21. sep., 2016

Inspector Crespo, capitulo nueve:

 

La veterinaria examina la pata hinchada y, al tocarla, observa como el animal se queja, probablemente menos de lo que debiera. Decide hacerle una radiografía para confirmar o descartar la rotura del hueso. 

-¿Cómo se llama? Me pregunta.

-Pablo Crespo, señora, 

-Me refería a la perra. -Dice con una sonrisa y un destello de ironía en sus ojos. -Es para cubrir la ficha ¿Comprende?

Me ha vuelto a suceder lo mismo que con el morito, sólo que en esta ocasión siento más vergüenza. Me pregunto en que estaría pensando cuando le di esa respuesta tan atolondrada ¿En sus ojos color avellana? ¿En su pelo rubio platino? ¿En su hermoso rostro? o ¡quizás! ¿En su cincelado y escultural cuerpo? 

Probablemente en todo a la vez. 

-Tío, señora. Se llama Tio. -Remarco.

-Extraño nombre para una perra, ¿no cree?

-¿Cómo dice?

-Digo que extraño….

-No, disculpe, he entendido perfectamente lo que me acaba de decir, lo que ocurre es que se ha confundido usted. Este animal es un macho.

-¿Hace mucho que lo tiene?

-Mucho…mucho, no. A decir verdad desde esta mañana. -Respondo.

-Bueno, eso ayuda a entenderlo.

-Oiga ¿A entender qué? –Pregunto intrigado.

-A que no se haya percatado de su sexo. Mire. -Me dice, a la vez que levanta hacia arriba el negro y peludo rabo. -Juzgue por usted mismo si es macho o hembra.

La cara de estupefacción que pongo le debe recordar a la de un titiritero de circo porque esta vez ella sí se ríe a pleno pulmón.

-Perdone usted, no he podido resistir la tentación. ¡Ha sido todo tan simpático!

-Habrá pensado usted que soy un imbécil. Y, con razón, no se lo reprocho.

-No, en absoluto, es normal que no se diera cuenta, este animal tiene mucho pelo. Es una mezcla de boubiers de Flandes y pastor alemán. Eso creo.

Coge la radiografía y la superpone en una pantalla de fondo blanco, para verla mejor al trasluz.

-Hemos tenido suerte, la pata no está rota.

-¡Menos mal! Por fortuna el pobre animal, en eso, no seguirá mi suerte. Se recuperará y andará bien. No llamará la atención de nadie cuando paseemos, salvo por su belleza. ¡El jodido perro es una preciosidad!

-¿Cómo dice? –Se extraña Anabela.

-Perdón se me ha escapado sin querer. La verdad es que soy un poco mal hablado. –Me avergüenzo.

-No me refería a eso, sino a …ya…sabe, el sexo.

¡Ah, vaya! Tendré que acostumbrarme. ¡Jodida perra! 

Ambos reímos la ocurrencia. 

Anabela, que ya se ha dado cuenta desde que entré al local de mi cojera, animada por mi propio comentario se atreve a preguntar. 

-¿Qué le ha ocurrido a usted en la pierna?

-Soy inspector jefe de policía, y esto es el resultado de un cobarde atentado terrorista.

-¡Ah, vaya lo siento mucho! Me dice la mujer consternada y arrepentida por su curiosidad. De inmediato cambia de tema. 

-Vamos a darle al animal un tratamiento con antibióticos y una pomada antiinflamatoria, creo que en ocho o diez días estará bien. 

-¿Qué le pudo haber ocurrido? –Pregunto.

-No lo sé exactamente, pero de lo que no cabe duda es que ha sido a causa de un traumatismo. Probablemente un golpe.

-Si no le importa, vamos a continuar rellenando la ficha. –Dígame su nombre, si hace el favor.

-¿El mío? –pregunto de manera cauta. No quiero volver a cometer dos veces el mismo error en presencia de esta hermosa mujer. 

