulidad del que se encuentra por azar un billete de quinientos euros a la vuelta de la esquina. Aprovecho estos preciosos segundos de desconcierto para largarme con viento fresco. ¡Ufff… de la que me he librado! De haber tenido una trifulca con este par de mastodontes me pregunto qué defensa habría podido ejercer. Poca…. Por no decir ninguna

 

Me viene a la mente el jodido Saavedra. Coincidimos en Barcelona. En aquel tiempo, quiero recordar, él andaba veinticinco años de edad. Yo estaba a punto de cumplir los veintidós. Aterrizamos en la comisaría del Arrabal a la vez. Inspectores de tercera clase del Cuerpo General de Policía, recién salidos del horno, nos comíamos el mundo. Lo pasamos juntos de puta madre. Para no cansar el cuento voy simplemente a referir lo que nos ocurrió una noche de juerga, en las que Saavedra y yo derrapamos a toda leche por la ciudad. Nos topamos en un puticlub con un atracador de los de la nueva escuela. Niñato de mierda, puesto hasta el culo de drogas, que por cuatro pesetas no dudaría en vaciar el cargador completo de su arma en el cuerpo del primer desgraciado con el que topase. 

Hablando de armas. Yo no llevaba la mía. Pero es que el idiota de mi compañero tampoco. Los dos nos acordamos a la vez del comisario Viqueira. El implacable, el rígido, el fanático, el insobornable profesor de Investigación Criminal que siempre portaba adosadas a su cuerpo dos o tres pistolas, amén de los grilletes, porra…Y qué sé yo cuantos artilugios más. . Daba risa verlo dar la clase. Cuando se volteaba hacia la pizarra escuchábamos entrechocar entre sí a toda esa variedad de instrumentos metálicos diversos que para nuestros oídos eran música celestial. Y nuestros ojos, más que atentos a los detalles de la explicación criminalística, lo estaban a los bultos que sobresalían del costado de su chaqueta y de la trasera del pantalón donde sospechábamos que llevaba los trabucos. De todas maneras el tipo era un buen profesor y un mejor profesional, y tengo que decir que su fama se había desparramado como un vaso de agua en los círculos policiales y judiciales de toda España. Ni que decir tiene en el mundo del crimen, donde los cacos cuando se enteraban de que la investigación de su asunto, por lo general los casos importantes, la llevaba el Viqueira, se daban de antemano por jodidos. 

Saavedra y yo seguimos el protocolo. 

Bueno al principio dudamos si esfumarnos del antro y simular que no habíamos visto nada. Es de lógica que pensáramos así, nos encontrábamos desarmados y el atracador seguramente llevaría un naranjero de buen tamaño adosado a la cintura. Sin embargo, lo que finalmente hicimos fue llamar a la comisaría y pedir refuerzos, a pesar de que sabíamos que nos iban a resultar inútiles. El tipo, en ese momento, ya estaba pagando lo que había consumido. 

Nos la tendríamos que jugar a cara o cruz. La vida, claro. 

El Manitas, que así le llamaban, salió a la calle y se dirigió más derecho que una vela hacia un Seat mil cuatrocientos treinta, de color azul, que estaba aparcado en la misma explanada de aparcamiento del putiferio. Para nuestra desgracia el muy cabrón esa noche había bebido poco. Si al menos hubiera salido borracho como una cuba todo habría resultado más fácil. No había tiempo para pensar. Una de dos, o nos largábamos con viento fresco silbando Si Adelita se fuera con otro…Yo la perseguiría por tierra y por mar…. O le echábamos huevos al asunto. 

Hicimos lo segundo. 

Me adosé como una lapa a la cintura del azafranado, el Manitas tenía el pelo de color rubio cobrizo. Y nada más hacerlo mi brazo izquierdo hizo contacto con el pistolón que el muy hijo de puta llevaba metido entre el pantalón y su barriga, sin funda, ni seguro, ni Dios que lo fundó. Lista para disparar. 

-¿Dónde coño estás Saavedra, no te estoy diciendo que el tipejo este se encuentra armado hasta los dientes y nos va a fundir el plomo? Échame una mano, coño. 

-Aquiiii… 

¡Hostias, el Saavedra estaba volando! Se había aferrado al brazo derecho del Manitas y éste lo zarandeaba a su gusto en todas las direcciones, igual que el viento hacía con la bandera de España, de trapo, que colgaba de un mástil a la entrada de la Comisaría. La verdad es que en aquel tiempo el pobre estaba más seco que el galgo de don Quijote de la Mancha. 

