INSPECTOR CRESPO:

14. may., 2016

Capítulo cinco

 

 

Son las cinco de la madrugada cuando un ruido ensordecedor me despierta. La lluvia golpea con fuerza el tejadillo de chapa situado debajo de la ventana de la habitación en la que duermo, y que cubre parcialmente un pequeño patio de luces. Las gruesas gotas de agua golpean la superficie metálica y rebotan, produciendo un efecto sonoro parecido al que hace el golpe seco del martillo del hojalatero contra el yunque: Toc, tac. Toc,toc,tac. 

Como de costumbre, duermo girando el tronco del cuerpo sobre el costado derecho. Así lo he hecho desde que tengo uso de razón y soy consciente de que cualquier otra postura corporal que adopte será baldía. No obstante me revuelvo de manera mecánica hacia la izquierda y me cubro la cabeza con la almohada en un último intento por conciliar el sueño. Doña Juana, al adjudicarme la habitación, me dijo que era la más tranquila y silenciosa de todo el hostal. Y en parte es cierto, sólo que se trata de una verdad a medias. En esta estancia se descansa muy bien, menos cuando llueve. Siento que el insomnio y el desasosiego caminan a la par, así que opto por incorporar medio cuerpo y recostarme contra el espaldar de madera de la cabecera de la cama. El martilleo del agua contra la chapa continua, si acaso con redoblada insistencia. 

-¡Me cago en la puta! aquí no hay quién pegue ojo. –Susurro.

Perdón. Ya dije que en ocasiones soy mal hablado.

Esa coletilla con la que abro y remato algunas frases no es nada más que una fea costumbre adquirida en mis años de estudiante, a la que nunca he sido capaz de sustraerme. En aquella época también me dio por decir otra palabra chabacana puesta de moda en la boca de la mayoría de los adolescentes: “Macho”. A cada poco soltaba esa gilipollez. ¿Te vienes a la casa de campo, macho? Ayer, macho, estuve en el futbol. Macho, ¿me pones una caña, o qué? Sólo que ésta, al cabo de varios años de desgastarla, afortunadamente, logré dejarla aparcada en la cuneta del olvido.

Volviendo a lo de la lluvia, ahora el agua cae a jarros sobre Salobreña, si no fuera por el punzante dolor que siento en la pierna izquierda, ya me habría levantado. 

Los recuerdos del último año acuden a mi mente en tropel. No son agradables. Cada vez que esto pasa, la sangre de las venas se me hiela, y el estómago se me transforma en un nido de sierpes. No me queda otra que arropar mis dolores y, también, mis miedos entre las sábanas. 

¿Qué será de Fany? No era gran cosa lo nuestro, pero al menos era más que nada. 

Cierro los ojos y tiento al sueño. Me cubro la cabeza con un cobertor de lana para evitar que me deslumbre un resquicio de claridad que se cuela del exterior a través de la persiana de la ventana, y acompaso la respiración a los latidos del corazón. 

Espero. 

Todo en vano, Morfeo no se digna visitarme. Los que sí lo hacen, puntuales a la cita, son los fantasmas del pasado. Me desespera comprobar que no tienen por el momento intención de marcharse de mi vida. Medio adormilado voy hasta la cocina y pongo a calentar el café. Doña Juana siempre deja una cafetera preparada para los huéspedes que se van temprano a trabajar. 

Hace un momento estaba en la cama más fresco que una lechuga y ahora, de pie, no paro de abrir la boca. Esto es una paradoja, al igual que mi vida. 

No sé lo que quiero y todo me da igual. Actúo como un zombi. Estoy solo, me siento solo, y tengo la impresión de que hasta ni mi propia sombra me acompaña. Sé que tengo que coger por los cuernos al morlaco del resentimiento y tirarlo por la ventana, abrir las compuertas de mi alma y permitir que a caballo de la brisa fresca de la mañanaentren en mi existencia nuevamente la confianza, la amistad, el amor….. 

Soy consciente de ello. Aunque a eso se reduce todo.

Ahora tengo la oportunidad de ponerlo en práctica. Me encuentro en Salobreña, a más de cuatrocientos kilómetros de Madrid, donde el azar me ha llevado. De momento tengo a mi favor tres cosas: la calidez del sol, la alegría de las gentes del sur, y el azul turquesa del mediterráneo. 

Amanece. 

Me apetece pasear a la orilla del mar, y aspirar el aroma del salitre que la brisa del levante trae a lomos de las olas. El murmullo del agua me hará compañía. Es el mejor de los amigos. 

El café rompe a hervir. Acerco la nariz al extrarradio del vapor que sale por el pitorro y lo aspiro durante un minuto. Desde que leí en una revista pseudocientífica que eso era bueno para prevenir el cáncer siempre lo hago. Por si tuvieran razón los que escribieron ese artículo.

Miro el paquete de winstón que está posado encima de la mesa de la cocina y me resisto a encender el primer cigarro hasta después de dar el primer sorbo al café. Esos minutos de demora me suponen un gran esfuerzo de voluntad. 

En la policía se fuma y se bebe mucho. También en otras profesiones. Por eso hay en España tantos idiotas muertos. Soy consciente de que la combinación de tabaco y alcohol son un coctel explosivo que desemboca de manera irremediable en cáncer. 

Me pregunto ¿qué es lo que ha sido de ese aguerrido policía que sólo dos años atrás se ponía al mundo por montera? ¡Pobre Crespo! A partir del atentado te has transformado en un hombre totalmente distinto. La metralla de la bomba no sólo ha mutilado tu cuerpo sino también, al parecer, el alma. 

¿Cómo le irá a Fany con su estomatólogo? De seguro mejor que a mí que no tengo perro que me ladre. ¡Ah, como la extraño en este momento! 

No soy tonto, me doy cuenta de que me encuentro más solo que la una. Es una soledad buscada y no tengo derecho a quejarme. Lo sé. Pero a pesar de ser consciente de esto, me compadezco y no hago nada por evitar que los lagrimales de mis ojos se humedezcan. 

Apago el ordenador y salgo a la calle. Al abrir la puerta me veo reflejado de cuerpo entero en un gran espejo rectangular que está instalado en el hall de la entrada del hostal. Me desagrada la imagen que se plasma en el vidrio. Le doy un fuerte puntapié y lo hago trizas. Me quedo más tranquilo. Lo que menos me importa en este momento es lo que pueda costar. Diré que fue un accidente. 

Son las seis de la madrugada y está comenzando a amanecer. A esta hora Salobreña parece un pueblo fantasma, la lluvia ha cesado y en el cielo comienzan a aparecer grandes claros entre las nubes. Las farolas encendidas iluminan el paseo de la playa y el mar se encuentra en calma. No hace viento. Tampoco frío, a pesar de la lluvia reciente. Abro el paquete de winstón y enciendo el segundo cigarro. No me doy prisa en caminar, tengo todo el día para hacerlo. Si algo me sobra ahora es tiempo.

 

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29. ene., 2016

 

Capítulo Cuatro

 

 

-¿Se puede?

-Adelante.

Carmelo, el jefe de seguridad de Falaurent, se hace el sorprendido al ver llegar a Marcos a su despacho, a pesar de estar esperando su visita desde hace dos días. No tendrá más remedio que seguir la sugerencia de don Alfonso y de ayudarle en lo que le pida. 

-Adelante ¡qué sorpresa! ¿En qué puedo servirte? 

-Buenos días Carmelo… No… Nada en especial, sólo quiero plantearte algunas dudas legales que han surgido en la investigación de la vacuna del SIDA, con la esperanza de que me las puedas resolver.

-¿Dudas legales? Me temo, Marcos, que has acudido al despacho equivocado, esos temas quienes mejor te los pueden aclarar es el personal del equipo jurídico. Ya sabes… los picapleitos.