-Sí, el suyo.

-Pablo Crespo.

-Y, ¿el segundo apellido?

-Benavides. -Pablo Crespo Benavides. -Remarco.

Imagino que a continuación va a preguntarme por el lugar de mi nacimiento, la edad, el estado civil…Pero no, simplemente se limita a examinar a la perra y anotar en la ficha sus características morfológicas, asi como mi domicilio y número de teléfono. 

¿Quiere cambiar el nombre de la perrita? Ahora está a tiempo de hacerlo. 

Por un momento quedo pensativo barajando varias alternativas: Sultana, Loba, Dana…. Pero el que más me gusta se me ocurre al mirar a la veterinaria.

-Linda. Póngale de nombre Linda.

-Creo que ese nombre le cae muy bien, sin duda ha sido una decisión acertada. -Asevera.

Por un momento pienso que le caigo bien, sin embargo pronto me doy cuenta del error. Esta mujer me sonríe a mí como lo haría a cualquiera de sus clientes, por obligación. De todos modos me fastidia salir de este lugar cojeando y que ella lo vea. 

El bar de Ángel, al que habitualmente acudo, situado en una explanada que está frente a la clínica, me parece el lugar idóneo para hacer tiempo hasta la hora de la cena. Entro. 

-¿Es suyo el perro, señor Crespo?

-¿Por qué lo preguntas? ¿No ves que sí?

-No, por nada, perdone.

Al propietario del establecimiento no parece que le gusten mucho los animales, pero no vuelve a insinuarme nada sobre Linda, ni a cuestionar su presencia en el bar. 

-Dos vasos de leche y un bocadillo de jamón. El mío con cola cao. 

-¿Uno de los vasos de leche lo pongo mejor en esta cazuelita, señor Crespo?

-Sí, Ángel, mejor así, gracias.

Linda, al escuchar la palabra “jamón” comienza a balancear el rabo de izquierda a derecha y pasar la lengua por sus belfos, indicando con ello que conoce su significado. Se lo zampa en dos bocados. 

La televisión interrumpe la emisión de una serie para dar un avance informativo. La seriedad de la presentadora, por lo general afable y risueña, presagia alguna mala nueva. Así es. En el mismo centro de Bilbao, en la plaza de Zabálburu, una bomba lapa adosada a los bajos de un turismo ha explosionado y acabado con la vida de dos personas: las de un hombre de treinta y siete años, y una niña de ocho. El suceso se ha producido a las nueve menos cuarto de la mañana cuando un policía nacional accionó el motor de arranque de su coche para llevar a su hija al colegio.

Ángel repara en que algo extraño me ocurre. De seguro le asusta la palidez cobriza, parecida a la de un muerto, que mi cara adquiere. 

Los clientes continúan con sus charlas, sin prestar atención a la información que la televisión ofrece. Por desgracia, en los últimos tiempos, se ha convirtiendo en rutina el escuchar que una persona ha muerto a causa del terrorismo de E.T.A. 

-¿Se encuentra bien, Señor Crespo?

-¿Está usted bien, Señor Crespo? –Me repite.

Le miro un tanto desconcertado, como si hubiera acabado de salir de una pesadilla. 

-¿Si? 

-Perdone la indiscreción, usted fue policía ¿verdad? 

Asiento con un leve movimiento de cabeza. 

Ángel, sin añadir palabra, se dirige hasta la repisa donde se encuentra el mando a distancia y apaga el televisor. Algunos clientes protestan la decisión. 

-El que no esté de acuerdo que coja la puerta y se largue. -Les dice.

El intento de motín queda zanjado de cuajo. Le doy las gracias. Lo que a mí me hubiera gustado es que todo el mundo hubiera prestado la atención y el respeto que la luctuosa noticia se merecía, aunque estuviésemos en un bar. En fin, los tiempos están cambiando y, ahora, lo que se predica es el  mientras a mí no me toque

-¿Sabe usted, señor Crespo, lo que haría yo con estos terroristas?