-Oye, tío, quítale a este cabrón la pistola que lleva en la cintura antes de que logre cogerla y nos mande a criar malvas. ¿No ves que yo no puedo soltarme?

-Ya voy, ya voy… Uff, Uff, resoplaba. 

¡Qué leche, Saavedra continuaba volando! 

El ruido de la sirena de un patrullero, que escuchamos en la distancia, sonó a música celestial en nuestros oídos, en tanto que en el ánimo de nuestro contrincante tuvo el efecto de dardo paralizante, cosa que aprovechamos mi compañero y yo para derribarlo al suelo y arrebatarle el arma. 

-Ahí lo tenéis, chicos, llevadlo para la Comisaría, ahora llegamos nosotros.

-A sus órdenes, inspector Crespo.

-Cuidado con este hijo de puta que es peligroso. -Saco pecho. 

-¿Qué hacemos, nos vamos para la Comisaría? -Me preguntó Saavedra.

Primero vamos a tomarnos un trago, tengo la garganta seca. –Le respondí. Y entramos de nuevo en el puti. 

-Oye de que no llevamos nuestras armas esta noche ni una palabra a nadie, que si no todavía nos funden vivos los de asuntos internos.

-Eres gilipollas o qué. 

Bebimos, nos reímos hasta de nuestra propia sombra, y apuramos la noche hasta la última gota. 

-¿Te fijaste en el cacho de manazas que tenía el tío? Cuando me volteaba de un lado a otro, a su antojo, las vi bien de cerca.

-Cacho burro ¿Por qué te crees que le han puesto el mote de manitas?

¡Ah, ese infeliz de Saavedra! ¿Qué habrá sido de él?

 

A pata coja, casi sin darme cuenta, llego al final del paseo marinero. Lo cierto es que me resulta agradable, hasta el dolor que tenía en la pierna izquierda ha desaparecido. Me paro un momento y aprovecho para anotar en un blog de notas los números correspondientes a la matrícula de coche de los sospechosos, que tengo en la mente. De improviso un bulto peludo y negro que se encuentra cobijado bajo el porche de la caseta de socorrismo de la Cruz Roja se remueve a mi derecha, sobresaltándome. Al escucharme llegar se levanta de golpe, sorprendido. Al parecer, él, también se asusta. Tenemos una cosa en común, ambos cojeamos. 

-¿Que pasa socio? Por lo que veo a ti también te va mal. -Le digo, sin otra intención que continuar con mi camino. 

Un quejido agudo en el tono y corto en el tiempo es toda su respuesta. Da la impresión de que el animal no quiere molestar más de la cuenta. Adelanto la mano derecha hacia él y chasqueo los dedos. 

- Ven, toma chucho.

El perro no me hace ni puñetero caso. 

-Ahí te quedas desgraciado, que te vaya bien. -Continúo mi camino.

A mi frente, a la izquierda del paseo, veo encendidos los dos focos de luz blanca de un chiringuito. Presumo que está abierto y me encamino hacia ese lugar. Me froto las manos, me viene que ni pintado para tomar un café y fumarme el tercer cigarrillo del día.

¡El puto tabaco, me está matando! 

-¿Es suyo, señor? -Me pregunta el camarero, un chico joven de raza moruna.

Miro hacia atrás y veo al perro que encontré en la playa unos minutos antes. El bribón, cuando lo llamé entonces me ignoró por completo. Sin embargo, ahora, cuando no le hago caso viene detrás de mí. ¿A qué estará jugando? 

-Sí, es mío. ¿Qué pasa? ¿Tenéis también en mitad del paseo reservado el derecho de admisión?

-No se enfade señor, es que a mi jefe no le gustan los animales, dice que sueltan muchos pelos y lo ensucian todo. No le importa que sean de un cliente, mientras sus dueños consuman, lo malo es que se trate de un perro vagabundo. Si viene y lo ve aquí se enfadaría mucho y sería capaz de darle una patada en el culo al chucho y otra a mí.

-Tu jefe es un gilipollas, y a quién hay que dar una patada en el culo es a él. –Le digo. 