-Ya lo sé, Carmelo, ya lo sé…Aunque lo que en este momento preciso, también, es la ayuda de un amigo, por eso acudo a ti. 

Carmelo le invita a sentarse y le ofrece la mejor de las sonrisas, animándole a entrar en el terreno de la confidencialidad. Se pregunta de qué va el asunto. No desespera, el enterarse de todo es cuestión de minutos. Piensa que lo mejor es abordar el tema directamente. 

-Marcos, hace dos días recibí una llamada de don Alfonso anunciándome tu visita y pidiéndome que te ayudara en lo que precises. Llevo trabajando en esta compañía seis años como jefe de seguridad ¿Sabes cuantas veces en todo este tiempo he descolgado este teléfono para atender sus peticiones?

-No lo sé, Carmelo, imagino que muchas.

-Una, amigo Marcos, la de hace dos días, así que no te andes por las ramas y dime sin recelo alguno qué es lo que precisas de mí. 

Marcos se sorprende al escuchar que don Alfonso ha intercedido en su favor, y lo que más le extraña es que haya prevenido a Carmelo sobre su visita. Le da la impresión de que el presidente de Falaurént es consciente de que el éxito de la vacuna radica en poder hacer pruebas directamente en humanos. Algo ilegal que no parece importarle, pero en lo que no puede darse por aludido de manera directa. Lo comprende. 

Marcos queda, por un momento, abstraído en sus propios pensamientos. Si abre la boca para explicar a Carmelo sus intenciones es consciente de que cruzará la raya de la legalidad. Por otra parte, si no lo hace sabe que perderá su trabajo…. Y sobre todo el amor de María. Es precisamente el recuerdo de la mujer de la que está profundamente enamorado el que desequilibra la balanza a favor de continuar adelante con el plan.

Piensa en las personas que va a utilizar como conejillos de indias. Evita designarles cara, nombres, apellidos, familia, sentimientos. Prefiere meterlos en el amplio saco de sastre llamado sociedad y justificar la acción inmoral que planea con la máxima maquiavélica de que el mal de unos pocos redundará en el beneficio de muchos.

Se promete causar el menor mal posible, por lo que determina aplicar la vacuna sólo a hombres y mujeres con enfermedades terminales, desarrapados, mendigos y delincuentes. Gentes a las que sea fácil engañar, que no hagan preguntas ni cuestionen el por qué de las cosas. A las que nadie eche de menos si, finalmente, el experimento sale mal. 

-Te decía, Marcos, que don Alfonso me había anunciado tu visita. 

Estas palabras del jefe de seguridad le vuelven a la realidad. 

-¡Ah, sí! Agradezco mucho el interés del señor presidente.

-¿De qué se trata?

- De la vacuna contra el SIDA.

Marcos pasa a explicar a Carmelo las cuantiosas inversiones de la compañía en este proyecto y la inquietud de los accionistas pidiendo resultados. También como don Alfonso le llamó a su despacho hace unos días para darle un ultimátum. 

-Pensé, -dice Carmelo, -que ese tema ya estaba resuelto. Todos los trabajadores de Falaurént damos por hecho que el equipo de investigación, contigo al frente, había descubierto la dichosa vacuna.

- Creo que don Cayetano tiene la llave de este dilema, pero prefiere guardársela en el bolsillo. 

-A ver, Marcos, si entiendo este embrollo. ¿Me estás diciendo que don Cayetano ha descubierto la vacuna contra el SIDA y se niega a aportar a Falaurént el resultado de sus investigaciones? 

-Mira, Carmelo, no tengo pruebas que lo ratifiquen, sin embargo algo en mi interior me dice que así es. Él es la punta de lanza de nuestro laboratorio, la persona que sobresale sobre el resto de compañeros en este campo. Sin embargo, los éxitos tan prometedores del inicio de la investigación se han paralizado, de súbito, a partir de la callada por respuesta que la compañía dio a su propuesta.

-¿A qué propuesta te refieres? –Pregunta Carmelo.

-Hace tres meses don Cayetano solicitó una entrevista a don Alfonso y le propuso, nada menos, que intentase convencer a los accionistas de la compañía para que cedieran a la UNESCO todos los derechos de la vacuna contra el SIDA, de llegar a descubrirse. Para mí que en ese momento ya había dado con la fórmula correcta.

-De ser cierto lo que dices, Marcos, lo que no acabo de entender son los motivos que impulsaron a don Cayetano a hacer esa proposición tan descabellada, debería saber que Falaurént no es ninguna ONG, y que la razón del existir de una de las compañías farmacéuticas más importantes del mundo no es otro que el beneficio económico.

-Es cierto lo que me dices, pero a saber lo que bulle en el cerebro de este hombre. Su absurdo razonamiento se basa en que el SIDA es una enfermedad terminal que afecta a la humanidad por entero, con un nivel de incidencia mayor entre las clases más desfavorecidas, por tanto la distribución de la vacuna debe de ser gratuita, de ahí su propuesta de que los derechos se cedan a la UNESCO de una manera parecida a como el doctor Patarrollo hizo con sus descubrimientos en cuanto a la Malaria. 

-Vamos….un romántico. -Asevera el jefe de seguridad.

-Así es Cayetano, un puñetero romántico que nos está complicando la vida a todos.

-Vayamos al grano, Marcos, ¿qué quieres de mí? 

-Primero deja que te haga una pregunta:

-¿Estás interesado en conservar tu puesto de trabajo? 

-Sabes que sí, 

-¿Incluso si para ello tuvieras que cruzar la raya de la legalidad?

-¡Coño, Marcos! ¿Dónde quieres ir a parar? No me vengas con más gilipolleces y dime de qué va esta mierda, -dice el investigador jefe de Falaurent visiblemente molesto por el derrotero que la conversación toma.

-De acuerdo, Carmelo, pero antes de que te pronuncies en un sentido u otro quiero advertirte que don Alfonso está detrás de este asunto, a pesar de no haber pronunciado una sola palabra al respecto. En esta cuestión, por desgracia, los peones somos tú y yo. Si todo sale bien tenemos mucho que ganar. Aunque también te digo que de salir mal mucho que perder. Incluso podríamos ir a la cárcel.

-Me tienes en ascuas. Estoy a la espera que me digas de una puñetera vez de que se trata.

-Intentaré ser claro y conciso, don Alfonso nos da tres meses para conseguir la vacuna.

-Será para que la consigas tú, a mí no me metas en este lío. ¡Acaso yo soy investigador científico!

-No Carmelo, tú eres el jefe de seguridad. Eso es lo que te mete de lleno en el tema.

-Aclárame, Marcos, ¿qué hay que hacer?

-Lo primero allanar el domicilio de don Cayetano y arrebatarle el secreto. Será fácil, sólo tenemos que hacerlo cuando él se encuentre trabajando en Falaurent, es viudo y vive solo.

- ¿No tiene una hija?

-Así es, en Andalucía, tengo entendido que tiene una clínica para animales. 

-¿Cuál es la segunda opción? Por mala que sea me parece que la voy a preferir a la primera.

-La segunda opción pasa por ser capaces de conseguir en nuestros laboratorios una correcta formulación de la vacuna.

-Lo que te digo… prefiero esta alternativa.

Sabe que hay gato encerrado. Marcos prosigue con la exposición.

-Antes de ocupar el puesto de jefe de seguridad en Falaurént ejerciste de policía en Madrid. ¿No es cierto?

-Así es, mi categoría profesional es la de inspector jefe y en la época a la que te refieres estuve al mando de la sección de homicidios. 

-¿Por qué te pasaste a Falaurent, si no es indiscreción? 

-Por dinero, no hay otra razón. Si te digo la verdad en más de una ocasión he llegado a arrepentirme. Lo cierto es que en la policía a nivel profesional me sentía totalmente realizado.

-El dinero no lo es todo en la vida. –Añade Marcos.

