22. feb., 2016

Conversación entre Amancio Ortega y el presidente Feijóo, 'real' como la vida misma, dice mundiario

- ¿Me quieres decir que por 2.500 kilos me quedo con NCG Banco, Barreras, Pescanova, el Depor, controlo la Citröen de Vigo y pongo a andar los astilleros? ¡Qué país!

 

-Pero, ¿cuánto necesitas? –dijo Amancio Ortega, impacientándose.

 

-Verás –repuso el presidente Feijóo sacando su libretita- necesitamos unos 2.500 millones de euros para salir del paso. Veamos, si mi conselleiro no me engaña, nos hacen falta 5,1 millones para quedarnos con el 51% de Barreras y tener el control; otros 250 para quedarnos con Pescanova, una oportunidad de oro, Amancio, vale muchísimo más, es un regalo, te lo juro por Snoopy; otros 1.000 millones para echar a los chinos de Dongfeng de Citröen y conseguir que por fin Citröen sea gallega; 170 millones de euros para resolver lo del Depor, y 401 millones más para el primer pago de NCG Banco; los otros 602 millones, si eso ya te los pido en 2018... ¡Ah, y 600 más para un par de floteles en Ferrol y Vigo!

-Total –dijo el director financiero de Ortega tirando de calculadora-, 2.426 millones de euros...

 
 

El asesor financiero, mano derecha de Ortega, hizo cuentas a la velocidad de vértigo a la que estaba obligado por su sueldo:

-No lo veo, Amancio. Tenemos tres mil millones ahí aparcados, pero sería una inversión desastrosa. Con esa pasta podemos quedarnos el edificio de Green Park en Londres, por unos 500 millones, dicen que si te asomas a la ventana puedes saludar a la Reina en Buckingham Palace; luego podríamos meter 23 millones en Valencia, 44 en Barcelona, 250 en los cuarenta edificios de Caixa Galicia, 120 en la sede de Bacardí en Miami y otros 170 en el rascacielos de Boston; ah, y por 1.200 millones más nos quedamos todo lo del grupo Risanamento en París. ¡Son inversiones seguras, Amancio!

El Presidente bufaba contrariado; aún no era el momento de invocar la inmensa riqueza del dueño de Zara; él sabía que aquella bagatela apenas representaba el 7 % de su fortuna; si conseguía convencerle, a Ortega todavía le quedarían 35.000 millones para sus caprichitos inmobiliarios por el mundo adelante. Insistió, pero la mente de Ortega no atendía a razones; era el momento de invocar las razones del corazón:

-Podemos darte la Medalla Castelao… y un nicho en el Panteón de Gallegos Ilustres. ¡Sin prisas…! –corrigió el Presidente al ver la cara de grima del financiero.

-Mira, Alberto, no lo veo. Lo de Barreras y Navantia es tirar el dinero, pan para hoy y hambre para mañana, eso no hay quien lo levante. NCG… ¡si quisiera un banco, me compraría uno serio, no de juguete! Pescanova es un avispero corrupto que no lo quiero ni regalado. Ya estoy mayor para aguantar botarates.

A medida que Ortega hablaba, su asesor asentía con la cabeza como esos perritos que viajan en el salpicadero de los coches, y el Presidente se iba poniendo pálido, lívido, rígido, convulso. Ahora tendría que empezar una penosa peregrinación por México, Venezuela, Madrid para salvar a Galicia de la quiebra.

-¡Decidido! –zanjó Amancio Ortega sin pestañear- sigo adelante con Londres y París. Teniéndote como Presidente, Galicia no me necesita, ya verás como lo arreglas tú solito. Ah, y te voy a hacer un favor, ni una palabra, esta conversación nunca ha existido.