1. oct., 2015

EL RINCÓN DE PACHICO. (In Memoriam: Nicolás de Eulogio)

En Vegadeo:

Érase, que se era, un lugar donde gente de toda edad y condición halló acomodo al amor de la música. A mitad de camino entre la Calle Arriba y la Puntía, en una placita recoleta y amable. Las notas de un piano, los acordes de una guitarra, o el dulce soniduna armónica, sosegaban el crepúsculo y daban los buenos días a la madrugada.

No fue un bar, ni un pub, ni un mesón. Era, simple y llanamente un sanatorio de almas. Afinadas y felices, unas. Destempladas y mohínas, otras. Un remanso de acogida, donde nadie se sentía incómodo. Solitarios vocacionales, bohemios recalcitrantes, parejas de enamorados, enamorados sin pareja. Hombres y mujeres de heterogéneos perfiles, en busca del abrigo de una vieja canción, nunca olvidada. Y una voz de humo, quebrada a veces, de un juglar sentimental. De un soñador rebelde, que quiso vivir mil vidas. De un personaje de novela, que se puso el mundo por montera, de principio a fin. De un Peter Pan irreductible, que transitó sin complejos por su particular Reino de Nunca Jamás.  Tal vez fue la mejor voz en muchas leguas a la redonda. Se llamaba Francisco José Rico Vior: “Pachico”…
En el frontal de la barra, de escayola pintada de negro, cientos de fechas y nombres grabados a punta de punzón, corazones traspasados por dardos anónimos, versos sueltos, firmas ilegibles...
Y en las paredes de aquel templo de la anarquía, con “Pachico” de sumo sacerdote, se daban la mano dibujos, fotos, carteles y un sinfín de exvotos surrealistas, como los que los gentiles ofrecían a sus dioses. 
Cuántos amores y desamores ahogados en alcohol. Cuántas lágrimas furtivas, de gozo o de despecho. Cuántas historias fascinantes flotando en aquel cosmos mágico. Cuántos boleros eternos…
Un día, ese cangrejo cabrón que se nos lleva por delante cuando le peta, se le agarró a la garganta. Y al cabo de unos años le ganó la partida. Le costó trabajo, porque “Pachico”, retador como él solo, le plantó cara con vino, tabaco y ese punto de desprecio que brillaba en sus ojos negros ante toda suerte de adversidades.