-En mi caso sí, mi esposa gasta demasiado. Es una mujer hermosa, madre ejemplar, buena esposa, pero caprichosa. Zara, Mango, el Corte Inglés… son su segunda casa, por no decir la primera. Si quiero conservar mi matrimonio no me queda otro remedio que sacar pasta hasta debajo de las piedras. 

-Está bien, Carmelo, volviendo al asunto que nos trae entre manos, en ese puesto de trabajo que tuviste en la policía de seguro que habrás conocido a lo más bajo de la sociedad. 

-A lo más bajo y a lo más alto, Marcos. Aunque dime ¿Qué tiene que ver eso con tu investigación sobre el SIDA?

-Mucho. Para que mi trabajo tenga éxito, preciso contrastar los resultados directamente en personas, sin dilación de tiempo, te recuerdo que disponemos de tres meses. 

-A ver si lo entiendo -¿Me estas pidiendo que te consiga cobayas humanas? 

-Así es, Carmelo. Como tú mismo acabas de reconocer conoces bien el mundo del hampa, el de los bajos fondos, y tienes a tu disposición los medios para conseguirlo. 

-¡Me cago en todo lo que se menea, Marcos! ¿Te has vuelto loco, o qué? ¿Te das cuenta de lo que me propones?

-No hay otra solución, el tiempo apremia y yo no encuentro otra alternativa, a no ser que tú, en persona, quieras ir al despacho de don Alfonso y le convenzas de que aumente de tres meses a un año el plazo que me ha dado para descubrir la vacuna.

-No, Marcos, lo siento, conmigo no cuentes para esto. 

-Entiendo tus remordimientos, otro tanto me ha pasado a mí, pero no debes de dramatizar la cuestión, las ocho o diez personas que se elijan para las pruebas podemos buscarlas entre los miles de mendigos que deambulan sin ton ni son por las calles de Madrid, y entre estos escoger a los que la medicina ya tenga por desahuciados. Gentes que estén a las puertas de la muerte.

-A las que nosotros podemos adelantársela. -Añade Modesto.

-Eso únicamente en el caso de que salga mal el experimento, aunque confío en que no va a ser así. Sólo tenemos que saber encajar, como si de un puzle se tratara, los datos desordenados que don Cayetano nos ha dejado. Todo irá bien. Por otra parte, poniéndonos en el peor de los casos, ¿Qué de malo hay en adelantar la muerte a esos desgraciados? De seguro que si llegasen a saberlo se sentirían en deuda con nosotros por ahorrarles unos meses de sufrimiento. 

-Está bien, Marcos. -Afirma Modesto, -no me queda otra salida que ayudarte porque el no hacerlo significará la pérdida de mi puesto de trabajo y, eso, es un lujo que no me puedo permitir en estos momentos.

-¿A qué te refieres?

-Ya sabes, el mantener la casa, a una mujer caprichosa. Y para colmo aún me quedan diez años de hipoteca del chalet en el que vivo. Todo lo confié a este trabajo. ¡Maldita mi suerte!

-No te preocupes, Carmelo, que si hacemos las cosas bien nunca llegara a saberse y, por tanto, a nada deberemos temer.

- ¡Qué sabes tú, infeliz de la vida! Cuando yo ejercía de policía en la Brigada de Investigación Criminal pude observar reiteradamente como la mayoría de los delincuentes que caían en la red de la justicia era por sus excesos de confianza. De todos modos olvídate de experimentar en personas humanas, lo primero que vamos a hacer es intentar recuperar los documentos que obran en poder de don Cayetano y hacer una copia del disco duro de su ordenador, de esta manera quizás consigamos el objetivo de recuperar la vacuna contra el SIDA sin necesidad de recurrir a otros métodos más desagradables e inhumanos. 

-¿Dónde vive don Cayetano? -Pregunta Carmelo. 

-En Atocha. -Responde Marcos.

9. dic., 2015

Capítulo Tercero

 

 

El circo Europa establece sus reales en Salobreña en la primera quincena de Diciembre, justo cuando los niños se encuentran de vacaciones y la voluntad de los padres es más permeable a dar un pellizco a la paga extra de Navidad. 

El circo y yo entramos en el pueblo, a la par. La comitiva la encabeza un viejo volvo que tiene instalado en el techo un altavoz con el que anuncia a bombo y platillo el majestuoso evento. El hombre grueso que lo conduce se limita a posar con desgana su mano derecha sobre el volante, en tanto que con la izquierda sostiene un cigarro puro al que, a intervalos regulares, le da fuertes chupones. Ralentizan la marcha por las calle exhibiendo en el interior de jaulas cercadas por barrotes de hierro a un tigre de bengala y a un león africano, próximos a la jubilación, que impasibles a los gritos de los chavales bostezan con indiferencia. 

Desciendo despacio las escaleras del autobús y cojo sin esfuerzo la maleta medio vacía que llevo. Miro el río de gente que camina detrás de los coches y camiones tuneados de los saltimbanquis y me doy cuenta que no tengo otra opción que esperar un buen rato a que todo esto pase, o incorporarme a la marea humana que tengo al frente. Opto por lo último. 

Camino paralelo a un autobús adaptado para caravana, que en los laterales lleva dibujada una gran cara de payaso. Ando despacio, adaptándome al ritmo impuesto por las gentes del espectáculo. La maleta que llevo en la mano sube y baja a cada paso que da mi tullida y maltrecha pierna izquierda, acentuando de esta manera más el bamboleo del cuerpo. Una señora que lleva un niño de la mano se para a preguntarme.

-Señor ¿Me podría decir dónde van a instalar el circo? 

Me limito a hacer una mueca de indiferencia con la cara y encojo los hombros. 

El niño, sorprendido, deja volar la curiosidad y pregunta a su madre. 

-Mamá, ¿este señor es el payaso? 

Su progenitora, que de inmediato se percata de la metedura de pata de su vástago, lo coge de la mano y desaparece como por arte de ensalmo. No puedo evitar el pensar, con desazón, que quizás mi lugar en este mundo esté en mitad de la pista de arena de un circo haciendo reír a los chicos con mis pasos torcidos y mi cara maltrecha. 

 

Me viene a la mente Fany. Ya saben, mi prometida. 

 

Un día llegó a mi casa con cara de póker y lo primero que me dijo cuando le abrí la puerta es que yo tenía que ir a que me hicieran una operación de cirugía estética. Me enfadé mucho. 

-¿En la polla? –Le pregunté con cara de perdedor.

Pasó al interior, se sentó en el sofá y se puso a ojear un periódico atrasado, haciendo ver que lo leía. Su silencio comenzó a mortificarme, y pensé que sería parte de la estratagema que emplearía para dar puntillazo a nuestra relación. Me dio un poco de pena, aunque trataba de disimular los nervios podían con ella. Decidí ayudarla. 

-Mira, nena, han pasado sólo tres meses desde aquello….Deja que me reponga un poco…Después ya veremos. 

-Eres un mal hablado ¿Sabes?

-Tienes razón. 

-No eres nada detallista. 

-¿Lo dices por lo de tu último cumpleaños?

-Y para colmo ahora has comenzado a beber.

-Una copa de vez en cuando.

-¡Si, al menos, no fueras tan soberbio!

-Es lo único que me queda. 

-¡Somos tan distintos!

-¿Ahora te das cuenta, Fany?

-A este paso no sé dónde acabará lo nuestro, quizás deberíamos de replantearnos esta relación. 

-Vamos, querida, no lo jodamos con una puta discusión de mierda que nos va a hacer daño a los dos. Quedemos como amigos. 

-¿Estás cortando conmigo? –Me preguntó. 

-Ya lo ves, algún día tenía que ser. –Le dije. 

Respiró, aliviada. 

-Si tú lo quieres así. 

Sabía que había comenzado a salir con un médico estomatólogo. Opté por hacerme el ignorante y callar para no ofenderla. 