-¿Qué harías, Ángel?

-Colgarlos por los huevos

Siento que este hombre me cae bien. Me doy cuenta de que es una persona en la que puedo confiar y apuntar en mi lista de amigos. Lo cierto es que en esa lista hay espacio suficiente, el blog está en blanco.

-Anda, no seas aguafiestas y ponles la televisión, - le insinúo. 

Ángel me hace caso. Para entonces no precisa siquiera cambiar de canal, la escueta información que han dado ya ha finalizado.

Pero ¿Quién soy yo para criticar a nadie? 

Un año atrás, cuando escuchaba este tipo de noticias, no se me iban de la cabeza en el día. Ahora no, basta que transcurran unas horas y tomarme dos o tres cervezas para que todo regrese a la normalidad. Imagino que con el paso de los años la imagen de mi compañero Fermín, que en estos momentos es nítida y clara como el agua de la montaña, podría llegar a desdibujarse de mi mente por completo. Pensar eso me estremece. ¿Sera verdad que con el paso del tiempo también se curará este pesar que ahora siento en mi alma? 

El problema es la pierna. Si no fuera por la puñetera cojera creo que llegaría a olvidar todo. El atentado terrorista sería sólo pasado. Pero es difícil despertar en mitad de la noche a causa del dolor y no recordar aquel aciago día. O salir de una clínica veterinaria bamboleando de izquierda a derecha, y presentir que los ojos de una hermosa mujer están puestos en tu espalda, compadeciéndote. En estos momentos creo que es imposible anestesiar los recuerdos. Y, también, no cagarse en la puta madre que parió a los que pusieron la bomba en la mochila.

-Y…esta chica de enfrente, me refiero a la veterinaria, ¿Es buena en su oficio? –Pregunto a Ángel, intentando aparentar desinterés.

-¿Anabela? –Buenísima. -Me responde el camarero. -Es una mujer inteligente que tiene a quien salir. Su padre es biólogo, uno de los investigadores más importantes de este País que trabaja para la multinacional farmacéutica Falaurent. 

-La verdad es que me suena. ¿No es esa la multinacional que los medios de comunicación señalaron hace un año como la que estaba a punto de sintetizar una vacuna contra el SIDA?

-La misma. -¿A que no sabe usted quién lleva la investigación?

-¿El padre de Anabela? –Pregunto con la extraña fingida expresión del que ya conoce la respuesta.

-Pues sí, don Cayetano, que así es como se llama.

-El marido de Anabella, ¿También es veterinario? –Me intereso, intentando aparentar la misma indiferencia que cuando pido al tendero en el mercado un kilo de tomates.

-La chica es soltera. -Me responde Ángel con sonrisa burlona.

-Esa respuesta me alegra la mañana, meto la mano en el bolso y saco un billete de veinte euros con la intención de abonar lo consumido.

-Salud, amigo. -Alguien me habla. 

Miro a la izquierda y observo a un hombre desaliñado, con barba de dos semanas, que sostiene una copa de vino en la mano. Cojo mi cerveza y tomo de un trago el resto de su contenido.

-A la suya. –Le respondo. 

Llamo al propietario del bar.

-Miguel, cóbrame lo que te debo y, también, lo de este hombre. –Bueno, si a él no le molesta. –Agrego. 

-No…no, compañero, qué me va a molestar -Me dice con voz quebrada por el aguardiente y el tabaco. Otro día me tocará a mí. 

-De acuerdo, otro día le tocará a usted. 

A través de un viejo espejo cuarteado que tengo al frente observo a mi espalda, sentados al fondo del bar, las figuras del italiano y el gitano con los que me topé esta mañana en el Paseo de la playa. Con una seña disimulada le indico a Ángel que se acerque.

-¿Conoces a esos cuervos?

Ángel se fija en los dos hombres beben whisky.