El morito ríe complacido mi ocurrencia. Definitivamente le resulto simpático. Cualquiera que trate de gilipollas al negrero de su jefe, sin duda, le caería bien. 

-¿Qué le pongo, señor?

-Para mí un café solo, y para el perro una docena de churros.

-¿Churros para el perro? –Me pregunta, incrédulo.

-Y que estén doraditos, le gustan más así. 

Saco un cigarro y lo enciendo sin esperar al café, la desazón que mi organismo siente por las mañanas hasta completar una dosis razonable en vena de nicotina es monumental. 

-¿Cómo se llama?

-¿Y a ti qué coño te importa cómo me llamo? 

-No, señor, me refiero al perro.

-Ah, sí, al perro. Te refieres al perro. Bueno, el perro se llama… -Oye no me pongas el café demasiado caliente, que si no con el primer sorbo me escaldo la lengua. -desvío la conversación para darme tiempo a buscar un nombre creíble.

-¿Te parece que lloverá hoy?

-No, señor. Fíjese en los claros que vienen de poniente. Yo creo que acabará abriendo el día.

-Y, ¿cómo dice que se llama?

Comienzo a toser. Miro al jodido energúmeno con ojos sanguinarios y me pregunto el por qué ha tenido que hacerme la misma pregunta justo cuando le estoy dando el primer sorbo al café. Al final hace que casi me atragante. ¡Qué pesado el tío! 

-Tío. 

Suelto la última palabra que he tenido en mente un segundo antes. 

-Mi nombre es Mohamed, señor.

-Te estoy diciendo que el perro se llama “Tío”

-Pero, señor, ese no es un nombre para un perro. Ese es un nombre para un colega.

-Y a ti ¿Qué más te da? ¿Acaso el perro es tuyo?

-No, señor, a mí me da igual como se llame el animal.

-Pues entonces, a callar, Mohamed.

-Toma un pito.

-No fumo, señor, Gracias.

-El mío Pablo.

-¿Cómo dice, señor?

-Mi nombre es Pablo y estoy cansado de que me llames a todas horas señor, así que ya lo sabes, a partir de ahora me llamas por mi nombre. O,

Si lo prefieres, por mi apellido; Crespo.De lo contrario atente a las consecuencias.

-¿Qué consecuencias?

-Puede que te meta uno de estos churros por donde te estas imaginando.

El moro ríe.

-Tiene usted buen sentido del humor, no como otras personas que vienen por aquí ¡Que si yo le contara!

-No, por favor, no me cuentes tus penas, que yo prometo no referirte las mías. 

-Trato hecho. -Me dice Mohamed. 

A este bereber del desierto todo lo que digo le hace gracia. Cojo el plato con los churros y aparto uno, el resto se los hecho al perro, comprobando como los devora en unos segundos. ¡Pobre animal, está muerto de hambre!

Pago lo consumido e inicio el regreso hasta el Cielito Lindo, Tío sigue mis pasos a cuatro o cinco metros de distancia. 

-Buena me la he buscado con darle los churros, ¿Qué hago ahora? –Me pregunto. 

Cojo un trozo de caña que encuentro tirada en el suelo y hago el amago de pegarle. Mi acción no le resulta del todo convincente ya que recula para atrás tres metros y después vuelve a seguirme. Ese toma y daca de amago de hostigamiento y falsa huida parece no tener fin. Finalmente mi inteligencia superior de humanoide me lleva a la conclusión de que lo mejor es ignorarle. ¡El puñetero perro gana la batalla! 

El Mercedes, de color negro, que ya comienza a resultarme familiar, lo veo aparcado en el mismo lugar que estaba cuando sus ocupantes me preguntaron una hora antes por la Cafetería del Delfín Blanco. Los dos dandis con pinta de gánsteres se bajan del vehículo de manera parsimoniosa, sin recelo a que el hombre cojo que pasa por delante de ellos se les vaya a escapar.

-Eh, amigo, ese animal precisa de un veterinario. –Dice el más grueso, en un castellano marrullero. 

-No es mío. -Le respondo de manera escueta y seca.

-Pues ¿por qué te sigue entonces?

-Pregúntaselo a él.

El espagueti queda serio, me escruta de arriba abajo intentando adivinar que arma secreta oculto. No le cuadra la altivez y la ausencia de miedo en un hombre cojo y solitario. Sin embargo la respuesta le resulta ingeniosa y comienza a reír. 