Es cierto que a raíz del atentado mi carácter se había agriado un tanto y me había vuelto algo taciturno, introvertido. Yo creía que recuperar al Pablo Crespo de antes sólo era cuestión de tiempo. Pero Fany no opinaba de la misma manera. No le reprocho que no quisiera hacer el recorrido de ese Vía Crucis conmigo. La vida le ofrecía una oportunidad estupenda de seguridad y bienestar, en forma de médico estomatólogo, y debía aprovecharla. Además, como dije antes, los dos somos bien distintos. Quizás lo que, hasta ahora, haya hecho que nos mantengamos juntos haya sido el sexo. Pero una relación seria no puede vivir sólo de eso. ¿O si? 

Teníamos que, inevitablemente, despedirnos para siempre. La cuestión no se presumía fácil. 

-Ven a mi lado, amor.

Fany me sonrió, sabía lo que yo quería. Le pregunté si podíamos despedirnos como dos buenos amigos. No le di tiempo a que me respondiese. La besé. 

-Eres incorregible. -Me dijo, a la vez que esbozaba una media sonrisa. 

Nuestra relación acabó de una manera muy civilizada. 

 

La comitiva del circo me lleva hasta la misma puerta de la pensión dónde voy a pedir alojamiento. 

La señora Juana se encuentra afanada con los pormenores de la comida del mediodía cuando Amalia, la criada, le comunica que un señor con pintas de gánster pregunta por ella. Aparta a un lado la zanahoria, que corta a rodajas, e introduce el cuchillo que empuña, de manera instintiva, en el interior de la faltriquera de la bata.

-Pues que trae en la manos ese hombre ¿Acaso una metralleta? 

-No señora, sólo una maleta, pero si ve usted la cicatriz que tiene en la cara, parece producida por el filo de un cuchillo desdentado. 

-Está bien, si trae una maleta lo más seguro es que venga a pedir habitación, con decirle que todo está ocupado asunto arreglado.

-Sí, señora Juana, es lo mejor que puede hacer, decirle que estamos al completo. De todas maneras yo me quedaré en el pasillo simulando que limpio, por si me necesita.

-Está bien, Amalia, haz lo que gustes, pero yo sé defenderme bien de los hombres, no te olvides que antes de ser la dueña de este hostal deambulé por todo el mundo diez años de cupletista en la compañía del teatro chino de Manolita Che. Y en ese trabajo sales debajo del brazo con el título de domador de fieras.

Doña Juana intenta aparentar delante de la criada una confianza en sí misma que no tiene, de modo que en su fuero interno agradece el ofrecimiento. Sin más preámbulos se dirige al hall de la entrada. Queda desconcertada, esperaba encontrarse a un hombre mal encarado y en su mente ya tenía la idea preconcebida de decirle que todo estaba completo, sin embargo la persona que la saluda parece educada, se la ve aseada y, por más, su mirada es limpia y serena. Es cierto que la cicatriz de la cara le da en qué pensar, pero ¿por qué sacar conclusiones precipitadas de que sea producto de un disparo, como ha hecho la criada?

Le pregunta a Crespo si le interesa pensión completa, y la respuesta es positiva. Le agrada lo que escucha. Aunque es dueña de un hostal y, por tanto, alquila habitaciones a personas que las quieren para unos días, lo que a ella verdaderamente le satisface es la clientela fija y estable. Gusta de cocinar para sus huéspedes, de hablar con ellos durante las comidas de los temas más diversos, de preocuparse por sus problemas y alegrarse con sus dichas, de cuidarlos cuando enferman, de festejar sus bodas, sus cumpleaños, o de enterrarlos si alguno muere. Los identifica como la familia que nunca tuvo, y en ellos vuelca su cariño, al igual que hace una madre con sus hijos. 

De las diez habitaciones disponibles en el Cielito Lindo, seis están ocupadas con huéspedes fijos. Si a eso se suman las que usan ella y Amalia, restan dos para alquilar. Doña Juana da complacida su conformidad al inspector para que ocupe una de las vacantes. 

Amalia acompaña al inspector Crespo a la habitación y se la muestra de corrido. Al contrario que la patrona ella no se fía ni un pelo del recién llegado. Su cojera y, sobre todo, la herida de la cara la tienen intrigada. Le muestra el armario, el baño, y le informa de manera apresurada la hora a la que se sirve la comida. Él le da las gracias y al dirigirse a ella lo hace por el nombre común de señorita.

La criada se retira sin añadir otra palabra a las pronunciadas. Es su mente la que le responde en silencio: A mí no me engañas truhan, debajo de esa fachada de educación seguro que escondes tu verdadera personalidad, la de un psicópata que va de pueblo en pueblo asesinando y violando mujeres. 

De todos modos le agrada sobremanera que el tipo raro la llame señorita, ¡hace tanto tiempo que nadie le habla de esa forma! Contempla como sus cuarenta años le han pasado en un suspiro, sin pena ni gloria, y ahora que ha llegado al culmen de la vida, las posibilidades de encontrar un buen marido disminuyen en consideración. Se lamenta de que el nuevo huésped tenga todas las papeletas de asesino en serie, de lo contrario sería un buen candidato para esposo. Tiene una edad parecida a la suya, y a pesar de la cicatriz de la cara y la cojera su cuerpo desprende un cierto sexapil. 

-¿Es posible que una mujer decente como yo pueda llegar a enamorarse de un delincuente? –Se pregunta. 

-Si hace bien el amor ¿por qué no? –Se responde.

A pesar de ser pensamientos íntimos, de los que ninguna otra persona es partícipe, se sorprende de su atrevimiento. Al igual que un ramillete de amapolas en mitad de un trigal verde, un rubor involuntario se expande por sus mejillas. Doña Juana, que está en la cocina al lado de los fogones sudando a chorros, al verla llegar tan sofocada cree que el calor del mediodía es el culpable del acaloramiento de la empleada.

-¿Le has indicado a don Pablo a qué hora se sirve la mesa? 

-¿A quién dice usted, doña Juana?

-Al nuevo huésped, que pareces tonta.

-Ah, sí, le he dicho que a las dos en punto.

-Está bien, pues ponte manos a la obra que sólo nos queda una hora para prepararlo todo.

-Doña Juana ¿qué vamos a poner de comer hoy?

-Alubias con chorizo, y de segundo pescado.

¿Qué quiere que haga?

-De momento pon los manteles y vete aderezando la mesa con los cubiertos y vajillas.

¿Y después?

-¡Hay, mi niña! Por lo pronto haz lo que te dicho, después ya te diré…..

En esas preocupaciones están patrona y empleada cuando, de improviso, se deja escuchar en la calle un gran griterío. En realidad, más que gritos son alaridos de desesperación. La primera cosa que le viene a la mente a Doña Juana es que un coche bien podía haber atropellado a un niño y los familiares, desesperados por la tragedia, son los que lanzan al aire esos desgarradores gritos de dolor. Don Federico, un maestro de escuela jubilado que también se hospeda en el Cielito Lindo, entra en ese momento en el hostal a trompicones, hecho un manojo de nervios, sacando de la incertidumbre a la propietaria y al resto de huéspedes que han ido saliendo de sus cuartos alarmados por la algarada, incluido el inspector Crespo.

-Atranquen las puertas a cal y canto, en la calle anda suelto el tigre del circo.

No hace falta que nadie cierre la puerta del hostal, el mismo Don Federico se encarga de ello, a la vez que pronuncia la súplica de hacerlo.

-¡Dios mío, qué desgracia va a provocar la fiera entre los alumnos del colegio que en estos momentos están saliendo de sus clases! 

El inspector Crespo al escuchar las palabras del viejo profesor regresa apresurado a la habitación. Todos los presentes creen que la reacción del nuevo huésped ha sido causada por el miedo a la fiera, y que quizás ellos deberían hacer otro tanto, buscando su propia seguridad en el abrigo de sus habitaciones. Por eso la sorpresa es mayúscula cuando le ven reaparecer portando una pistola en la mano. Sin pararse a hablar con nadie abre la puerta y se dirige a la calle.