-Es la primera vez que vienen por aquí. -Responde.

-Por si acaso no los pierdas de vista, no me gustan un pelo.

-Como usted diga, señor Crespo.

De nuevo, la persona con aspecto de mendigo se dirige a mí. 

-Perdone, señor, no he podido evitar escuchar lo que hace un momento le ha preguntado el camarero. ¿Es cierto que usted fue policía? 

-Así es, amigo. Inspector Jefe, para ser más exacto.

-Usted no tiene cara de policía. 

El tipo me deja desconcertado. No sé si tomar estas palabras por un cumplido o una ofensa. 

-Usted tiene cara de buena persona, ¿sabe? 

¡Coño nunca nadie me había dicho nada parecido¡ Parpadeo de asombro. 

-¿Me está insinuando que para ser policía hay que tener cara de malo?

-Más o menos. -Me responde el mendigo, a la vez que me extiende la mano para saludarme. 

Hay en este hombre algo que me induce a compadecerle. En mi fuero interno le doy las gracias. Hasta ahora sólo me he condolido de mí mismo y, quizás, mi curación anímica para que sea efectiva tenga que pasar necesariamente por sentir pena de un semejante. 

-Mi nombre, señor Crespo, es Francisco Expósito. Aunque todos mis amigos me llaman Paco. 

-¿Cómo sabe usted mi nombre? –Le pregunto, curioso. 

-El oído es la única cosa que, aún, no me falla. Y, además, -añade a modo de disculpa, -Ángel, el dueño de este bar, cuando habla vocea mucho.

-El mío es Pablo. -Me presento. 

Me resulta familiar el apellido Expósito. Miro el reloj y decido que ya es hora de marcharme. 

-Vamos Linda. -Ordeno a la perra.

El animal duda entre seguirme o quedar en la posición estática de sumisión en la que se encuentra, dejando que el anciano le acaricie la cabeza. 

-No se extrañe, nosotros somos dos viejos conocidos. Antes de mudarse a su casa, ella y yo éramos vecinos de puerta. 

-¡No me diga que Linda tiene dueño! Si yo la he adoptado es porque pensé que estaba abandonada. En fin, lo sentiré si tengo que devolverla porque ya le he cogido cariño, pero si no queda otro remedio…. 

-Pare el carro, don Pablo, que yo no digo tanto, sólo que éramos vecinos de puerta.

-¿Le importaría aclarármelo?

-Pues la cosa es muy simple, los dos vivíamos en primera línea de playa, ella se cobijaba bajo el porche de la caseta de socorrismo, y yo bajo el del puesto de la Cruz Roja. 

Me pregunto qué circunstancias en la vida han sido las que han llevado a este hombre educado y de buenas maneras a vivir en la miseria. Mejor no toco el tema, lo que menos preciso en estos momentos es escuchar desgracias ajenas, bastante tengo con las mías. Me levanto del taburete en el que estoy sentado y opto por marchar. Ya en la calle me palpo los bolsillos del pantalón en busca del paquete de tabaco y me doy cuenta de que lo ha dejado olvidado encima del mostrador del bar. A mi pesar, deshago lo andado con la intención de recuperarlo. Paco sale a mi encuentro.

-Me alegra señor Crespo que haya cambiado de opinión, siéntese aquí conmigo y vamos a tomar unos vasos de vino, ya verá como eso nos anima. 

-No Paco, en realidad sólo he vuelto a por el paquete de tabaco que he dejado olvidado.

Miro encima de la barra y observo que el paquete no se encuentra allí. Por otra parte me doy cuenta de que el puto viejo se está fumando un flamante cigarrillo winstón. El muy cabrón ríe a diente partido. 

-Tenga, señor Crespo, fume del mío. -Me dice, sarcástico.

El filibustero saca del bolso de su camisa mi cajetilla y me ofrece un cigarro. Le miro con resignación y se lo acepto, se que debo dar por finalizada la búsqueda.