-Guau….Guau, -se dirige al perro.

Tío le devuelve un gruñido amenazador que le hace desistir de continuar la chance.

-Eh, zoppo, il vostro cane, como voi, non parla la mía lingua. 

Continuo la marcha sin otros contratiempos, aunque por la juerga que se traen a mis espaldas deduzco que se deben de estar burlando de mí y del pobre perro por la manera en la que ambos caminamos en fila india, cojeando al unísono. 

Hijos de puta, mal dolor de barriga os de. –Les deseo. 

Los dos hombres usan el mismo tipo de colonia, aún llevo suspendido en la base de mis mucosas nasales ese olor empalagoso mezcla de hierba buena, tomillo y jazmín. También parecen haberse puesto de acuerdo en las vestimentas que llevan puestas: trajes y camisas negras. Si no es por el color de sus corbatas, una amarilla y la otra roja, cualquiera que los mire pensaría que los han fabricado en serie. A unos quinientos metros de distancia de donde se encuentran el par de mamelucos me paro un momento para encender un cigarro. Tío se adelanta unos pasos y pone su cabeza a la altura de mi codo derecho. Sucumbo a su estratagema y le acaricio. 

-Lo siento, Tío, pero no creo que a doña Juana le guste mucho la idea de tenerte de huésped en el hostal. 

Fija su mirada en mis ojos y, a juzgar por el movimiento de su rabo que oscila de manera parsimoniosa de izquierda a derecha, me produce la impresión que entiende todo lo que le digo. El perro actúa con inteligencia y me pone contra las cuerdas, su lánguida mirada actúa de cebo perfecto. Al final consigue lo que quiere.

-Vamos para el Cielito Lindo, amigo, y que Dios nos coja confesados.

¿Quién ha dicho que el hombre es el animal más inteligente de la creación? 

El encuentro con los italianos y la forma en que Tío reaccionó hace que la balanza de mi voluntad se incline definitivamente a su favor. 

Al llegar al hostal miro el reloj, son las nueve de la mañana, por suerte doña Juana y Amalia se encuentran parloteando con una vecina a través de una de las ventanas que da al patio de luces, así que aprovecho para atravesar el hall de la entrada y escurrirme hasta la habitación.

-Vamos, Tío, entra. -Le digo.

El muy bribón esta vez me hace caso. Tenemos dos cosas en común, nos encontramos solos e inválidos, si no nos ayudamos entre colegas ¿Quién lo va a hacer por nosotros? Intento convencerme de que admito al perro sólo por solidaridad. 

La noticia llega a oídos de la patrona enseguida, no me explico cómo la vieja se ha enterado tan rápido, el caso es que a los pocos minutos pica en la puerta de la habitación.

-¿Es cierto, Don Pablo, que tiene usted un perro? –Me pregunta, yendo directa al grano.

Me demoro unos minutos en contar los pormenores del percance con los matones, tomando buena nota de resaltar al máximo la intervención de Tío. -Él me salvó de una muerte segura y puso pies en polvorosa a los delincuentes. 

Al menos es lo que le cuento a Doña Juana, quién flipa con la falsa historia que adorno con todo lujo de detalles. 

-Ahora me explico lo de la cojera del pobre animal. –Dice.

-Ni se imagina como el perro luchó a dentellada partida contra los dos criminales. Uno de ellos sacó una pistola y le disparó.

-¡Pobre animal! ¿Dónde fue el impacto? No le veo sangre. 

¡Coño, no contaba con esto!

-En la pierna de la que cojea. –Le asevero, muy serio. –De seguro la bala ha tocado hueso y se encuentra en el interior del muslo haciendo tapón. ¡En fin tendré que llevarle al veterinario! 

-¿Pero a qué espera, hombre de Dios? corra….corra. Por lo demás no se preocupe este animal se queda con nosotros.

¡AUUUU...! Batalla ganada. Tío me la endosó hace un rato, pero yo acabo de hacerlo ahora mismo con doña Juana. Empate. 

Cuando quedamos solos me dirijo al baño y dudo quién de los dos debe meterse primero en la ducha, determino que es de mayor urgencia su caso, el pobre animal huele a rayos. Aunque se deja coger, a duras penas consigo introducirlo en la bañera, pesa como el plomo. Al menos unos cuarenta y cinco kilos, calculo a ojo de buen cubero.