-¡Hay, doña Juana, lo que le dije va a resultar ser cierto, este hombre es un gánster! ¿Quiénes si no llevan pistolas en este país, aparte de la policía? 

-Sí, hija, este no tiene pintas de policía. -Es la respuesta de la dueña del  Cielito Lindo.

Crespo no tiene necesidad de preguntar por las escuelas, al bajar del autobús que le trasladó hasta Salobreña observó que se encontraban ubicadas frente a la misma parada.

La fortuna se alía con él, no tiene que andar mucho para encontrarse con el tigre. Lo halla a unos doscientos metros del colegio, a la puerta de una carnicería, olisqueando el suelo. Dentro del establecimiento se encuentran el propietario, y una madre con dos niños. Los cuatro se agrupan de manera instintiva, abrazándose. 

El animal fija su mirada en la pieza de carne de ternera engarzada en un pincho de hierro que cuelga del techo. Al parecer los humanos no son en absoluto de su interés. Sin embargo Crespo desconoce este detalle, él sólo ve a una fiera salvaje a punto de entrar en un local donde se encuentran cuatro personas indefensas. Avanza, serpenteando entre los vehículos aparcados al lado de la acera de la carnicería, hasta situarse a escasos seis metros del tigre. Con tranquilidad pasmosa apunta a la cabeza del felino y dispara. La fiera se desploma fulminada por el proyectil de acero blindado proveniente de la pistola del Inspector. 

El maestro de escuela, Don Federico, al llegar al hostal y dar la noticia de la fuga del tigre, lo primero que hace es encerrarse en su habitación a cal y canto. Su cuerpo, habitualmente frío de por si, se transforma en un témpano de nieve, rígido, en el que la única parte que se mueve y traquetea a más no poder es su dentadura postiza.

La noticia de la muerte de la fiera llega a sus oídos a través del balcón de la habitación. Desde la atalaya segura de su dormitorio se dedica a observar todo lo que ocurre en la calle, y así es como se percata del cambio en la expresión de los rostros de las personas que, momentos antes, corrían y gritaban desaforadas. Los gritos confusos de terror se han transformado en voces de alegría. Supone que algo favorable pasa, lo que le anima a entreabrir un poco la hoja del balcón y acabar, finalmente, enterándose de la buena nueva. Sólo entonces decide salir a la calle, deteniéndose un momento en el hall de entrada del hostal para poner a Doña Juana y demás huéspedes al cabo de sus intenciones. 

-¿Dónde va usted, hombre de Dios, no se da cuenta de que esa fiera que anda suelta puede matarle?

-Lo sé, querida patrona, soy plenamente consciente de ello, pero lo que usted y mis compañeros de hospedaje deben de entender es que yo no puedo permanecer por más tiempo indiferente a esta cuestión, sabiendo que mis alumnos se encuentran indefensos por esas calles y pueden servir de merienda a un gato de doscientos kilos. 

Un pasillo humano se abre a su paso, en tanto que un OOh de admiración sale de las gargantas de cuantos le escuchan. 

-¡Don Federico, es usted un valiente! –Le dice un joven pescadero a quien el miedo le ha aflojado el vientre. 

-¡Dios le bendiga! Exclama Amalia, la criada. 

–Tenga mucho cuidado. -Le previene la patrona. -Gracias a todos, pero no puedo perder más tiempo en esta conversación, preciso salir a la calle para comprobar personalmente lo que ocurre y si, por casualidad, me encuentro con ese gato carnívoro yo les prometo que le remato con mis propias manos, así me vaya la vida en ello. 

Todos quedan admirados con la valiente actitud del profesor, la primera la propia doña Juana, que ya desde ese mismo instante nota como su corazón late al ritmo que le marca el amor, algo que no había vuelto a sentir desde el día que conoció a su difunto esposo. De igual modo pasa a considerar que una persona de ese calibre moral y tamaña valentía es merecedora, también, de una rebaja en el pago del hospedaje.

-¡Amalia, ve a la cocina y trae a don Federico el cuchillo más grande que tengamos! –Ordena.

El viejo profesor sale a la calle en el pleno convencimiento de que el tigre está bien muerto, no obstante se hace el ignorante de lo que ya todo el mundo sabe y a todos los que encuentra a su paso, especialmente si son padres de algún alumno del colegio les hace, cuchillo en mano, la misma pregunta.

-¿Ha visto usted por casualidad a un tigre de bengala que dicen anda suelto?

-¡Pero don Federico, si ya le han dado muerte! Precisamente frente al colegio.

El maestro, sin perder un minuto de tiempo, se dirige al lugar que le indican. Al llegar observa a Crespo que habla con una pareja de la guardia civil, a la que está dando explicaciones de lo sucedido. Ni corto, ni perezoso, y como si de un superior de ellos se tratara, les pide que le pongan al corriente de lo acaecido.

-¿Alguna desgracia que lamentar? 

Uno de los guardias, el más joven, natural de Salobreña y que ha sido alumno suyo, le responde.

-No, Don Federico, todo bien.

-¿Algún alumno herido? Insiste.

-Afortunadamente ninguno, gracias a este compañero, Inspector Jefe de la Policía Nacional.

Don Federico ya sabe que Crespo es el nuevo huésped del Cielito Lindo, de manera que se presenta en su doble condición de profesor de primaria jubilado y compañero de hospedaje, ofreciéndose para acompañarle de regreso al hostal. 

El viejo profesor antes de marchar se acerca a la fiera que yace en el suelo con el objeto de certificar su defunción, y de manera disimulada embadurna la hoja del cuchillo que porta en la mano en la sangre del animal muerto. Así es como se exhibe por todo el pueblo al lado de Crespo, produciendo en los que le ven un efecto hipnotizador. 

Mientras tanto al Cielito Lindo llega la noticia de la muerte de la fiera y todos los presentes suponen que ha sido el viejo profesor quien lo ha hecho. Salobreña ya tiene su héroe. 

 

 

 

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28. nov., 2015

Capitulo Segundo

 

 

La sede de la multinacional farmacéutica Falaurént se encuentra situada en el ciento dos del Paseo de la Castellana, en Madrid. Una gran cúpula redonda de aluminio corona el suntuoso edificio de diecisiete plantas. La compañía la preside el economista Alfonso Alberto de Ussía y Huarte, quien junto a su hermano Luís Fernando son los propietarios del total accionarial de la compañía, al igual que del Banco Español de Finanzas, el segundo en importancia en el ranking español.

El creador de este imperio económico fue el difunto don Torcuato de Ussia, marques de Fuente Palacios, un hombre emprendedor y astuto al que nunca le gustaron las medias. A nadie extrañó que a la hora de su muerte los dos únicos campos económicos en los que centró su dinero y esfuerzo, las finanzas e investigación farmacéutica, tuvieran un control estrictamente familiar.

Los hermanos Alfonso Alberto y Luis Fernando se prepararon desde la adolescencia para ayudar a su padre y, sabiamente dirigidos por su progenitor, pronto dieron muestras de su valía. Pasado un tiempo, cuando don Torcuato alcanzó los setenta y cinco años de edad, sus hijos tomaron definitivamente las riendas de los negocios familiares.

 

El biólogo Marcos Orozco se encuentra mirando a través del microscopio una muestra de sangre contaminada de SIDA, cuando suena el teléfono. María Zafaro, su colaboradora, coge el auricular.

-¿Diga?

-Buenos días, señorita Zafaro.

La mujer reconoce la voz al instante.

-Buenos días, señor presidente, ¿En qué puedo servirle?

Durante los siguientes segundos queda callada escuchando lo que su interlocutor le transmite. Finalmente contesta de manera servil.

