5. nov., 2015

"represalia equivalente", entre Arturo Pérez Reverte y Angeles Álvarez:

 

 
"MUJERES COMO LAS DE ANTES" (Pérez Reverte).
 
Muchas veces he dicho que apenas quedan mujeres como las de antes. Ni en el cine, ni fuera de él. Y me refiero a mujeres de esas que pisaban fuerte y sentías temblar el suelo a su paso. Mujeres de bandera. Lo comento con Javier Marías saliendo del hotel Palace, donde en el vestíbulo vemos a una torda espectacular. «Aunque ordinaria», opina Javier. «Creo que no lo sabe», apunto yo. Seguimos conversando carrera de San Jerónimo arriba, en dirección a la puerta del Sol. Es una noche madrileña animada, cálida y agradable, que nos suministra abundante material para observación y glosa. Yo me muevo, fiel a mis mitos, en un registro que va de Ava Gardner y Debra Paget a Kim Novak, pasando por la Silvana Mangano de Arroz amargo; y Javier añade los nombres de Donna Reed, Rhonda Fleming, Jane Rusell y Angie Dickinson, que apruebo con entusiasmo. Coincidimos además en dos señoras de belleza abrumadora, aunque opuesta: Sophia Loren y Grace Kelly. Al referirnos a la primera, Javier y yo emitimos aullidos a lo Mastroianni propios de nuestro sexo -no de nuestro género, imbéciles- que vuelven superfluo cualquier comentario adicional. Haciendo, por cierto, darse por aludidas, sin fundamento, a unas focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro «por allí resopla» va con ellas. Respecto a Grace Kelly, dicho sea de paso, me anoto un punto con el rey de Redonda -me encanta madrugarle en materia cinéfila, pues no ocurre casi nunca-, porque él no recuerda la secuencia del pasillo del hotel en Atrapa a un ladrón, cuando doña Grace se vuelve y besa a Cary Grant ante la puerta, de un modo que haría a cualquier varón normalmente constituido dar la vida por ser el señor Grant. 
 
Pero no sólo era el cine, concluimos, sino la vida real. Los dos somos veteranos del año 51 y tenemos, cine aparte, recuerdos personales que aplicar al asunto: madres, tías, primas mayores, vecinas. Esas medias con costura sobre zapatos de aguja, comenta Javier con sonrisa nostálgica. Esas siluetas, añado yo, gloriosas e inconfundibles: cintura ceñida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas. Etcétera. No era casual, concluimos, que en las fotos familiares nuestras madres parezcan estrellas de cine; o que tal vez fuesen las estrellas de cine las que se parecían muchísimo a ellas. Hasta las niñas, en el recreo, se recogían con una mano la falda del babi y procuraban caminar como las mujeres mayores, con suave contoneo condicionado por la sabia combinación de tacones, falda que obligaba a moverse de un modo determinado, caderas en las que nunca se ponía el sol y garbo propio de hembras de gloriosa casta. En aquel tiempo, las mujeres se movían como en el cine y como señoras porque iban al cine y porque, además, eran señoras. 
 
Con esa charla hemos llegado a la calle Mayor, donde se divisa por la proa un ejemplo rotundo de cuanto hemos dicho. Entre una cita de Shakespeare y otra de Henry James, o de uno de ésos, Javier mira al frente con el radar de adquisición de objetivos haciendo bip-bip-bip, yo sigo la dirección de sus ojos que me dicen no he querido saber pero he sabido, y se nos cruza una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo. Nos paramos a mirarla mientras se aleja, moviendo desolados la cabeza. Quod erat demostrandum, le digo al de Redonda para probarle que yo también tengo mis clásicos. Mírala, chaval: belleza, cuerpo perfecto, pero cuando decide ponerse elegante parece una marmota dominguera. Y es que han perdido la costumbre, colega. Vestirse como una señora, con tacón alto y el garbo adecuado, no se improvisa, ni se consigue entrando en una zapatería buena y en una tienda de ropa cara. No se pasa así como así de sentarse despatarrada, el tatuaje en la teta y el piercing en el ombligo a unos zapatos de Manolo Blahnik y un vestido de Chanel o de Versace. Puede ocurrir como con ese chiste del caballero que ve a una señora bellísima y muy bien puesta, sentada en una cafetería. «Es usted -le dice- la mujer más hermosa y elegante que he visto en mi vida. Me fascinan esos ojos, esa boca, esa forma de vestir. La amo, se lo juro. Pero respóndame, por favor. Dígame algo.» Y la otra contesta: «¿Pa qué?... ¿Pa cagarla?».
 