-No se preocupe, don Alfonso, ahora mismo le paso sus instrucciones. Que tenga un buen día, señor presidente.

Cuando María cuelga el auricular Marcos ya ha dejado de lado el microscopio y su mirada muda la interroga con ansiedad. 

-Es el presidente, quiere que subas a verle.

-¡Ah, ya imagino lo que me va a preguntar!

-Y Yo sé la respuesta que le vas a dar. -Afirma María.

Marcos asiente con la cabeza.

-¿Cómo no vas a saber esa respuesta si llevamos trabajando juntos más de dos años en esta investigación?

-Te va a preguntar si hemos logrado sintetizar la vacuna contra el SIDA.

-Así es.

-Tu respuesta va a ser que estamos a punto de lograrlo. Y patentarla sólo es cuestión de un poco más de tiempo.

-¿Cómo dices, María?

-Lo que acabas de escuchar, Marcos.

-Pero María ¿Cómo voy a decir eso a don Alfonso? Tú sabes mejor que nadie el punto muerto en el que nuestra investigación se encuentra. Antes o después descubrirá la mentira. 

-Si no haces lo que te digo vete haciendo las maletas porque, de seguro, nos pone a los dos de patitas en la calle.

-De cualquiera de las maneras creo que así va a ser, amor, el descubrimiento de una vacuna contra el SIDA es una carrera a muerte entre los más importantes laboratorios farmacéuticos del mundo y lo que el presidente quiere son resultados, no falsas promesas.

-Marcos, sólo te pido un poco de tiempo, el suficiente para solucionar esta cuestión de otra manera, ya sabes a qué me refiero.

El biólogo al instante comprende lo que su colaboradora y amante pretende, no obstante apuesta por confirmar sus sospechas.

-¿Crees que don Cayetano lo ha logrado?

-Sí. –Afirma la mujer de manera categórica. -Estoy convencida de ello.

-Y si así fuese ¿Qué podemos hacer nosotros? Ya sabes que él nunca entregará a Falaurent el resultado de sus descubrimientos sobre el SIDA, a no ser que la compañía acepte sus condiciones para los países subdesarrollados.

-Ese hombre es un trabajador más de esta compañía y tiene que atenerse a las reglas que le dan. ¿En qué cabeza cabe que va a ser él quien dicte las normas? Y tú, Marcos eres un blando, más que su jefe directo pareces el subordinado. Tienes que hablarle claro y ponerlo contra las cuerdas, de manera que comparta con el resto del equipo el resultado de sus investigaciones.

-Ya lo he hecho, María, y su respuesta siempre es la misma, afirma que no ha tenido ningún progreso significativo. 

-Estoy convencida de que miente. Si Falaurent aceptase su propuesta de que la vacuna se comercialice para los países subdesarrollados como un genérico, como él quiere, de seguro que en uno o dos meses tendríamos encima de esta mesa el resultado de sus pesquisas. Es un puñetero romántico que no va a cambiar precisamente, ahora, cuando le queda pocos meses para jubilarse.

-Me alegra que veas por ti misma el callejón sin salida en el que nos encontramos y que sepas, como buena perdedora, aceptar una derrota. 

-¿Qué dices, Marcos? Todo lo contrario. Si te pido que le mientas a don Alfonso es precisamente para ganar algo de tiempo a fin de hacernos con las investigaciones de ese viejo estúpido. Te aseguro que si no nos las facilita por las buenas, lo va a hacer por las malas.

-A veces cuando te escucho hablar me das miedo, María. ¿Qué podemos hacer para conseguirlo? 

-Es preciso arrancarle su secreto por la fuerza, no veo otra solución. Aunque no quiero que con ello te sientas culpable de nada, al fin y al cabo don Cayetano y nosotros dos formamos un equipo de investigación en el que de alguna manera también tenemos una parte alícuota en el mérito de sus resultados. ¿Quién te dice que alguna de nuestras opiniones expresadas en voz alta no actuara de hilo conductor hilvanando en su cerebro la fórmula que reclamamos? No vamos a robar nada a nadie, sólo vamos a coger lo que nos pertenece. 

-Está bien María, haré lo que me dices, le diré al señor presidente que la vacuna estará lista para ser registrada y anunciada a la opinión pública en un plazo máximo de seis meses, pendiente únicamente de realizar las pruebas clínicas que confirmen su eficacia. Espero que don Alfonso se trague el anzuelo.

-Sí, Marcos, se lo tragará, no te preocupes de eso, él confía en ti.

-Es cierto, María, don Alfonso hasta el momento sólo ha tenido muestras de afecto para este departamento, pero no olvides que la mayoría de los éxitos obtenidos hasta la presente lo han sido gracias a don Cayetano. No podemos engañarnos, muy a nuestro pesar tenemos que reconocer su valía, y que gracias a su esfuerzo hemos podido sobrevivir todos estos años al presentar sus investigaciones como frutos de un trabajo colectivo. Desgraciadamente eso ya se ha acabado, ahora nos toca remar y sobrevivir usando nuestras propias fuerzas. Nosotros sabemos bien la verdad de todo.

-Marcos, tú mismo lo acabas de decir, sólo tú y yo sabemos la verdad, así que no te preocupes por el presidente y haz lo que tienes que hacer. Espero que cuando te encuentres delante de don Alfonso no te pongas nervioso y comiences a tartamudear como haces cada vez que….digamos…no dices una verdad. Piensa que es mucho el dinero que nos jugamos en esto. Sin olvidar nuestro prestigio profesional. 

-Está bien, María, voy para allá. Haré lo que pueda.

-Esa respuesta no me vale, haz lo que tienes que hacer y…punto.

-No sé en que acabará todo esto, quizás deberíamos aprovechar estos preciados segundos para recapacitar y dar marcha atrás, aún disponemos de tiempo para informar a al presidente de la compañía del punto muerto de la investigación. 

La mujer no le responde con palabras, un destello de desprecio se refleja en su mirada y le da a entender que si no la quiere perder tendrá que continuar adelante con sus planes, aunque no esté de acuerdo con ellos. Marcos es mucho lo que la ama, de manera que saca fuerzas de la flaqueza e inicia la andadura hacia el despacho de don Alfonso, no sin antes intentar transmitirle una seguridad de la que él mismo carece. 

-No te preocupes, amor, todo va a salir bien. 

Al verle marchar, contrito, María se promete a sí misma que nunca va a resignarse en la vida a ser una perdedora. No se dejó doblegar en su juventud cuando tuvo que luchar a brazo partido contra la pobreza, así que menos lo va a hacer ahora que es una profesional de reconocido prestigio y tiene la fama al alcance de la mano. Los años difíciles en los que de manera voluntaria renunció a muchas cosas, entre otras al amor, los da por buenos con tal de alcanzar la meta con la que siempre ha soñado, ser una investigadora de renombre en el mundo entero.

Acaba de cumplir treinta años y la juventud cabalga briosa por los poros de su piel. Sin embargo, a diferencia de otras chicas de su edad que son felices exhibiendo sus cuerpos en las pasarelas de moda, actuando en un teatro o, simplemente, casándose, ella cuando cierra los ojos y deja volar la imaginación se ve en la tribuna de una convención anunciando a la comunidad científica el descubrimiento de la vacuna contra el SIDA. Sus sueños no tienen nada que ver con príncipes, bailes de salón o carrozas tiradas por briosos corceles y embellecidas con guarniciones metálicas de plata y oro. Desde niña, siempre ha tenido los pies bien asentados sobre la tierra que pisa. 

 

En la última planta, la decimo séptima, se encuentra el despacho del presidente ejecutivo de Falaurent. Un concatenado de amplios ventanales acristalados, orientados al sureste, confieren a la estancia una luminosidad casi cegadora. Marcos golpea con timidez la hoja de la puerta que da acceso al despacho. Una voz neutra le manda pasar. El biólogo esconde los brazos tras su espalda e intenta dominar los nervios que le atenazan apretándose fuertemente las manos. 

-Buenos días, don Alfonso, María me dijo…..

-Si…sí, Marcos, tome asiento por favor, estoy muy interesado en conocer el estado actual en el que se encuentra la investigación de la vacuna contra el SIDA, ese es el motivo por el que le he hecho llamar, quiero que me explique de primera mano todas las vicisitudes al respecto. Como usted bien sabe esto es una carrera contrarreloj que Falaurént no está dispuesta a perder en favor de la competencia.

Antes de comenzar a hablar Marcos se lleva la mano derecha a la boca y hace un intento fallido de tosido, con el objeto de liberar a su garganta de la presión que la atenaza, aunque todo queda en dos leves carraspeos.

-Pues sí… en efecto… don Alfonso, a nadie se le escapa que estamos ante un desafío colosal que requiere de nuestros mayores esfuerzos, yo le aseguro que estamos haciendo todo lo humanamente posible para que……

-Perdone, Marcos, si no le importa vaya directamente al meollo de la cuestión, ¿En qué plazo de tiempo estará disponible la vacuna?

¡Por fin la temida pregunta! El biólogo se esfuerza en dar a su respuesta unos ribetes de optimismo, aunque comedidos, de manera que en un futuro nadie del consejo de administración, ni el propio don Pablo, puedan acusarle de engaño si las cosas no salen tal como esperan. 

-En estos momentos, señor presidente, nos encontramos en la fase de confirmación de la fórmula donde contrastamos la teoría con la práctica. Los experimentos los estamos haciendo con animales y esto hace que el proceso se ralentice. Si estas pruebas las pudiésemos realizar directamente en humanos el plazo se reduciría considerablemente. Pero esto, como usted bien sabe, en esta fase de la investigación es totalmente prohibido. 

-No ha respondido usted a mi pregunta. Se la vuelvo a hacer. ¿Cuánto tiempo precisa para ofrecerme resultados positivos en relación a la vacuna contra el SIDA?

Marcos se atrinchera de manera instintiva en sí mismo y deja escapar una mirada de soslayo a su derecha e izquierda en un afán de huida. No hay escapatoria posible. A su espalda se lo impide la madera de caoba del respaldo del sillón sobre el que está sentado. Al frente don Alfonso. Presiente que en ese momento la respuesta fraudulenta que va a dar es el menor de los males.

-Supongo que seis meses bastarán. –Asiente.

-Tres. 

-¿Sí, don Alfonso?

-Digo, Marcos, que le doy tres meses para que me presente resultados. Arréglese como pueda, ponga a trabajar a tope a su equipo, no duerma, no coma, eso es asunto suyo. Tres meses, le repito….ni un día más. En caso contrario presumo que perderemos esta batalla. 

-Como le digo, don Alfonso, si tuviéramos la posibilidad de inyectar la vacuna experimental directamente en personas no infectadas y, a posteriori, contaminarles su sangre con células malignas del SIDA podríamos comprobar con rapidez los resultados. Pero esto, desgraciadamente, la ley no lo autoriza. Éste es el único motivo que nos retrasa. 

-Ese no es mi problema, Marcos, yo soy el presidente de Falaurént y lo que los accionistas me piden son resultados económicos. En resumen que sus acciones suban como la espuma. Por el contrario es a usted, en su calidad de biólogo jefe, al que le incumbe encontrar las respuestas. Utilice los medios necesarios para alcanzar la meta y cuando regrese dentro de tres meses a este despacho no pierda el tiempo en explicarme como lo ha conseguido, lo único que quiero encima de esta mesa es la vacuna contra el SIDA lista para ser comercializada. 

-¿Entiendo, don Alfonso, que da usted su visto bueno para que hagamos las pruebas directamente en personas sanas?

El presidente de Falaurént se incomoda al darse por aludido en una trama ilegal y le hace notar a su empleado, de manera enérgica, la falta de tacto. 

-Parece idiota, Marcos, lo que le estoy diciendo es que si dentro de tres meses no me presenta resultados tangibles puede ir despidiéndose de la abultada nómina que la compañía, puntualmente, le abona por su trabajo. Y le repito, el cómo lo consiga es asunto suyo. Nada más que suyo. En cuanto a las últimas palabras pronunciadas por usted las doy por no oídas. 

-Usted sabe, don Alfonso, que la línea de investigación por la que nosotros hemos apostado en esta materia es mucho más compleja que la de nuestros competidores, ellos buscan fármacos que curen, paralicen, o al menos ralenticen el SIDA, en tanto que nosotros lo que pretendemos es ir a la raíz del problema, es decir, evitar que las personas sanas que se pongan la vacuna que estamos desarrollando se contagien.

-Soy consciente de ello, Marcos, y sé que es complejo y difícil lo que le pido, pero lo que también quiero que entienda es que para Falaurent todo esto no es más que un negocio en el que se juega mucho dinero. Montañas de euros, de manera que no se tome mis palabras como algo personal. Usted y yo sólo somos unas simples piezas en este gran engranaje económico. 

Marcos descifra las palabras de don Alfonso y se da cuenta de la situación de interinidad laboral en la que a partir de este momento queda. Piensa que todos los minutos añadidos que continúe en el despacho son una pérdida de tiempo, por lo que sin más preámbulos es el mismo quien, de manera sutil, da por finalizada la entrevista.

-Le agradezco su sinceridad, don Alfonso, y le prometo que voy a poner todo mi empeño en este asunto, de manera que si no quiere nada más de mí le ruego me disculpe, el tiempo apremia.

-Márchese, tiene mi permiso, y ojala tenga suerte en la investigación, su fortuna sería la de todas las personas que trabajamos en Falaurent.

A su regreso al laboratorio María observa en la cara de su amante que la entrevista con el presidente de la compañía ha ido mal. No hace falta que él le diga nada, basta con observar su semblante hundido y la mirada perdida, ausente del mundo que le rodea. 

Marcos sin pronunciar una sola palabra se dirige directamente a su mesa de trabajo y comienza a golpear las teclas del ordenador con dedos nerviosos. María, aunque se muere de ganas por saber lo que ha pasado, decide que no es el momento apropiado para preguntar y opta por respetar su silencio. El miedo a escuchar algo desagradable la ayuda a contener su curiosidad. 

 

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8. nov., 2015

Se trata de una Novela que esta horneándose, aún es el germen del "primer tirón". Se agradecen comentarios y sugerencias. Gracias y un saludo.

 

 

Capítulo Primero

 

 

Casi nunca me pongo la corbata, hoy no tengo más remedio que hacerlo me esperan para cenar los compañeros de la Brigada de Policía Judicial de Vallecas para darme un homenaje en el día de mi jubilación y entregarme una placa por todos los años de servicio pasados en su compañía. 

Me gustaría ser humo y esfumarme, pero… ¿Puede un muerto dejar de asistir a su propio funeral? 

Veo lo que va a ocurrir. Al final de la cena el comisario Bermúdez se levantará, y dará unos toques en una copa con el mango del tenedor.

-Por favor, un momento de silencio, por favor…

E imagino que soltará un rollo parecido a este: 

Querido Pablo……Ejemplo de profesionalidad… 

Persona de bien…

Compañero…

Amigo…

Para finalmente darme un abrazo y felicitarme por la cruz al mérito policial con distintivo rojo que me han concedido recientemente. 

Creo recordar que sólo me he puesto la corbata en tres ocasiones. 

En la primera no tuve arte, ni parte, fue mi madre la que en el día de mi primera comunión me disfrazó de capitán general del ejército, o algo parecido. Era roja. 

La segunda vez fue con motivo de la jura del cargo de inspector de policía, de azul oscuro.

La tercera hace dos años, con motivo del entierro de mi padre. Mi tía Eugenia me prestó una de color negro.