 
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Una Carta que no publicó ELPAÍS en cartas al director. (Ángeles Álvarez).
 
 La tribuna de Javier Marías no tiene chiste, tiene trampa. Se sirve de una página completa de su periódico para exculpar a su amigo Arturo Pérez-Reverte y aprovechar el espacio -¡cómo no! – para denostar y escarnecer a las mujeres y los hombres que apoyan la igualdad.
 
El señor Marías hace trampa porque en ninguna parte de su texto da a conocer a sus lectores el origen del conflicto. Arturo Pérez-Reverte en su artículo bajo el título “Mujeres como las de antes” dice textualmente:
 
y se nos cruza una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente –¿acaso no se mata a los caballos?–, abatirla de un escopetazo.
 
Como poco, ese instinto básico del señor Pérez-Reverte puede calificarse de apología de la violencia, es insultante para las mujeres, reproduce el sexismo más rancio y es la imagen más discriminatoria que hemos leído este verano.
 
Desde luego, en los blog que circulan por internet se ha hablado mucho de esta columna. No es extraño que se la haya llegado a tachar de “delincuencia intelectual” y que muchas mujeres se hayan preguntado ¿quienes se han creído para mirarnos por encima del hombro juzgando si sabemos o no usar tacones, o si nuestra figura se corresponde o no con su idea de belleza femenina?.
 
Otra reflexión interesante es la de quien tiene claro, que el hecho de que una animalada de esa magnitud, aunque nos la cuenten con palabras cultas y frases que rozan lo redicho, no es intelectualidad sino petulancia, pedantería y efectivamente, quizás sean cultos pero poco inteligentes.
 
En términos literarios algunos expertos aseguran que lo que hace Pérez-Reverte es solo contar una historia, y que por muy brutal que sea no se le puede atribuir la responsabilidad sobre los resultados (literarios) de esta. Vamos, aquello de que no es lo mismo el autor que el narrador, y que quien crea un personaje asesino no puede ser en primera persona, responsable del delito de asesinato.
 
Hasta ahí de acuerdo. No es mal argumento para defender a Pérez-Reverte ante un juzgado de una querella que ya debería estar en marcha. Sin embargo, a poco que analicemos el texto, veremos que en este caso el que habla es el autor, no el personaje: Lo primero porque el periódico utiliza su nombre y sus apellidos y lo encuadra en una sección de la publicación que se llama “firmas”, por lo que es evidente que lo que de verdad le importa al medio es quien escribe y no qué escribe. Esto desde siempre, es lo que en periodismo se llama Opinión. Y no olvidemos que un delito de opinión permite en nuestra legislación y en nuestra jurisprudencia encarcelar o alargar encarcelamientos.
 
Lo segundo, porque es obvio que este señor no cuenta historia alguna. Habla de él mismo y de otro amigo suyo, harto conocido, dice en primera persona, y sin que ningún contexto haga pensar en personajes, lo que piensa y lo que siente. Habla, en definitiva de sus cosas y por lo tanto no puede escudarse en la creación literaria para justificar la bajeza y lo ofensivo del texto.
 
Y por penúltimo, (aun quedaría mucho por decir) cuando una interminable lista de mujeres muertas a manos de maridos, compañeros sentimentales, novios, y machistas diversos, no deja de crecer, es, de todo punto inmoral que alguien sea capaz de escribir estas cosas, y más aun que un poderoso medio de comunicación las publique impunemente.
 
A Pérez Reverte y a Javier Marias, es preciso recordarles que las mujeres españolas no queremos ser como las de antes y luchamos para que tipos como los de antes no se crean con derecho a abatirnos de un escopetazo… aunque sea piadosamente.