Hoy me pondré la que me regaló Fany en mi último cumpleaños. Verde pistacho.

Fany es mi prometida. Lo nuestro va para tres años. Cuando comenzamos a salir nunca imaginé que nuestra relación llegaría tan lejos. Lo cierto es que somos bien opuestos en muchas cosas. Por ejemplo a ella le gusta la música inglesa, a mí sólo las canciones que se expresan en español. También le van las tertulias con amigos pedantes, cultos dice ella, en las que por horas se habla de cotilleo. En esas ocasiones me aparto del grupo con cualquier excusa y salgo a la calle a fumar. 

No le gusta que fume.

-¡Qué asco, a mí no te me acerques por lo menos en una hora hasta que se te vaya ese olor apestoso de la boca. –Me dice cuando me ve con el cigarro en la mano.

Lo que pasa es que en una hora me fumo tres o cuatro pitillos y ese olor, apestoso según ella, no se va de mi boca en todo el día.

Sin embargo a Fany no le importa ese puñetero olor cuando hacemos el amor. Al menos nunca la sentí quejarse en ese lapso de tiempo. Pero esto dura lo que dura y, enseguida vuelve a la carga. 

-Pablo ¿Cuándo vas a dejar el jodido tabaco?

Es el único taco que dice. Yo, por el contrario, suelto el ciento y la madre al cabo del día. Pero en mi descarga tengo que decir que casi siempre son los mismos: Coño, jodido, me cago en la puta…y cosas así. 

Ya lo sé, no está bien, ¿Pero qué puedo hacer? Es lo que escucho durante las veinticuatro horas del día en la comisaría. Todo se pega. 

Tengo que preguntar a Fany el por qué todos los años me regala corbatas por mi cumpleaños si sabe que no las pongo. 

 

SEIS MESES ANTES

 

Madrid comenzaba a despertar, en el reloj del Ayuntamiento daban las seis de la madrugada cuando yo atravesaba andando la plaza del Consistorio. Un suave chimichurri, enmascarado entre la niebla, caía sin hacerse notar empapando mis huesos hasta el tuétano, produciéndome la impresión de estar en Lodres. Caminaba despacio, no tenía prisa, el día constaba de veinticuatro horas y la mayor parte de ese tiempo no sabía qué hacer, ni a donde ir. 

Doscientos metros al Este el mercado municipal abría sus puertas. Me detuve, cerré los ojos y aspiré hondo. Al instante percibí el olor del salitre adherido a las palmas de las manos de los vendedores y a las escamas de los peces muertos. También el dulce de las carnes rojas, el de tierra húmeda procedente de las patatas, el agrio de los limones, y el alcanforado de los repollos, conformando una neblina de fragancias que no me pasaron desapercibidas. 

Hoy se cumplen seis meses del atentado terrorista que estuvo a punto de costarme la vida. Recuerdo la conversación que mantuve con el operador de la sala del cero noventa y uno de la Comisaría de Vallecas, cuando me llamó a las ocho de la mañana a mi despacho. 

-Buenos días Crespo, soy Benjamín. ¿Me podrías hacer un favor?

-¿Qué tripa se te ha roto? Benjamín.

-Acaba de llamar el director del Santander comunicando que delante de la puerta de entrada al banco hay una mochila sospechosa. Nadie se atreve a tocarla. Ya sabes, por lo del mes pasado. 

-Ah sí, aquella mochila bomba que explotó a la puerta del Bilbao-Vizcaya de Callao y seccionó las dos manos a uno de los trabajadores. ¿Y qué quieres que haga yo? llama a uno de los patrulleros de seguridad ciudadana para que se acerque hasta allí y eche un vistazo.

-De eso se trata, Crespo, en estos momentos los dos que tenemos en servicio por la zona están ocupados con otras intervenciones. ¿Por qué no me haces el favor de mandar algún funcionario de tu grupo? Seguramente será una falsa alarma.

-Estoy en el despacho sólo, Benjamín, he sido el primero en llegar.

-Bueno, entonces les diré a los del banco que esperen un poco hasta que me quede un zeta libre. No te preocupes.

-Si sospechas que pueda ser un asunto de terrorismo llama a los de información, eso cae de lleno en sus competencias.

-Ya lo he hecho, pero no me contesta nadie.

-Déjalo Benjamín, ya voy yo, esos señoritos no llega ninguno antes de las nueve.

Recuerdo con nitidez como cogí un K y me dirigí a la avenida de la Constitución, esquina con la calle Fernández Balsera, donde está situado el Santander. Así como mi encuentro a unos quinientos metros de la comisaría con mi compañero Fermín, a quien pité para que se percatara de mi presencia y cruzara la calle. 

-¿Dónde vamos, jefe? -Me preguntó nada más tomar asiento. 

En pocas palabras se lo expliqué.

Puse en el techo del vehículo la iluminaria portátil y nos dirigimos velozmente hacia el lugar. Fermín sacó del bolsillo de su chaqueta azul marino un paquete de tabaco y me ofreció un cigarrillo.

-Lo acepté. 

También me dio fuego, a la vez que bostezaba. 

-¿Has dormido mal? –Le pregunté.

-Regular, la condenada de mi mujer ronca más fuerte que un buldog ingles.

Ese comentario logró arrancarme la primera sonrisa de la mañana

En diez minutos estábamos en el lugar del requerimiento, a pesar del tráfico denso que a esa hora ya irradiaba la ciudad. Los alrededores del banco parecían un circo, y un grupo de curiosos se agolpaba en corrillo en las inmediaciones. También algunos mendigos. 

La mochila será de alguno de esos, -dijo Fermín señalando con la mano hacia los indigentes. 

Todo ocurrió muy rápido, Fermín bajó del coche y caminó directo hacia la puerta del Santander. A mí apenas me dio tiempo de apagar el contacto del coche y dirigirme hacia donde él estaba. Al observar la rapidez con la que se agachó al suelo, deduje que iba a abrir la bolsa de plástico confiado en que era de alguno de los sin techo que usaban ese porche para dormir. Eché a correr en su dirección, a la vez que le grité. 

Nooo, Fermín, ni se te ocurra. 

Demasiado tarde, la terrible deflagración destrozó por completo el cuerpo de mi infortunado compañero, y a mí me dejó inválido para siempre.

 

Parece que fue ayer cuando ocurrió lo que cuento. 

 

Ese doce de marzo cambió mi vida por completo. A partir de ese momento los días, para mí, discurren con lentitud, y todo me da igual. Nada hay que merezca una dosis suplementaria de esfuerzo, un punto especial de atención. Soy consciente de que me deslizo a una velocidad de vértigo por el angosto sendero que conduce a la depresión, y esto es lo único que me da miedo y me hace estremecer. La minusvalía de una de mis piernas y los defectos que la metralla ha dejado dibujados en mi rostro no son ajenos a ello. 

Soy consciente de que debo despertar del letargo invernal en el que me encuentro, e incorporarme al mundo del que por voluntad propia he salido. Sin embargo, el lugar donde he vivido los últimos veinte años de mi vida no me parece el indicado para afrontarlo. Tengo que tomar una decisión antes de que sea demasiado tarde. 

-¿Dónde ir? –Me pregunto.

Resuelvo el dilema por la vía rápida, lo cierto es que me da igual un sitio que otro, así que para qué estrujarme el coco. Maximizo un mapa de España en internet. cierro los ojos y dirijo el índice de mi mano derecha a la pantalla, dejando que el azar escoja por mí. Salobreña, un pueblo costero de la provincia de Granada, es el lugar afortunado. Meto en una maleta, casi al azar y con rabia, unas mudas de ropa. Ese es todo el equipaje con el que pienso viajar a un lugar desconocido en busca de un destino incierto.

Me pregunto el porqué de este actuar tan irracional. No encuentro la respuesta. La verdad, tampoco me inquieta demasiado.